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	<title>Revista Vozed - Voz Editorial 2.0</title>
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	<description>Revista cultural Vozed - Voz Editorial 2.0. Un laboratorio de ideas, una voz crítica, crear conciencia, lograr cambios sociales</description>
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		<title>El lío de la cultura</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:12:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Humberto Bedolla</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sin duda con la cultura tenemos un gran lío, tanto para definirla como para entenderla: ¿qué es la cultura? Más aun, ¿cómo influye la cultura en la vida de una sociedad, y la sociedad en la cultura misma? En VozEd intentamos responder a esta pregunta, y todo a cuento de un hecho bastante difundido por las redes sociales y, por el contrario, con muy poca cobertura en los medios de comunicación masivos: las respuestas de un aspirante a la presidencia]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vCultura.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5861" title="vCultura" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vCultura.jpg" alt="" width="320" height="215" /></a>Sin duda con la cultura tenemos un gran lío tanto para definirla como para entenderla, ¿qué es la cultura? Más aún, ¿cómo influye la cultura en la vida de una sociedad, y la sociedad en la cultura misma? En VozEd intentamos responder a esta pregunta, y todo a cuento de un hecho bastante difundido por las redes sociales y, por el contrario, con muy poca cobertura en los medios de comunicación masivos: las respuestas, del que parece, el aspirante  más aventajado para la presidencia de México. El evento: el candidato a la presidencia por parte del PRI (partido que gobernó durante 70 años y cuyo mandato, Mario Vargas Llosa llamó tan hábilmente “dictablanda”) fue a presentar su auto biografía supuestamente escrita por él. En conferencia de presa en la FIL 2011 (el evento literario más importante de habla hispana) no fue capaz de responder que 3 novelas le han influido en su vida. Su respuesta fue: “La Biblia”, confundir al autor de “La silla del Águila”, escrita por Carlos Fuentes, probablemente el novelista vivo más importante de México, por Krause, historiador y director de la revista Letras Libres; y después decir que se quería acordar del título de un libro que habla sobre el otro libro (!) ¿Por qué no salir con algo tan obvio como El Quijote de Cervantes o Romeo y Julieta de Shakespeare? ¿Y la gente de a pie, los habrán leído? ¿Cualquier persona de la calle podría decir 3 novelas y sus autores, que le hayan influido en su vida?</p>
<p>El escritor mexicano Jorge Volpi dice en un tuit: “Los candidatos “escriben” libros y van a la FIL: meros actos de campaña que no esconden el desprecio hacia quienes sí escriben y leen”. ¿Es así?, ¿se desprecia a quienes escriben y leen? ¿Cuánta gente de verdad lee?, ¿y cuanta escribe? ¿Cómo influye en la gente que un político no pueda contestar a esta pregunta? Las respuestas a muchas de estas preguntas es mirar con lupa al sistema educativo y a la política cultural de un país, ¿cuál es la realidad de estos temas en Ibero América? Recordemos que la educación formal, la escuela, aporta muchos de estos conocimientos identificados como cultura. Recordemos las clases de historia, geografía, idiomas o ciencias. Más allá de la especialización la educación formal  es cultura.</p>
<p>Todos, sin duda, entendemos que el asunto del candidato está dentro del ámbito de la cultura, pero pocos tenemos claro concretar y definir cultura. Probablemente de la cultura sobresalga la literatura. La influencia de libros y autores en los lectores, y la sociedad en general, es un fenómeno intenso, realmente marca. Así ha sido a lo largo de los tiempos desde que hay escritura. Pero, ¿en esta sociedad consumista sigue siendo importante la cultura y la literatura, o es el mundo editorial el que exagera su importancia? ¿Importa haber leído, entender de música, de pintura o de teatro? ¿Hasta qué punto la cultura “de verdad”, y cualquiera de sus expresiones, es exclusiva de las clases educadas? ¿Y la cultura popular no es cultura “de verdad”? ¿Hasta dónde la separación de la cultura popular y del populacho? ¿Cuál es la importancia de la cultura en las sociedades modernas? Entendemos que leer es ser culto. Entendemos que hablar idiomas, conocer sobre escritores, sobre música o sobre teatro es ser culto. Viajar y conocer otras culturas es ser culto. Existe la lista “Patrimonio Cultural de la Humanidad” asociada a una institución tan prestigiosa como la UNESCO. También entendemos cultura yanki, cultura latina, o más, hay cultura musical, cultura del porno, cultura urbana, cultura futbolera&#8230; Existen las industrias culturales, y hay quien defiende la lucha libre (en México) o los toros (en España) como cultura.</p>
<p>Decíamos que, a quien lee se le considera culto, al igual que a quien sigue de cerca expresiones artísticas se dice que “tiene cultura”. Están los que se aprenden las capitales del mundo, los que estudian por gusto, los que se cultivan. Esta es la definición clásica y la primera de una clasificación que Gabriel Zaid hace en el pequeño ensayo “Tres conceptos de cultura” (Letras Libres, 2007), en la que se “subraya la forma de heredar (la frecuentación personal de los grandes libros, las grandes obras de arte, los grandes ejemplos)”.</p>
<p>Luego está la relación con los creadores, el concepto ilustrado, la segunda clasificación, donde se define “el nivel alcanzado (la superioridad de los que están en la cumbre)”. En el caso de los libros, es la relación entre los lectores y los escritores. En el mismo contexto, en el resto de las actividades culturales: música, artes escénicas, cine, televisión y otros eventos, es la relación en la que se distingue a los que crean.</p>
<p>Y por último está la cultura definida por el concepto romántico, la tercera clasificación, “el patrimonio (todo lo que puede considerarse propio)”. La cultura mexicana serían las luchas, Pedro Infante y los tacos. Para la española los toros, Almodóvar y la paella, para la argentina, por ejemplo, los gauchos, Maradona y el asado. Este último concepto es la tercera definición de la rae: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” y a la que hacer referencia la popular frase de Octavio Paz: “La cultura es las culturas”, esto es, que todas las culturas del mundo son una, y nos pertenece a todos.</p>
<p>Y todo esto es cultura.</p>
<p>Pero la cultura –la individual y adquirida (i), la de los creadores y artistas (ii) y la cultura en la que vivimos (iii)– es intangible, inmensurable, y representa un largo camino hacia un lugar desconocido, aunque casi siempre reconfortante. Los motivos para no tomar este camino tienen que ver con los limites (económicos, sociales, políticos, físicos, personales, etc.) y prejuicios y deformaciones en el criterio. Volviendo a las dudas iniciales y al número protagonizado por el candidato, debe preocuparnos (a los mexicanos, a los iberoamericanos y a todos en general) que su cultura es muestra de la cultura de la sociedad y el lugar donde vive. Seguramente, si llegara al poder, su nivel de cultura no le impedirá tomar decisiones, como no les impide tomarlas a millones de personas en el mundo, pero de forma indirecta, sin que esté visible en la ecuación, una mayor cultura permite ampliar miras, conocer y tener en cuenta otras realidades y tener un panorama de la vida y de la sociedad mucho más completa. Sabemos con certeza que la cultura es un  gran laboratorio de ideas, permite crear conciencia y  tener una voz crítica, y esto sin duda facilita los cambios personales y sociales.  Y ya se sabe que, al final de la vida, uno recuerda el acierto con que tomó estas decisiones.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El libro perfecto</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:11:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ruy Feben</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vPortada4.05.jpg"><img class="alignleft  wp-image-5928" title="vPortada4.05" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vPortada4.05.jpg" alt="" width="336" height="448" /></a>Mi suegra cuenta la siguiente historia con el mismo rostro con el que uno contaría sobre un cachorro recién nacido o sobre una paloma muerta en el asfalto: una tarde de sobremesa, la conversación de algunas mujeres bien entradas en los cuarenta derivó en el siempre inflamado tema de la lectura. Se preguntaron qué libros estaban leyendo; títulos de novelas históricas, de clásicos latinoamericanos, de desfachatada autoayuda. La mayoría de ellas hablaba de esto con la naturalidad con la que hablarían de un divorcio lejano pero reciente o de la aventura de Perenganito Jr. para entrar a la universidad, es decir: sin empachos y con mesurada pasión, acaso con algún divertimento. De entre las cuatro o cinco mujeres en la mesa, había una callada, que revisaba el celular de vez en cuando. No había en ella nada especial: como el resto de las que hablaban, había tenido acceso a una universidad; como el resto, tenía cierto acomodo económico, aunque no demasiado. Era tan semejante al resto de las mujeres de la mesa o a cualquier ser humano de la Tierra, que pasado un buen número de minutos terminó por aburrirse de una plática en la que no estaba participando, no por falta de ganas (el resto de las mujeres ya discutía con algún grado de acaloramiento algún título de Dan Brown o de García Márquez), sino por falta de contenido: la mujer, según apreciaciones que no habría que recapacitar mucho, no había leído nada en, por lo menos, una década. Lo curioso de la historia no es eso, sino el modo en el que esta mujer decidió terminar su hastío –modo que no careció de cierta elegancia, de alguna buena intención y hasta de alguna clase de poesía. Cuando el hilo incomprensible de la conversación se le volvió insoportable, la mujer frenó la sobremesa (en medio de alguna referencia al último libro de Stephen King, con modos que no necesariamente fueron groseros), se hizo escuchar con algún dramático aspaviento, y dirigiéndose a mi suegra lanzó un reto proverbial: “recomiéndame algún libro que pueda leer para ser culta”.</p>
<p>Yo no estuve ahí esa tarde, mucho menos en el Olimpo, pero estoy seguro de que alguna señal mínima dejó en claro que, justo al terminar esa frase, algún dios menor cagó por primera vez: se sintió absolutamente desterrado.</p>
<p>Un libro para ser culto. Uno solo. Uno que permita plantarse en una sobremesa, en cualquier conversación, y dar la imagen de saberlo todo. El mítico libro que el bibliotecario de Borges alcanzó a dilucidar dentro de algún hexágono de esa biblioteca infinita –sólo que en formato de bolsillo, cómodo, con secciones de no más de cinco páginas cada una, con títulos claros y seductores, con glosario y apéndice de ejercicios prácticos al final de cada capítulo. El libro de autoayuda para los que quieren pretender; <em>El mundo intelectual for dummies</em>. Mi suegra terminó de contarme esta historia, que no carece de comedia (en el sentido aristotélico de la palabra: la sociedad viéndose las grotescas entrañas), entre risas apenadas, y me lo propuso directamente: “¿por qué no escribes un libro así? Sería un negociazo”.</p>
<p>Yo no desecho la idea, por supuesto (¿a quién no tienta la sola posibilidad de volverse el Prometeo de los que no leen libros sin dibujitos?), pero me siento absolutamente excedido por la tarea. Primero, por las razones obvias: cuando uno ha leído más de dos libros, la primera certeza que cae de bruces es que no puede existir un libro capaz de explicarlo todo (mucho menos un hombre capaz de explicarlo todo), porque la cultura es exponencial y potencialmente infinita. Pero supongamos que yo fuera un gran escritor; supongamos que yo fuera también un gran editor y que, encima, tuviera el poder divino de la síntesis exacta. Aun teniendo la capacidad de escribir este libro, a cualquiera le faltaría el sexto sentido que le permite a los mercadólogos conocer a su target. No parece haber erudición que permita decirle al medio cultural (mucho menos a un libro, mucho menos a un hombre) qué es lo que el lector que quiere sentirse culto a secas quiere o necesita saber. De entre todo el vastísimo mercado de netas, ¿cuáles son las verdades trascendentales que la gran masa está dispuesta a atesorar y a dilapidar?</p>
<p>Los que hemos vivido en México por más de dos décadas, hemos crecido sabiendo que en México no se lee. Véase con atención el verbo: <em>sabiendo</em>. No es una sospecha ni una desgracia: la no lectura entre los mexicanos es una certeza axiomática, como lo son los horrores de la conquista, la superioridad de los caucásicos, la opacidad de la política y las glorias del futbol. Quienes demeriten la disciplina mexicana tienen un falso concepto de la disciplina: México funciona como un reloj; tanto, que ni se nota. Las verdades con las que vivimos hoy son de arraigo aguerrido, mecánico, y nuestra resistencia al cambio es notable. Hace pocos días platicaba con una amiga armenia sobre la inminencia de una revolución: ella, que vivió quince años en la zona más revoltosa del planeta, estaba convencida de que el mundo está a las puertas de una revolución candente; yo, en cambio, trataba de convencerla de que el mundo sigue girando a pesar de nosotros, de que los malos serán siempre poderosos y los buenos siempre serán dudosos. Uno no puede negar la cruz de su parroquia: he crecido en un país en el que las revoluciones, de cualquier tipo, fallan. Cuando la vida de uno es así, y la corrupción no acaba, y las mujeres votan pero siguen golpeadas, y el rock acaba cooptado por Televisa, la posición acomodada de dejar pasar y dejar hacer no es opcional: uno vive de axiomas porque uno se acostumbra a que el cambio no es posible.</p>
<p>Así que crecemos creyendo que en México no se lee. A muchos les sorprendería saber que en realidad sí se lee: 7 de cada 10 habitantes del DF, más o menos la cuarta parte del país, leen diariamente, sin fallo, o al menos eso dicen las encuestas. El problema es <em>qué</em> se lee: en primerísimo lugar, la revista <em>TV Notas</em>, destacada publicación de chismes de “los famosos” (entiéndase: de la mujer más voluptuosa de la televisión y su galán en turno); en segundo, el <em>Libro Vaquero</em>, revista ilustrada de <em>soft porn</em> que ha acompañado a cuatro generaciones de mexicanos en sus ratos de alto ocio y temperatura. A estas publicaciones se agregan otras del calibre: <em>Tv y Novelas, Órale, El Gráfico</em> (pasquín diario que exhibe, en su primera plana, una foto de nota roja; en la última, una mujer siempre desnuda a medias o de tajo). La razón para que la gente lea esto y no otra cosa, me parece, se debe a las condiciones de lectura: en una ciudad en la que en promedio se pasa entre dos y siete horas diarias en el transporte público, publicaciones de fácil acceso, de lectura displicente funcionan sólo como un escape: no hay tiempo, cuando se transborda de la línea 3 a la 1 en Balderas, de preocuparse por Raskolnikov; mejor será ver las tetas de Maribel Guardia. Y podría parecer poca cosa, pero lo cierto es que en una ciudad donde el espacio vital es un recurso escaso, la distracción es un buen sustituto de microondas.</p>
<p>Eso en el DF. La problemática de cada lugar del país es distinta, pero podemos atribuirle el problema mayormente a una sola causa: 3 de cada 5 mexicanos viven en extrema pobreza, ganando menos de 100 pesos [menos de 6 euros] diarios para mantener familias que llegan a tener hasta ocho integrantes. Supongamos que vamos con toda esta gente, que carece de acceso al agua potable, de energía eléctrica, de techo digno, de educación básica, de proteína animal, de trabajo y de recursos naturales; supongamos que vamos con ellos a hablarles de la importancia de la lectura y de la cultura… ¿qué tanto mojaría nuestro rostro su escupitajo posterior?</p>
<p>Sirva lo anterior como un muy parco estudio de mercado: plantémonos con el editor que nos ha pedido el libro para ser culto y digámosle: tu mercado se reduce a los mexicanos que ya tienen más o menos asegurada la vida. De esos habrá muchos que sólo lean chismes de famosos y porno suave, aunque quizá podemos rescatar algo, ¿cierto? Después de todo, existe esa frase de Juan Villoro, “en un país donde no se lee, el libro acaba por volverse un instrumento mágico”, y entre los mercadólogos, los publicistas, y las personas que manejan los medios de comunicación existe una palabra igualmente mágica, que es: aspiracional. Bajo el principio de que todo mundo quiere ser lo que no puede (esto entendido como una frase del gran Chava Flores: a qué le tiras cuando sueñas, mexicano), los medios segmentan su target y le ofrecen siempre los artículos que podría adquirir el target económica y socialmente superior. Para ponerlo en términos de fábula: la vara sueña con ser víbora, la víbora con ser rana, la rana con ser ardilla, la ardilla con ser perro, el perro con ser humano, el humano con ser Brad Pitt. Así que no debería costar demasiado trabajo convencer a la gente atiborrada en un autobús (sobre todo a la que va de Iztapalapa a Santa Fe) que leer y ser cultos los va a convertir en una persona mejor, como su jefe, como el galán de la tele, como el presidente, como el futbolista, en fin, como cualquiera de sus héroes. Y probablemente eso sí sería muy fácil, salvo por varias cosas: primero, ninguno de los personajes aquí referidos es culto: el poder en México está dado claramente por el dinero, no por la cultura, que es la conformación de un mundo. No quiero decir que en otros lugares u otros tiempos sea distinto: la cultura nunca ha sido automáticamente poder, al menos no inmediato. Los héroes del mexicano pocas veces tienen que ver con su grado de sabiduría. El mexicano le rinde culto a los goles, a las rubias en bikini, al auto grande y la ropa de marca, e incluso, en la peor de sus facetas, a un dicho que se ha vuelto, también, axioma: al que tranza, porque ése es el que avanza. Si lo vemos desde el punto de vista del mercadólogo, no es casual que las lecturas más apreciadas en este país sean las que incluyen mujeres venenosas y realeza de pantalla: esas figuras representan el éxito a que aspira el mexicano promedio, que puede resumirse más o menos en lo siguiente: tener un club de fans, ostentar un reloj carísimo, tener una rubia (caucásica y por tanto axiomáticamente bella) rendida a los pies; lograr todo esto a costa de la mítica deuda kármica cobrada a algún cacique malhechor. La lectura y el arte, por definición, siempre buscan el revoltijo espiritual y su consiguiente resolución divina; la cultura siempre busca el favor de los dioses. ¿Para qué preocuparse con Ismael por la ballena durante muchas noches si la vida puede ser mágica con sólo leer en dos páginas el envidiable romance de un guapo actor cubano y la cantante de moda?</p>
<p>Sobre todo si entendemos que el mexicano que lee aprende a hacerlo en una escuela, en un salón de clases controlado por un maestro que nunca quiso ser maestro. Entre los alumnos de todos los niveles sociales, el maestro tiene la vida castigada: es el ingeniero que nunca pudo conseguir trabajo en una constructora; el médico que no ejerce; el doctor en letras que, bueno, estudió algo que nadie necesita. A la formación primera se deben dos nociones que persiguen al mexicano. La primera: el gran intelectual que conoce todos los libros, ese maestro “que perdió en la vida”, es mucho menos heroico que el futbolista; el escritor es un fantasma incómodo. La segunda: lo primero que le dejan leer a uno en la vida es el <em>Popol Vuh</em> o el <em>Chilam Balam</em>, los textos mexicanos más viejos y aburridos de los que tenemos conocimiento. La enseñanza es axiomáticamente cronológica, axiomáticamente nacionalista y antagónica a cualquier forma que un puberto pueda admirar. Por lo menos así lo era hasta hace diez años. El mexicano crece sabiendo que la lectura es aburrida e inútil. Cuando el actual candidato a la presidencia por parte del PRI (partido que, por cierto, inventó muchos de nuestros axiomas, incluidos los referentes a la educación) Enrique Peña Nieto erró a la hora de referir los tres libros que lo habían marcado en su adolescencia, provocó una indignación generalizada que en nada tenía que ver con una exigencia de corte cultural: el problema fue que en este país el poder no debe errar nunca; el problema es que en este país, el poderoso debe tener los dedos a flor de chasquido para que alguien le escriba tres respuestas efectivas o dé por terminada la conferencia de prensa. Pero lo que interesa en la planeación del libro perfecto del que estamos hablando no es la figura de Peña Nieto (que, a ojos de la nación es un hombre simple, que también se dejó aburrir por los maestros: contrario a lo que muchos pensaban, el aún puntero en las encuestas no es un súper hombre), sino la reacción que provocó. De pronto, todos los periódicos hablaban del tema, sobresaltados por la respuesta pobre que dio (¿La Biblia como libro fundamental de la adolescencia? De ser eso cierto, quizá sí es un súper hombre); peor: de pronto, todos éramos eruditos, y recriminábamos a este hombre (que tiene mucho de recriminable) el menos importante de sus defectos. En los centenares de notas que siguieron a la pifia se dejaron caer miles de comentarios, todos esgrimiendo un grado de cultura inmaculado, refiriendo a García Márquez, a Dan Brown o a Gaby Vargas, no importa. Incluso algunos aventuraron teorías artísticas, auténticos manifiestos. Recojo uno de ellos: “Yo sí leo, no como este imbécil, pero leo cosas útiles; nada de novelitas y cuentitos y poemas cursis: libros de filosofía, de teología, de ciencias. Lo otro es inútil”. El personaje en cuestión, en otro comentario, declaraba heroico que él le había dicho a su hermano, que quería ser artista, que tratara de no ver nada de arte, sino que tratara de crear desde cero. “Ver arte te contamina”, me parece que dijo, antes de volver a criticar a Peña Nieto, sin ningún argumento, salvo la falta de poder, que lo diferenciara del candidato.</p>
<p>Dentro de lo inútil que estudiar pudiera parecer, hay niveles. Lo menos inútil es lo más difícil de aprender: si se le pregunta a la mayoría de los que cursaron secundaria, las matemáticas resultarán la materia más útil; esto, de nuevo, tiene que ver con un maestro tratando de convencer a sus alumnos de aprender algo que no les gusta, bajo el argumento de que “deben aprenderlo: es muy, muy importante”. Esa noble (pero ingenua) labor de convencimiento acaba lanzando un mensaje con el que todos los mexicanos crecemos, y que hemos aprendido no sólo en la escuela, sino a lo largo de generaciones, e historias de abuelos superados: lo más valioso es aquello que más trabajo cuesta. Por eso las matemáticas valen más que la historia. Hablando de la educación, y llevando esta misma lógica pero al revés, lo más sencillo, y por tanto lo más propenso a ser disfrutado, parece lo más inútil: la clase de deportes, la de dibujo, la de música, la de literatura. La filosofía es menos inútil que la literatura, porque resulta más difícil leer el <em>Teeteto</em> de Platón que <em>Cien años de soledad</em>, a pesar de que la literatura es filosofía encarnada. Somos un país que nació católico y conquistado a la mala; de todos los procesos culturales que hemos pasado, la idea más arraigada, no sólo axiomática sino genéticamente, es la culpa, y más específicamente la culpa al placer: primero fue la idea católica del sacrificio; más tarde fueron las castas que prohibían ciertos placeres al jodido; hoy es el morbo, el buscar una dama en la calle pero una puta en la cama; finalmente, la dicotomía que pende sobre el mexicano: lo que quieres casi nunca es lo que debes. Ya más grandes aprendimos de los primeros estadounidenses que no hay mayor culpa que perder el tiempo. Así que vivimos tensos entre el placer como pecado y el ocio como culpa. La gente no lee porque hay otras opciones mucho más fáciles de entretenimiento y conocimiento, es cierto; pero algo me hace sospechar que hay en esa tensión algún origen de nuestra renuencia por leer: la lectura no produce nada, más que placer. Hace quinientos años, era una actividad reservada para pocos: con el tiempo, las mayorías optaron por despreciar esa actividad que resultaba de algún modo clasista (eso sin tomar en cuenta que esas mayorías eran analfabetas). Si además de esta resistencia ejercitada tomamos en cuenta que leer en realidad no sirve para nada (es decir: al leer uno no está ganando para la tortilla de mañana; uno ni siquiera adquiere un sitio de privilegio o de poder), leer se vuelve la actividad más inútil y culposa del mundo. Se nos olvida que leer ha de servir de algo: no por nada contar historias es una de las actividades más antiguas del ser humano. Jorge Volpi dice que la ficción nos enseña a ser humanos. Quizá por eso en este país los animales ganan elecciones.</p>
<p>Para estas alturas del texto nuestro libro perfecto, el libro para que todos sean cultos, parece perdido. ¿Qué tendríamos que hacer? Si ni siquiera un sacia-morbos histórico como Jorge Ibargüengoitia se lee en este país. Debemos hallar una solución práctica: un libro útil, divertido, que revele todas las verdades necesarias de la vida en pocas páginas, que pueda leerse en el metro sin muchas complicaciones. Esto ya existe, claro; ¿entonces cuál es el twist? Ah: para que “las masas incultas y huevonas” se acerquen a nuestro libro, el escritor será una figura de la farándula. Siento decepcionar, pero alguien nos robó la sesuda idea. Y sí que es una buena idea: Yordi Rosado, quien saltó a la constelación televisiva tras convertirse en el patiño de un conductor patético, lleva varios libros publicados. El nombre es pegajosísimo: <em>Quiúbole con…</em> Les habla a los adolescentes y a los padres de los adolescentes; les dice cómo llevar a buen término una etapa de la vida que es axiomáticamente horrenda. Tiene dibujitos y todo. Vaya que es una buena idea, o al menos, monetariamente, lo es: Yordi Rosado (quien además tiene un programa de radio cuyo nombre es un neologismo “bien padre” y “bien in”: <em>Qué pex</em>) es el escritor mexicano más vendido en este país en los últimos cuarenta años. No es Carlos Fuentes, ni Rulfo, ni Ibargüengoitia: el escritor mexicano más leído en México tiene por mayor mérito en la vida usar botargas de vez en cuando en un programa nocturno de revista. Como escritor (le sigo achacando ese oficio porque él se dice a sí mismo escritor; yo lo entiendo: yo también me siento chef cada que caliento la sopa en el microondas) ha resultado ser una fórmula ganadora: decenas de miembros de la farándula han demostrado que basta con usar su nombre para firmar un libro para que la nación entera desmienta los axiomas: de pronto, una edición de la autoría de Consuelo Duval vende una edición de 50 mil ejemplares como playera de la selección nacional en pleno Mundial. Y las editoriales han sabido capitalizar esto, y estos libros, que son perfectos, se venden (y se distribuyen y se promueven) como nunca lo hará un libro de Vonnegut o de Chéjov o de Volpi o de Ortuño.</p>
<p>La tarea de crear libros perfectos ya fue tomada, con éxito, por el mercado editorial: ya se venden en las librerías esas bandejas personales de suculentas netas; ya se venden, y ya se compran. Ninguno de ellos se llama <em>El gran libro para saberlo todo</em> ni <em>El único libro que tendrás que leer para ser culto</em>, pero cualquiera de estas frases podría ser el subtítulo de cualquiera de ellos. Tampoco lo necesitan: en un país ávido de reconocimiento y de poder, de relevancia y trascendencia, estos libros resultan un portal fácil, y eso es suficiente.</p>
<p>No sé si mi suegra terminó recomendando un libro de autoayuda. Lo dudo. El problema es que la amiga de mi suegra buscaba toda la verdad; mi suegra sabe que los libros solamente dicen mentiras, todos ellos. México está cansado de las mentiras y de las ficciones: nuestra historia misma es una ficción, y nuestra política es una mentira recurrente. Si lo vemos así, nos daremos cuenta de que la estrategia que las editoriales han seguido con tantas ganancias es errónea: están llevando a su mercado a un barranco (¿hay alguien a quien la vida le haya salido del mismo modo que lo prometía un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez?). Los libros no se leen porque den respuestas, sino porque plantean preguntas; un libro que en vez de preguntar responde, está destinado a fallar. México es un país que, ante la mentira y la ficción, requiere preguntas (en el tema de la lectura, ¿somos una paloma moribunda en el asfalto o un cachorro recién nacido?). Después de todo, un país en el que sistemáticamente se ha azotado el valor de la cultura y en el que a pesar de ello la cultura persiste (en forma de canciones y artesanía y leyendas urbanas y albures y política-ficción y, en general, en el mito de lo que el mexicano es: una constante pregunta), demuestra que el libro verdaderamente perfecto es una cosa que no alcanzamos siquiera a imaginar.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¿Filósofo rey?</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:10:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nadia Orozco</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las ideas preconcebidas –en realidad prejuicios- nos hacen pensar que los gobernantes deberían tener cierto grado de educación y cultura. Con este ensayo Nadia L. Orozco descubre el origen de tales ideas y nos hacer ver que el Filósofo rey, el político culto, no será mejor político que los que tenemos actualmente]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vFilosofo.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5857" title="vFilosofo" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vFilosofo.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a>La mayoría de las ideas que de ordinario tenemos sobre la política no son ideas nuestras: las hemos heredado, pertenecen a una larga tradición que desde la filosofía ha generado nuestras concepciones acerca de lo que es correcto en el ámbito político, y nutren la práctica política desde hace siglos. Son, en realidad, prejuicios. Si consideramos que los prejuicios son juicios previos y, de acuerdo con Hannah Arendt, los tenemos sin que necesariamente conozcamos lo que estamos juzgando, tendemos a aceptar muchas de nuestras ideas casi sin cuestionarlas. Una de estas ideas es que los gobernantes deben –o en todo caso deberían–, tener cierto grado de educación y cultura.</p>
<p>Esta idea viene de muy temprano en nuestra tradición filosófico-política, y es Platón el que reflexiona acerca de lo conveniente de que los filósofos, por una tendencia natural a desarrollar las ideas y el pensamiento y por ende la perfección moral, deban ser los que estén al frente del Estado. Aunque en la práctica Platón jamás pudo demostrar que este fuera el caso, y poquísimos son los filósofos-reyes que ha habido como Marco Aurelio o Netzahualcóyotl, la idea, más o menos sin cambios, se ha mantenido en el imaginario colectivo intacta: un buen gobernante debe ser un hombre –y si aceptamos ideas más liberales, también una mujer–, educado y con más cultura que un ciudadano cualquiera. De ahí que, en la práctica, los señalamientos y ridiculizaciones a políticos y candidatos por su ignorancia sean una fuente reiterada para los medios de comunicación y los ciudadanos comunes.</p>
<p>En México [y en Latinoamérica en general], pese a que contamos con una tasa muy baja de educación universitaria, la exigencia sigue siendo la misma: los políticos tendrían que saber más que uno, porque van a estar al frente del país. De nuevo es el eco de la idea platónica: lo peor que puede pasarle a uno es ser gobernado por alguien más ignorante que uno mismo. Y anclados en esa idea, los medios de comunicación nuevos y tradicionales colocan a los políticos en situaciones incómodas en las que se evidencia que son tan ignorantes como cualquier ciudadano de a pie.</p>
<p>Pero pensemos un momento: ¿es en verdad un hombre educado el mejor político? Eso se pensó en cierto momento durante el siglo XVIII: muchos monarcas europeos estudiaron y, a su mejor entender, adoptaron y emplearon las ideas de los grandes ilustrados como Rousseau, Montesquieu o Hobbes. El gran mito-motor de todo el movimiento ilustrado era la razón, el “atrévete a pensar” kantiano que establecía sin miramientos ni cortapisas que las decisiones debían ser tomadas a través de la razón porque el hombre es superior a todas las otras criaturas de la tierra. Las grandes monarquías como Francia, España, Rusia, Prusia, Austria y otras, dejaron que fuera la razón la que guiara sus decisiones políticas, siempre haciendo ejercicios de pensamiento apoyados en consejeros y las grandes ideas ilustradas. El resultado para estos reyes ilustradísimos, fue la adopción de políticas que a la larga devinieron en condiciones de gran desigualdad, hartazgo social y, eventualmente, revoluciones como en Francia y guerras de independencia como en el caso español.</p>
<p>Las cosas no parecen haber cambiado mucho. Nuestros políticos, al menos en México, son de la minoría que ha recibido una educación superior, incluso han egresado de universidades prestigiosas a nivel mundial; se rodean de todo tipo de asesores y consejeros; se apoyan en aparatos burocráticos cuyas tareas incluyen el pensar y resolver los problemas urgentes, y uno pensaría que ese ejército de mentes trabajando debería ser suficiente para que el filósofo rey, o la versión post moderna que sería el universitario político, tomara buenas decisiones.</p>
<p>Y sin embargo, el desempleo, la inseguridad y la corrupción siguen ahí.</p>
<p>Lo que otros nuevos filósofos como Edgar Morin han descubierto, de forma marginal a esta tradición que pone en alto a la razón y a la idea del gobernante ilustrado, es que las decisiones que tomamos no necesariamente están basadas en la razón. Los afectos, las conveniencias, el interés egoísta y motivaciones de una índole más personal están en juego. Con toda su cultura y el peso de su nombre, Mario Vargas Llosa no pudo ser mejor político que Fujimori, Carlos Salinas de Gortari y su doctorado en Harvard dejaron al país sumido en una de las peores crisis de su historia, y podríamos continuar listando casos de ilustradísimos políticos que han tomado las peores decisiones, aún con su contingente de consejeros y asesores.</p>
<p>No digo que lo contrario, el ser gobernado por un completo ignorante, sea lo mejor. Sólo trato de reflexionar con el lector que la instrucción y escolaridad de un gobernante no tienen necesariamente un efecto positivo en sus decisiones políticas. Ignoro si ser capaz de citar tres libros importantes para uno o saber el precio de un kilo de carne sean fundamentales para la conducción de un país. Lo que sí me parece fundamental es que sea el ciudadano el que esté enterado de esas cosas y tenga el criterio suficiente para decidir por sí mismo si esa conducta en sus políticos, y sobre todo en sus medios de comunicación, le parece correcta.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Lean lo que quieran, véanlo si pueden</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:09:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gerardo Sifuentes</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Forma y Fondo]]></category>
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		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[lectura]]></category>
		<category><![CDATA[libros]]></category>

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		<description><![CDATA[“Conferirse un aire de superioridad por el hecho no solo de leer, sino de hacerlo más que otros y sólo a determinados autores es un error de tintes fascistas.”  En este ensayo Gerardo Sifuentes desmonta la actitud y prejuicios sobre el hecho de leer literatura ‘menor’, o directamente, no leer]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right; padding-left: 30px;">“Hay que tener en cuenta que los beneficios de la lectura son muy tenues. En lo moral, muy dudosos, y en cuanto a conocimientos que dan de la vida, inaplicables. Nunca he oído decir a nadie: “Me salvé porque apliqué las enseñanzas contenidas en Fortunata y Jacinta””<br />
Jorge Ibargüengoitia, citado por Juan Domingo Argüelles</p>
</blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vPinocho.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5865" title="vPinocho" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vPinocho.jpg" alt="" width="275" height="240" /></a>1<br />
En la novela High Fidelity de Nick Hornby, el protagonista, Rob Fleming, dueño de una tienda de discos y apasionado melómano, echa un ojo a la colección de música de su anfitrión durante una cena. Los títulos que encuentra no son precisamente de su agrado, de hecho dentro de sus exigentes parámetros estos le resultan predecibles u ordinarios, sin embargo no hace mención al respecto. “Quizá podamos darnos una vuelta por tu tienda para actualizarnos”, le dicen. Rob sonríe, “cada quién a lo suyo…”, replica con tono afable, ante la incredulidad de su novia al notar que su pareja se ha bajado de su habitual pose pedante de conocedor. Pueden leer el libro y constatar a qué se debió su cambio de actitud, aunque también pueden ver la película con John Cusack, pero no recuerdo si existe dicha escena en ella.</p>
<p>2<br />
Me gusta leer, mucho. Claro que esto no me hace mejor individuo que otros. Existe sin embargo mucha gente que le atribuye una virtud moral e intelectual exagerada al hábito de la lectura, como si el simple acto hiciera a las personas más buenas e inteligentes. Al respecto puedo decir que varias veces se me ha discriminado por mi afición particular a la novela negra y de ciencia ficción, géneros que al menos en este país aun son vistos con desdén por legiones de snobs, personas inseguras que se refugian al amparo de autores que creen exclusivos de cierta élite. Hace muchos años una persona, entonces estudiante de la carrera de letras, llegó a decirme “te recomendaría a Chéjov, pero no creo que te guste”. Cuando le mencioné que ya lo había leído, y de hecho me gusta mucho, también le pregunté por las razones que le habían hecho asumir mis predilecciones. Sus balbuceos fueron contundentes; quizá alguna vez me había visto con un libro de William Gibson o Stephen King en las manos, la clase de autores que rara vez son revisados en los círculos académicos. Lo curioso es que esa misma persona, que durante más de una década desdeñó los llamados subgéneros y las novelas gráficas, ahora se dice ‘fan’ incondicional de estos temas y alardea de ello, e incluso eventualmente emite comentarios ‘serios’ al respecto y viste playeras de Star Wars. Cada quién a lo suyo.</p>
<p>3<br />
Creo que 80% de los que se burlaron de @EPN [Enrique Peña Nieto, candidato a la presidencia de México por el PRI. 1] no han leído un libro en los últimos seis meses. De la misma forma, también estimo que 100% de quienes defendieron a este político no han abierto las páginas de un libro en los últimos cinco años. Mi cálculo es superficial, aunque podemos comparar la cifra de usuarios de twitter que se ofendieron ante las declaraciones del priísta con el número de mexicanos que sólo leen un libro al año. Cuando ocurrió aquel famoso incidente de la Feria del Libro, el asesor de campaña que todos llevamos dentro me hizo plantear otros escenarios. Imaginen la reacción del público si hubiera contestado que la trilogía Crepúsculo le había cambiado su vida. De cualquier forma todos se hubieran burlado de él, e incluso hubieran inventado mejores chistes, pero se habría ganado el respeto, mínimo, de los numerosos Twilighters. Por supuesto que el presidenciable no estaba en condiciones de decir “no me gusta leer”, y prefirió simular [mal] que lo hacía. Si bien las personas tienen derecho a leer lo que les venga en gana, es deseable que un político tuviera en mente lecturas coherentes, que correspondan ya no digamos a su ideario político tanto como a sus responsabilidades. Para fines prácticos se hubiese rodeado de gente que si lee, como le hace Obama [2]. Sobre la saga antes mencionada, a pesar de que corresponde al género de terror, nunca la he leído, y no tengo la menor intención de hacerlo, prefiero en todo caso ver las películas.[*]</p>
<p>4<br />
Elegir entre leer el texto o ver la adaptación fílmica es un auténtico dilema que da pie a discusiones bizantinas. También me hace pensar en los famosos 10 derechos del lector [3] de Daniel Pennac, que cobran especial importancia en esta época, donde el más famoso de ellos es “el derecho a no leer” –Best Sellers por ejemplo–. Quiero referirme especialmente al quinto, “el derecho a leer lo que sea” [y lo que quiera]. En este contexto, tengo el atrevimiento de sugerir dos títulos dedicados a la reflexión sobre la libertad de leer, “¿Qué leen los que no leen?” [4] y “Leer es un camino”, ambos de Juan Domingo Argüelles [5], ensayos donde desmitifica la capacidad transformadora de la lectura, y reflexiona sobre cómo es que el sistema educativo vigente ha hecho todo lo posible por que los jóvenes detesten este hábito, acaso sin proponérselo. Tal como este autor menciona, el leer es un acto de gozo, que se hace por convicción, y se pregunta “¿por qué tendríamos que angustiarnos porque no hemos leído aquello que todo el mundo dice que debemos leer? ¿Qué es lo que queremos: brillar en la sociedad o tratar de ser felices?”</p>
<p>5<br />
Cada quién lee de acuerdo a sus necesidades. Por supuesto me encantaría que ‘la gente lectora’ le diera seguimiento a cada uno de mis autores favoritos, hasta podría darles razones para hacerlo, pero creo que nadie me lo ha pedido. Aunque no me resisto a husmear en los libreros ajenos, para criticar o alabar las elecciones que encuentre, se que debo respetar sus decisiones, y no hacer juicios sobre su persona en base a lo que tengan, después de todo leer es un medio, no un fin en si mismo. Conferirse un aire de superioridad por el hecho no solo de leer, sino de hacerlo más que otros y sólo a determinados autores es un error de tintes fascistas. El cuánto no es lo importante como diría Argüelles, sino la alegría que nos proporciona el acto, y las ideas que podamos aprovechar de ese momento. Si quieren leer a Yordi Rosado o Paulo Coehlo adelante, aunque también pueden esperar a que salga cualquier cinta basada en sus textos. Por otro lado, piensen que no es tan sencillo conseguir adaptaciones fílmicas entretenidas de la obra de Chéjov, o también pueden ir al teatro…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los tres libros que cambiaron mi vida:<br />
Un mundo feliz, de Aldous Huxley<br />
Neuromancer, de William Gibson<br />
Desayuno de campeones, de Kurt Vonnegut</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Notas:</strong><br />
[*] Por alguna razón, como diría mi amiga @irairaira, cuando la gente piensa en &#8216;leer&#8217; se remite únicamente a novelas, cuando hay otras tantas posibilidades, como libros de historia, poesía, cuento, biografías, ensayo, manuales…<br />
[1] En el editorial contamos la situación en la que Enrique Peña Nieto no supo contestar a una pregunta de los reporteros dentro de la FIL 2011 en Guadalajara.<br />
[2] http://www.thedailybeast.com/articles/2010/08/13/obama-reading-the-complete-list-of-his-favorite-books.html<br />
[3] http://www.elcanonliterario.com/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=65:el-decalogo-de-pennac&amp;catid=79:textos&amp;Itemid=71<br />
[4] http://books.google.com.mx/books/about/Qué_leen_los_que_no_leen.html?id=1zLzAAAAMAAJ&amp;redir_esc=y<br />
[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Domingo_Argüelles</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>MEDIÁTICA PERDIDA: Intervalos moderados</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:08:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cristina Ensaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura y arte]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[Los huecos, las esperas, las pausas, el transporte público, el viaje al colegio o el trabajo, a veces, dan lugar, como en el caso de Cristina Ensaya, a adquirir el don de la ubicuidad. En su columna nos cuenta como lo logró]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vEsperar.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5869" title="vEspera" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vEsperar.jpg" alt="" width="240" height="320" /></a>Llevaba muy mal los huecos. No sabía que hacer con tanta intemperie, fría y desangelada. Había pausas que me ponían tan nerviosa que sólo podía pedalear para dispersarlas, pero, después del esfuerzo, y de alguna rodilla arañada, otra vez estaban ahí, justo donde las había dejado, deseando que las rellenara y coronara con guindas en sus puntas.</p>
<p>A veces, cuando me coincidía el intermedio con el de otro amigo, me presentaba en su casa dispuesta a atiborrarlo. Lo pasamos bien y nos quedaba un intervalo precioso y rebosante. Pero siempre tenía que regresar a casa sola, en mi pesada <em>Motoreta</em>.</p>
<p>Estaba predestinada. Necesitaba otras vidas para que me saciara la mía, para hacer algo de provecho con ella.</p>
<p>La primera vez que me sacudí el ocio con arte, vino <em>Super Ratón</em> al rescate. <em>“¡No se vayan todavía, aun hay más!”</em>. No había tiempo ni para un aburrimiento. Ni siquiera un trocito para sorber el <em>Cola-Cao</em>&#8230;Era un roedor de lo más espléndido y de gustos sencillos. El bien siempre se imponía al lado oscuro, de perfil peludo y  hocico húmedo. No había ninguna duda del lugar que ocupaba cada uno. En un rincón mugriento, los lobos, los zorros y los gatos, que  eran criaturas oscuras y torpes.  Y en el lado más cálido y con hilo musical de harpa, los canarios de pestañas largas y los ratones, con ojos nada rojizos, que, aunque diminutos, eran adorables, ingeniosos y justos. Todos en perfecto orden, sin salirse, ni una patita, de la raya. Luego las fronteras se hicieron añicos y me hice con más de un gato muy decente y bien <em>vitaminado</em>.</p>
<p>De ahí pasé, o alterné, o habían llegado antes,  a los libros  de pocas palabras y de  ilustraciones generosas, de un grueso irrompible, pero sí muy “dibujables” y, finalmente, con perseverancia, “añicables”. También estuvo papá, con sus cuentos surrealistas <em>homemade</em>, que me iniciaron en el humor más absurdo. Fue una lástima que se dedicara al turismo y una gran pérdida para <em>Los Pyton</em>. Los discos de cuentos que oíamos a falta de padre, o de su ingenio, eran más sensatos y uniformados. Mi hermana y yo los contábamos  y cantábamos, con una perfecta dicción castellana-vallisoletanea, al unísono, junto a un  narrador  muy sobreactuado, digno aspirante del <em>Actors Studio</em>.</p>
<p>Mi primera vez en el cine fue un gatillazo. Aunque el relleno era perfecto, y bien mullido, para las tardes de ocio, resultó ser una experiencia traumática, de las que aun me quedan secuelas, que intento aliviar con mi compromiso con el medio ambiente. Con el tiro del cazador, no solo murió la mamá de <em>Bambi</em>, se me esfumó la inocencia de un plumazo. Mi repentina toma de conciencia nos obligó a salir del cine, entre las  llantinas de <em>Bambi</em> y las mías, en mi primer berrinche de dolor ajeno,&#8230; que es el propio. La sensación de injusticia aun perdura y, me temo, que con lo años, no mejora, sobre todo cuando ya has hecho, por desgracia, de Bambi.</p>
<p>Decidí dejar el Cine de Autor, y lo introspectivo, para los huecos, y hormonas, de mi adolescencia -”os odio a todos”, y me hice con un <em>Disney</em> de evasión, de andar por casa. Me reservaban, en el kiosko, mi <em>Don Mickey</em> semanal, junto al <em>Cambio16</em> de mis padres. Estaba hecha toda una mini mujer. Me temo que fui, entre otros entusiasmos de la época, una “<em>Disney Victim”</em>. Tenía adornado el dormitorio con  chinchetas y recortables ,semi amputados, de sus personajes. También encontré gotelé para los anti sistema de <em> Fantasías  animadas de ayer y hoy presenta</em>&#8230; y los <em>Yogis</em> y  perros azules de<em> Hanna Barbera</em>. No distinguía entre sexo, raza, color, especie o productora.</p>
<p>La primera vez que me realicé,  y engalané los intervalos sin farolillos, ni  un dibujo  que echarme a los ojos,  ni tan siquiera de carboncillo, fue a lo grande, con las tintas pletóricas. No sé como llegó la novela a mis manos pero seguro que por el camino hubo baldosas amarillas, en tecnicolor. Me  leí <em>El Mago de Oz</em> en un par de sentadas,&#8230; y un par de sentadas, para una cría, equivale a un mes entero de concentración, con duras y largas jornadas, para un adulto. Cuando acabé, quedé tan felizmente trastornada, que repetí, de inmediato, el trastorno. Reincidí de bruces&#8230; Vamos por 2 meses&#8230;</p>
<p>A partir de aquellas sentadas y mi desmelene erudito, se me llenó la salita de espera. <em>Los cinco, El Barco de Vapor, Elige tu propia aventura</em>, <em>Los tres investigadores, Agatha Christie&#8230; Las células grises </em>a flor de piel.<em>.. </em>Superé mi aversión a la oscuridad, unida a los giros de guión desgarradores, y tuve la suerte de ser una cría en el <em>Periodo Azul</em> de <em>Spielberg</em> y sus pinches. ¡Se puso de moda ser pequeñita! <em> E.T,  Los Gremlins, Indiana Jones, Regreso al Futuro, Los Goonies, Big&#8230;</em> La dulce invasión “peliculera” yanqui, se me retro alimentaba, con  su hegemonía televisiva. Comencé a consumir pronto, muy “inberbemente”,  <em>Barrio Sésamo</em> y <em>Fragel  Rock,</em> (o la nacional-irreverente-entrañable<em>  Bola de Cristal</em>), y continué, a lo largo y  ancho, de la parrilla o vida. <em>La Familia Monster, El Gran Héroe Americano, El Show de Bill Cosby, Las chicas de oro, Luz de Luna</em>. Reconozco que, en esos años, andaba muy felizmente colonizada.</p>
<p>Y aun poseo el don de la ubicuidad. Lo tengo sobre sobado, pero sigue funcionando como en  tiempos del blanco y negro. Por culpa de querer rellenarlo todo, me lo he vivido casi todo. Sigo en mi empeño de no dejar ni un intervalo sin firmar, ni una gota sin un buen remojo. Estrené el año, abarrotándolo con la esponjosa trama de  <em>Beginners</em> y lo cierro, cada día, con un capítulo de “La Delicadeza”, novela a la que no puedo añadir ningún adjetivo,  porque sería redundante&#8230; Con lo que a mi me gusta redundar, recargar y hacerme un <em>Rococó</em>, en cuanto puedo.</p>
<p>Doy gracias a la perseverancia y a la generosidad de <em>Super Ratón</em>, instándome a no tirar nunca la toalla, ni la atención, porque <em>aun</em> había, y <em>hay</em>, mucho <em>más.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Leer con la televisión prendida</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:07:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mael Aglaia</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Forma y Fondo]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
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		<description><![CDATA[Si algo tiene influencia en México desde hace medio siglo es la televisión. Antes de hablar de libros o cualquier otra publicación de texto, lo audiovisual (casi como la Coca-Cola) es lo que en todo hogar (sin importar el ingreso) no ha de faltar. En este ensayo, Mael Aglaia nos habla de la influencia de la televisión en la cultura –en México como ejemplo-, hasta llegar a formar parte de la identidad de la sociedad]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vTelevision3.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5829" title="vTelevision3" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vTelevision3.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a>Si algo tiene influencia en México desde hace medio siglo es la televisión. Antes de hablar de libros o cualquier otra publicación de texto, lo audiovisual (casi como la Coca-Cola) es lo que en todo hogar mexicano (sin importar el ingreso) no ha de faltar. Todavía más, lo que seguramente es más fácil de enlistar en el caso (del) mexicano son los tres programas de televisión que más (lo) han marcado: Siempre en Domingo (1969-1998), El Chavo del Ocho (1971-1992) y 24 Horas (1969-1998). Todos de una sola empresa. Todos en horario vespertino-nocturno. Todos «estelares». Todos con una figura principal: Raúl Velasco, Roberto Gómez Bolaños y Jacobo Zabludovsky, respectivamente. Todos —dicen los que saben— parte ya de la cultura popular mexicana. Todos, dígase, modelos de entretenimiento latinoamericano.</p>
<p>El gusto musical de tres décadas tuvo un solo y definitivo filtro: el gusto del presentador Velasco y el aplauso, claro, de su público. El denominador común de la diversión infantil cupo en el barril de una, faltaba más, vecindad urbana. La noticia se escuchó por una sola voz que, al mismo tiempo, daba escuela a una pléyade de reporteros. Todo ello, además, acompañado, aderezado, con el bien de exportación de más éxito en la historia del país: la telenovela (producida también por la misma empresa), que en el 2008 cumplió con bombo y platillo sus cincuenta lozanos años. Así, sin más, con más de diez mil horas de transmisión, entre tres programas de televisión —acaso cual triángulo de las Bermudas—, navega (¿sumergida?) la cultura de la sociedad mexicana.</p>
<p>El capitán del barco es de todos conocido; un tigre, se decía, un soldado del PRI, se dijo. El entretenimiento, la diversión, la distracción mexicana, estaba en sus manos, y tan bien lo hizo que su modelo, la base, continúa enriqueciendo (a) empresas varias (incluida la «televisora de enfrente»), y enriqueciéndose con lo que la escena internacional tiene a bien mostrar en horario prime time. La televisión de los Azcárraga se desdobló y bastó un televisor para instalarse en la sala del hogar mexicano. Si la radio podía compartir, digamos, el librero, la televisión lo desplazó. Si un libro podía referirse a las estrellas, la televisión las transfiguró y enseñó en un canal a la medida. Si el soldado se hizo de un ejército con una artillería de sonidos y colores, los prisioneros fueron condenados a recibir día y noche tales descargas. Si el PRI fue la dictadura perfecta, Televisa fue su perfecta dicción.</p>
<p>La política cultural en tres programas, tres esquinas. El cuarto poder una tríada. Sea con la música, el chiste o la noticia, a México lo marcaría una señal de tres, un tenedor que cogió carne varia que nosotros mismos los mexicanos poco o nada tuvimos reparo en llevarnos a la boca (pues ya se sabe: «la comida entra por los ojos»); un trinche de programas de televisión con impacto, incluso, fuera ya de sus fronteras: Velasco nos lleva de paseo a Miami, Argentina nos conoce tomando clases con el profesor Jirafales y «nuclear-nuclear» nos resultó la guerra en Medio Oriente.</p>
<p>Así era y ha sido la lectura del país. Las páginas a color con música (de moda) de fondo, con impertérrita corbata negra escuchamos el paso de sexenios. La cultura de una sociedad encerrada, proyectada, en una caja. Una caja que por supuesto brindó más de tres programas… y otros medios de comunicación. ¿Qué se puede decir de las publicaciones semanales para, por ejemplo, ver por debajo del vestido de la actriz del momento? ¿Cómo hacer menos a los conciertos en los distintos barrios de la Ciudad de México con algún elenco digno de superdomingo, o al descubrimiento televisado de nuevos valores de la canción? ¿Por qué no nombrar a la comedia «picante» que acaso un don Ramón se permite una vez dormida su Chilindrina? También así se ha leído al país. Sobre todo así se lee, con lectura multimedia.</p>
<p>A lustros de la primera emisión de aquellos tres programas, sus ecos llegan ya a la Internet. Ahí están los herederos aprovechando el espacio en páginas de noticias, videos, imágenes y, también, redes sociales. Los formatos, sin duda, han cambiado, pero las fórmulas permanecen. México sigue leyendo a color, con dibujitos y llenando el vacío de aquel entretenimiento televisivo. Si antes prendíamos el televisor para ver correr las horas, hoy hacemos correr las barras de desplazamiento para ver prender una televisión. La popularidad de blogs, páginas web, foros, cuentas en Twitter, cuentas en Youtube, personajes, «luminarias», etc., corresponde a otrora nuestra televisión, a la de «antes» (que sigue siendo la de hoy). La política de la casa (que es nuestra, que es suya) es imágenes al instante, «el impulso que despierta», «girar en la pantalla el mundo y las estrellas hoy aquí». El aquí que puede ser allá o acá, es decir, el lugar común. La repetición de aquellos programas es finalmente su eco.</p>
<p>Lo que vemos y leemos está sujeto a lo que hemos venido haciendo. O mejor dicho, lo que otros hicieron pareciera que ahora hay que mejorarlo con las nuevas herramientas tecnológicas. El paradigma, finalmente, es el mismo: entretener y hacer pensar lo menos posible, despertar al instante lo que en la pantalla pueda o no haber. La cosa es girar el mundo. Nos tocó ser los soldados de la televisión… o los testigos de su guerra.</p>
<p>¿Para qué perder el tiempo preguntando a los protagonistas de lo protagónico qué es lo que los marca? Por el momento Tartufo sigue aconsejando a Orgón (y este escuchándolo), hay demasiadas Marianas y muy pocas, paradoja mexicana, Dorinas. Es decir, que si alguien quiere escuchar libros u obras que hayan marcado al México de hoy, mejor que prenda la televisión de ayer. Ahí está la gran obra social.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Manifestaciones culturales y usos sociales en la era digital</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:06:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pedro Alcoba González</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad, comunicación y medios]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
		<category><![CDATA[social media]]></category>

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		<description><![CDATA[Es curioso observar cómo siendo parte esencial de la identidad de todo ser humano, la cultura nunca se libra de las mediaciones sociales. Hablar de cultura supone siempre hablar de quien la produce: en todas las épocas han existido individuos o grupos capacitados para la expresión artística o la producción cultural, en los que la sociedad ha delegado la tarea de producir las manifestaciones culturales de su tiempo. Sin embargo, como afirma Eco “en una época como la de Leonardo, la sociedad estaba dividida en hombres en posesión de los ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/09/vSocialMedia.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-4444" title="vSocialMedia1" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/09/vSocialMedia.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a>Es curioso observar cómo siendo parte esencial de la identidad de todo ser humano, la cultura nunca se libra de las mediaciones sociales. Hablar de cultura supone siempre hablar de quien la produce: en todas las épocas han existido individuos o grupos capacitados para la expresión artística o la producción cultural, en los que la sociedad ha delegado la tarea de producir las manifestaciones culturales de su tiempo. Sin embargo, como afirma Eco “en una época como la de Leonardo, la sociedad estaba dividida en hombres en posesión de los instrumentos culturales y hombres excluidos de dicha posesión”[1].Con la llegada de la etapa industrial, la cultura cambió de dueño. Donde antes era una élite diferenciada del resto la que atesoraba (en el peor de los casos) o difundía (en el mejor), pero casi siempre la preservaba en determinados soportes, actualmente esta se populariza y la forma dominante es la cultura de masas, lo que ha tenido importantes consecuencias.</p>
<p>Primeramente, han facilitado el acceso a las manifestaciones culturales a masas de población que antes estaban excluidas de ellas. En segundo lugar, como el público que recibe la obra es potencialmente universal, los generadores de contenidos culturales, -excluyendo el arte de vanguardia- han concebido en muchos casos sus mensajes con un lenguaje que puede ser complejo en su elaboración pero sencillo en su recepción. Por último, los medios típicos de nuestra época como el cine, la televisión o Internet[2] donde el aparato tecnológico necesario para producir una obra es considerable, hacen que no se pueda concebir para un público minoritario. El lema “A la inmensa minoría” de Juan Ramón Jiménez no es aplicable para los medios de comunicación actual. Si bien hay ciertas manifestaciones culturales como el arte abstracto, que sigue exigiendo una preparación previa, cada vez son más aquellas cuya aspiración es llegar a un público universal. Por otro lado, manifestaciones culturales más complejas o vanguardistas aparecen también encapsuladas en los medios de difusión masiva.</p>
<p>Sin embargo, el hecho de que el destino de las obras culturales sea mayoritario no necesariamente implica una menor calidad. Las tiras de cómic de la prensa diaria o la música rock son sólo algunas de las expresiones culturales merecedoras de estudio desde hace unas décadas, pero en su surgimiento despreciadas o ignoradas por los guardianes de la Alta Cultura (la música rock, por ejemplo, fue considerada cosa del diablo en sus orígenes[3]). De hecho conceptos como alto, medio o bajo aplicados a la cultura han quedado desfasados. Como han demostrado los estudios de Umberto Eco o Pierre Bordieu, la frontera entre la Alta Cultura y la Baja Cultura ha quedado difuminada[4]; en medios supuestamente de “baja cultura” han surgido obras de gran calidad.</p>
<p>La llegada de Internet ha acelerado inmensamente este fenómeno, produciendo un acceso universal e instantáneo a la información y por tanto a la cultura. Esto no quiere decir que la cultura no siga requiriendo preparación para ser asimilada ni que los artefactos culturales no sean complejos, simplemente todo depende de la apropiación que de ella hace el receptor. La revolución 2.0, por ejemplo, supone un movimiento de péndulo desde el énfasis en la industria cultural que produce el contenido hasta el receptor del mismo. La diferencia en la actualidad estriba en las competencias que el receptor (o ciudadano) debe desarrollar:</p>
<ul>
<li>Es preciso utilizar cada medio como lo que es: Internet es un medio en que converge la información, la cultura, la comunicación y la investigación. Como tal es un contenedor en que caben manifestaciones culturales, pero no supone -al menos de momento- un lenguaje diferenciado, como el cine, por ejemplo. Su misma naturaleza es más “pull media” (el consumidor “tira” de la información hacia él) que “push media” (el productor de contenidos empuja la información hacia el consumidor).[5] Los contenidos de calidad están ahí al igual que los simplificados y banales. No se puede acusar a Internet de privilegiar los segundos.</li>
<li>El concepto de alta cultura o baja cultura puede mantener su validez si se desplaza los niveles de lectura Si bien hay manifestaciones culturales con un único nivel, la mayoría tienen diversos niveles de lectura, por lo tanto distintos niveles de asimilación. Cualquiera puede reconocer la melodía de la cabalgata de las valkirias, pero sólo un melómano distinguirá con acierto cada instrumento. Cuantos más niveles de lectura maneje un receptor, mayor será su experiencia cultural.</li>
<li> Los contenidos de ficción en la actualidad pasan por entender el concepto de transmedia[6], definido como la construcción de contenidos de forma complementaria en distintos medios o plataformas. El receptor desarrollará la capacidad para acceder al contenido al mismo tiempo que se convierte en prosumidor al participar en su construcción. Esta forma de manejar contenidos en paralelo es de hecho un rasgo de nuestra época (Internet posibilita manejar varias unidades de información simultáneamente)</li>
</ul>
<p>En conclusión, el individuo que quiere ser competente culturalmente en nuestra sociedad lo tiene si cabe más difícil que el de otras épocas. El acceso a la cultura se ha democratizado y lejos de precisarse un rango limitado de competencias, actualmente es necesario el manejo de diferentes niveles e itinerarios de lectura en medios de difusión diversos. Nunca fue tan fácil el acceso a la cultura pero en igual medida nunca se han precisado de tantas competencias para comprenderla en su conjunto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Referencias:</strong><br />
[1] Eco, Umberto. Apocalípticos e integrados. Barcelona, Debolsillo, 2004, pág 83 (edición original de en italiano de 1965)<br />
[2] No debe engañarnos su transparencia, la web también requiere herramientas tecnológicas complejas. El denominado “Hipersector” mueve además cifras apabullantes: http://aui.es/IMG/pdf_Capitulo_3.pdf<br />
[3] http://www.entrelineas.org/articulo.asp?id=118<br />
[4] http://www.ucm.es/BUCM/revistas/inf/11357991/articulos/CIYC0404110189A.PDF<br />
[5] http://dictionary.reference.com/browse/each<br />
[6] http://dospuntualizando.wordpress.com/2011/05/11/el-transmedia-de-henry-jenkins-y-carlos-scolari/</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>TOCADISCOS: El Rock es Cultura</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:05:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rolando Mendoza Fajardo</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura y arte]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[música]]></category>
		<category><![CDATA[ocio]]></category>
		<category><![CDATA[rock]]></category>

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		<description><![CDATA[El rock es una de las expresiones artísticas que es capaz de mover a las masas como si se tratara de grandes peregrinaciones religiosas, de crear mitos y leyendas como si se hablara de antiguos héroes o guerreros históricos. En su columna, Rolando Mendoza nos cuenta como la música rock es parte de la sociedad y como el Rock es Cultura]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/06/vMusicaRecomen.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3425" title="COL_Tocadiscos" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/06/vMusicaRecomen.jpg" alt="" width="219" height="320" /></a>El rock es una de las expresiones artísticas que es capaz de mover a las masas como si se tratara de grandes peregrinaciones religiosas, de crear mitos y leyendas como si se hablara de antiguos héroes o guerreros históricos. La música rock es parte de la sociedad, representa a muchos grupos sociales (punks, skinheads,  glams,  góticos, heavies, emos, indies, etc.) con una lírica y estética propia diferenciada, el rock está entre nosotros, es como nosotros, tan frívolo, tan sexual, tan rebelde, tan comprometido por alguna lucha, tan tonto, tan guapo y tan feo.</p>
<p>El rock está normalmente asociado a los jóvenes, tiene esa frescura que solo los años mozos dan, se alimenta de la juventud y de su espíritu, esta es la fuente de su eterna juventud, que hace que perdure y que renazca cuando parece acabado, que se reinvente y evolucione.</p>
<p>Así es como el rock ha durado hasta nuestros días, pero ciertos personajes han tenido mucho que ver para que el rock sea lo que es, si bien el “rock and roll” ya existía a finales de los 50 en los Estados Unidos, no era muy masivo, la mayoría eran grandes cantantes negros con un público mayoritariamente negro. Sin embargo, llega “Elvis Presley” y lo revoluciona todo, lleva el rock a las masas, ¡ritmos negros cantados por un blanco!, e hizo que el rock sea aceptado, lo popularizó en todo el mundo. En la década de los 60, las islas británicas toman el relevo y se forma la banda que causaría la mayor histeria colectiva en la humanidad, “The Beatles”. Con ellos se inicia lo que se llamaría la “invasión británica”, surgieron muchísimas bandas inglesas que sacudieron el planeta con su música, a estas alturas la música ya no sería la misma, el mundo había sido conquistado a punta de guitarras y baterías.</p>
<p>Los jóvenes querían más, el rock no podía quedarse quieto, la misma energía que lo hizo crecer, ahora serviría para transformarlo, es entonces cuando empiezan a surgir los primeros estilos como el folk y la sicodelia. A finales de los 60, surge el virtuoso guitarrista Jimi Hendrix que transforma el rock; a partir de este punto todo sería diferente, las guitarras cogen una energía y furia que nunca antes habían tenido, es el principio de algo muy grande. La década de los 60 se acaba y como regalo nos dejan muchos grupos increíbles: “The Beatles”, “The Doors”, “Janis Japlin”, “Jimi Hendrix”,  “Rolling Stones”, “Cream”, “The Beach Boys”, “The Who”, “The Kinks”, “Pink Floyd”, “Blue Cheer”, “Grand Funk”, etc.</p>
<p>La década de los 70 es tal vez la década más generosa en la ecuación “calidad/cantidad”, la creatividad llega hasta límites impensados. En esta década se inventa o se gesta la mayoría de los estilos del rock, que años más tarde lograrían su madurez, surge el hard rock, progresivo, heavy metal, glam, punk, electrónica, gótico, industrial, etc. Los 70 también es conocido por los excesos en todos los sentidos (sexo, drogas y alcohol). Esta década es dominada principalmente por Led Zeppelin que es acompañado de otros grupos históricos: “Black Sabbath”, “Deep Purple”, “Queen”, “Kiss”, “Ac/Dc”, “Aerosmith”, “Thin Lizzy”, “Judas Priest”, “Rainbow”, “Blue Öyster Cult”, “Rolling Stones”, “The Eagles”, “Yes”, “Pink Floyd”, “Genesis”, “Emerson, Lake and Palmer”, “Uriah Heep”, “King Crimson”, “Rush”, “Kansas”, “Electric Light Orchestra”, “Boston”, “The Who”, “David Bowie”, “Lou Reed”, “TRex”, etc.</p>
<p>Los 70 fue toda una explosión de creatividad y excesos, esto hizo que se alejara de su esencia, de sus raíces más rebeldes, de sus manifestaciones más callejeras. El rock se había masificado y popularizado, a mitad de los 70 los jóvenes se habían cansado de las historias mágicas, de las historias de amor, de cómo llevarse a una amiga a la cama… esta insatisfacción sumada al descontento con todas las cosas impuestas, a los dogmas, a las modas, hizo que aparezca el “Punk” y con ello una nueva fuerza imparable. El punk arrasó y se llevó por delante al rock progresivo y al rock duro, es momento de dar paso a “Ramones”, “The Clash”, “The Sex Pixtols”, “The Misfits”, etc.</p>
<p>El reloj sigue su marcha, caen los calendarios y con ello el nacimiento de la década de los 80, ¿qué se puede decir para resumir lo que se produce en esa década?, se podría decir que es la década de la “diversidad”, los estilos se definen y a su vez nacen los sub estilos. En esta década no hubo un domino de algún estilo en particular, había público para todas las salas, pero en ningún caso logran el status de los titanes de los 70, hasta que aparecen los irlandeses de “U2”, ellos serían los abanderados de esta década y con ellos grupos como “The Police”, “INXS”, “The Smiths”, “Pet Shop Boys”, “The Cure”, “New Order”, “Depeche Mode”, “Duran Duran”, “Culture Club”, “Talking Heads”, “Tears for Fears”, etc. Por el lado del rock más duro, surgen los sonidos más extremos, aparece “Metallica” y el “thrash metal”, son los años finales de la denominada “New Wave of British Heavy Metal” que nos dejan a grupos como “Iron Maiden”, “Judas Priest”, “Def Leppard”, “Saxon”, “Motorhead”, “Diamond Head”, etc. El denominado “glam metal” tiene mucha aceptación, aparecen “Bon Jovi”, “Cinderella”, “Poison”, “Warrant”, “Skid Row”, “Europe”, “Mötley Crüe”, “White Lion”, etc.  Antes de terminar los 80 aparece la banda angelina “Guns N’ Roses” y nuevamente el rock en su vena más macarra y callejera toma por asalto la preferencia del público.</p>
<p>Los 90 es la década de “Nirvana” y del “grunge”, aunque la temprana muerte de su líder hace que su legado no sea más grande, fue suficiente para mover a toda una generación de jóvenes hambrientos de algo nuevo. La música grunge se convirtió en un estilo masivamente aceptado haciendo casi desaparecer al rock más convencional, el “glam” pierde todo protagonismo y grupos como “Pearl Jam”, “Soundgarden”, “Alice in Chains”, “Stone Temple Pilots”, “Smashing Pumpkings”, “Bush”, “Silverchair”, etc., acapararían toda la atención. En Inglaterra nuevamente el britpop revive con grupos como “Oasis”, “Radiohead”, “Blur”, “Pulp”, “Suede”, “Supergrass”, “The Verve”, “Travis”, etc. En esta década se grabaría el celebrado “OK Computer” de “Radiohead”, toda una obra maestra que ya es un clásico. Finalmente, otro movimiento de rock aparece a finales de los 90, el “nu metal”, fusión del rap con el metal el cual tiene un momento de mucha aceptación. A pesar de la cantidad de bandas, el rock en general había perdido protagonismo, eran tiempos de dominio del Hip Hop, del pop, de las estrellas adolescentes.</p>
<p>Para el inicio del nuevo siglo, el rock sigue alejado de las preferencias, pero algo cambia y se vive una especie de “revival” del rock de los 70 y 80, con grupos como “The Strokes”, “Jet”, “The Hives”, “The White Stripes”, “The Libertines”, “The Killers”, “The Darkness”, etc. En esta década aún se mantienen en vigencia bandas longevas como “Bon Jovi”, “Ac/Dc”, “U2” y “Depeche Mode”, sin embargo esta década es liderada por “Coldplay” y “Muse” (aunque su primer álbum es del 99),  el movimiento “indie” es muy aceptado con grupos como “Arcade Fire”, “Arctic Monkeys”, “LCD Soundsystem”, “MGMT”, etc. Esta década no nos deja grandes clásicos, el pop y el Hip Hop siguen reinando ahora al lado de la música electrónica y el house. El rock convencional que domino en los 60 y 70, que compartió su hegemonía en los 80 con otros estilos, pasó a ser un extraño conocido, a ser pieza de nostálgicos que aún sueñan y esperan que aparezcan unos nuevos “Led Zeppelin” o “Guns N’ Roses”, solo espero que este sueño se haga realidad pronto.</p>
<p>El rock es cultura, es una expresión que nace de los jóvenes, que a lo largo de los años la han ido moldeando a sus gustos, preferencias y necesidades, creando un mundo nuevo, lleno de sonoridad, con historias nuevas que contar y compartir, década a década dicho legado se ha ido transmitiendo a nuevas hordas de jóvenes deseosos de experimentar ese sentimiento de libertad y rebeldía que solo el rock puede transmitir. El rock ha traspasado el tiempo, las fronteras, las barreras del idioma, las prohibiciones e incluso ha llegado hasta el espacio, veremos si a nuestros vecinos marcianos se les da bien versionar a los Beatles.</p>
<p><strong>Recomendaciones:</strong><br />
Aprovechando este repaso por todas las décadas, se me ocurre sugerir escuchar un álbum por cada una de ellas; es un tanto complicado dada la cantidad de discos y grupos, pero se me hace divertido, empecemos por “Jimi Hendrix” y su debut con “Are you Experienced?”, disco fundamental, un clásico, obligatorio para entender la evolución del rock. Como segundo disco recomiendo “Captain Beyond” y su primer disco del mismo nombre, un disco con toques progresivos y hard rock, un grupo no muy conocido pero muy bueno. La siguiente recomendación es el “Vital Signs” de “Survivor”, grupo recordado mayormente por su tema de la película “Rocky”, este disco es una joya olvidada. Pasamos a la siguiente década y toca escuchar a “Soundgarden” y su “Badmotorfinger”, un disco opacado por el “Nevermind” de “Nirvana”, pero que para mi opinión es superior. Para terminar, están los suecos “Crashdïet” y su debut “Rest in sleaze”, una vuelta a sonidos ochentenos. Espero que disfruten, como yo, de estos discos.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¡Cómo no te voy a querer! (mi vida contada en varias goyas cachuneras)</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:04:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Édgar Adrián Mora</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura y arte]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[educación]]></category>
		<category><![CDATA[UNAM]]></category>
		<category><![CDATA[universidad]]></category>

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		<description><![CDATA[A través de la crónica de su vida universitaria y profesional, Edgar Adrián Mora muestra el poder de la educación y la universidad en la cultura de los individuos y la sociedad. En su caso, como la universidad (UNAM) lo ha influido como ciudadano, como estudiante, como escritor, como periodista, como maestro, como cinéfilo, como melómano, como lector, como investigador, como ser humano]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vUNAM.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5859" title="vUNAM" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vUNAM.jpg" alt="" width="240" height="320" /></a>Debo comenzar este texto con un absoluto: sin la Universidad Nacional mi vida no sería la misma. O no sería, si de ponernos absolutos se trata. Debo a la UNAM lo que soy como ciudadano, como estudiante, como escritor, como periodista, como maestro, como cinéfilo, como melómano, como lector, como investigador, como ser humano.</p>
<p>Los últimos 17 años de mi vida están ligados de manera indisoluble a la UNAM. De hecho, al momento de escribir esto, me doy cuenta de que lo que parecía una crónica, y sólo eso, en realidad no lo es. Recordar es un trabajo arduo y un volver a andar el recorrido. Y las plantas de mis pies saben tanto el mapa de la Ciudad Universitaria que, incluso hoy, cuando paseo por sus senderos, puedo dejar que mis pies vaguen solos: tienen la memoria de la experiencia y de la costumbre. Me cuesta decidir por dónde comenzar a contar mi historia con la universidad. Y es que no basta la cronología para ordenar la cantidad de recuerdos, ideas, imágenes, sensaciones y sentimientos que me abarcan al pensar en mi alma máter. Porque más que nada y en el sentido más clásico del término, la UNAM es mi madre nutricia y generosa, la que alimentó el espíritu hambriento de un adolescente-casi-infante hasta dimensiones que no podía, ni siquiera, sospechar. En búsqueda, entonces, intentemos ir al origen, al principio de todo esto.</p>
<p><strong>En el principio fue el verbo</strong><br />
En 1987, durante las dos primeras semanas de julio, la SEP organizaba (y creo que sigue organizando) unas jornadas que en aquél entonces se llamaban, de manera genérica, &#8220;Viaje cultural&#8221;, en donde se reunía a los estudiantes más destacados que egresaban de la educación primaria. El premio mayor consistía en una reunión con el presidente de la república. Tocar al poder en persona, en vivo y a todo color. Recuerdo la emoción de la mayoría de los niños que estábamos ahí al ver entrar por algún salón de la residencia oficial de Los Pinos al presidente Miguel de la Madrid (emoción hoy cuestionada y que genera, incluso, un sonrojo involuntario).</p>
<p>A la distancia, hoy puedo asegurar que ése no fue mi mayor regalo de aquel verano. Al finalizar las jornadas, los funcionarios de la SEP repartieron entre las literas de la Universidad del Ejército y la Fuerza Aérea en Popotla (que fue donde nos alojaron) cuatro libros que eran el regalo último del gobierno por la dedicación mostrada. Dos libros eran una enciclopedia de conocimientos para niños editada por la Fundación Cultural Banamex. Los otros eran dos enormes libros rojos que tenían en su portada un grabado que simbolizaba a la Medusa griega y sobre éste el título: Lecturas clásicas para niños.</p>
<p>Era una de las obras que se habían realizado durante el paso de José Vasconcelos por la Secretaría de Educación Pública. El original se había publicado en 1924, a nosotros nos daban un facsimilar impreso en 1984. En realidad, esos dos volúmenes fueron mi ingreso al mundo más allá de mi tierra natal. No quiero hacer menos a mis maestros de enseñanza primaria y secundaria, pero sí puedo decir que mucha de la educación que obtuve en esos años fue gracias a estos libros y a la biblioteca pública del municipio, que fue otro descubrimiento espectacular.</p>
<p>¿Qué tiene que ver esta anécdota con la Universidad Nacional? Dos cosas: la primera, que la contraportada de ese libro tenía el escudo de la Universidad Nacional pero que en lugar del nombre de ésta, aludía a la Secretaría de Educación. Luego me enteré que Vasconcelos había diseñado ese escudo y el lema que lo acompañaba. Después también comprendí que había planteado el sueño de llevar libros a todos los latinoamericanos como algo irrealizable en 1923, pero que la UNAM había conseguido llevar a cabo parte de ese sueño, que Vasconcelos describía en el tercer párrafo del &#8220;Prólogo&#8221; del libro mencionado:</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>Si los gobiernos de nuestros pueblos castizos tuvieran siquiera una noción de los deberes que impone el destino de una raza, si los gobernantes pudieran ver un metro más allá del ruin interés personal y de la corta preocupación del momento; si su patriotismo fuera de verdad un sentimiento elevado de decoro y de amor común, ya hace mucho tiempo que nuestras repúblicas se habrían puesto de acuerdo para establecer una casa editorial enorme, que diera a los noventa millones de hombres de habla española, todos los libros de que hoy carecen, escritos en su lengua y vendidos a mínimo precio. Urge fundar ya que no un gobierno común, por lo menos un Consejo educativo cultural, que dirija el pensamiento y el desarrollo espiritual de este pueblo.</em></p>
<p>Es casi seguro que en aquellos años, yo no haya entendido el significado profundo de esta reflexión, y es muy probable que al toparme con ésta, quizá hasta la haya eludido. Pero lo entendí después. En mi casa no había libros. Sólo los libros de texto que se utilizaban en la escuela. Ahora creo que la misión de ese Consejo Educativo Cultural al que aludía Vasconcelos fue realizada en gran parte por la UNAM. En mi caso, al menos, así fue.</p>
<p><strong>Batalla entre los números y las letras</strong><br />
El destino probable que me esperaba en mi tierra natal, un pueblo en la Sierra Norte de Puebla, hubiera sido fácil de predecir por las pocas opciones a considerar: con algo de suerte, maestro de comunidad rural o integrante de la burocracia local; con nada de suerte, el cultivo de la tierra, el ingreso a la maquila o la migración en busca de empleo a los Estados Unidos. Es lo que, incluso hoy, se sigue viendo y se sigue viviendo en ese sitio. Yo tenía otra ilusión: ingresar a la Universidad Nacional. Parecía una cuestión complicada, sobre todo si tomamos en cuenta que provenía de una familia de lazos emocionales bastante fuertes. Que la separación del primogénito, en condiciones de incertidumbre total, hacia una ciudad que parecía más una amenaza que una realidad, era algo para lo que no se habían preparado.</p>
<p>Aún recuerdo el llanto silencioso y doloroso de mi padre cuando transitábamos por las carreteras de Tlaxcala a bordo de un camión de pasajeros de segunda. Había aprobado el examen de selección para ingresar a la Ingeniería en Telecomunicaciones en la UNAM. Era el 2 de agosto de 1993. Esa fecha marca mi ingreso a esta historia. Es mi real fecha de ingreso a la Universidad. Ese día me di cuenta que no había vuelta atrás. Que lo que hacía, iba a modificar de manera irremediable mi historia de vida. Cuando bajé del camión en la central de autobuses de la ciudad de México, era otro distinto al que había subido.</p>
<p>Me hospedé en casa de una hermana de mi madre, al menos mientras conseguía un empleo y la manera de poder conjugar la escuela y la necesidad de mantener mis gastos. Me desempeñé durante algún tiempo como ayudante de un taller de tapicería justo atrás de la Preparatoria número 1 de la Universidad Nacional. Siempre, como una sombra, la universidad me acompañaría.</p>
<p>Los cursos en la Facultad de Ingeniería eran duros, nada que ver con la matemática básica y casi intuitiva que me habían enseñado mis maestros del nivel preparatorio. Avanzaba lento, me costaba aprobar los cursos. Recuerdo que sólo tuve un gusto enorme y una emoción intensa en un materia: &#8220;Taller de expresión oral&#8221;, o algo por el estilo. Después de un semestre, me di cuenta que mi vocación era otra, que mi selección había sido errada. De poco a poco comencé a quitarle tiempo a la resolución de problemas matemáticos y configuración de supuestos abstractos para hundirme en la lectura de libros de literatura y periodismo que sacaba de la Biblioteca Central: un faro que alumbró con luz intensa mi decisión de cambiar de carrera.</p>
<p>Tuve que volver a presentar el examen de admisión, esta vez para la carrera de Ciencias de la Comunicación, al otro lado de la Ciudad Universitaria. Conseguí aprobar el examen nuevamente y cambiar los números por las palabras.</p>
<p><strong>Homo culturalis hambriento</strong><br />
Acudí a pocas clases del segundo semestre de ingeniería. No me sentía cómodo yendo a clases a sabiendas de que no concluiría los cursos, o de que las calificaciones que obtuviera, a esas alturas, eran irrelevantes. Fue así como comencé a utilizar mi tiempo en otras actividades. Descubrí la oferta cultural que la Universidad ofrecía para un provinciano hambriento de conocer expresiones distintas a las que había experimentado hasta entonces.</p>
<p>Comencé a asistir a los cineclubes que providencialmente florecían a lo largo y ancho del campus. Descubrí el Centro Cultural Universitario, donde me enfrenté a cosas que siempre había pensado lejanas o inaccesibles: películas en idiomas desconocidos, obras de teatro verdaderas (y no los ejercicios de aficionados que había experimentado en la preparatoria), conciertos de música de cámara de primer nivel y libros, muchos libros. Recuerdo sobre todo un puesto de libros usados, de saldo y de oportunidad que se ubicaba en el exterior de las salas de cine. Lo recuerdo porque ahí tenía crédito y porque el administrador de esa librería es hasta el día de hoy un amigo cuyo único lazo es, precisamente, el que tendieron entre nosotros los libros.</p>
<p>Puedo asegurar sin sonrojo que una de las épocas más enriquecedoras de mi vida fueron esos seis meses que me dediqué a vagar por la universidad en espera de entrar a mi nueva carrera. Los salones en penumbra, en contraste con los escenarios iluminados, generaron en mí la sensación de acudir a una revelación de algo apenas sospechado. Ahora que intento recordar esos momentos, acude a mi mente la imagen borrosa de unos ojos hurgando entre la semioscuridad lo que ocurría en la pantalla, en el escenario, en la orquesta. Hoy soy consciente que en estos recuerdos el protagonista soy yo. Debutante eterno que observa desde la oscuridad.</p>
<p><strong>Los años que vivimos en peligro</strong><br />
Ingresé a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en agosto de 1994. Para los que no alcancen a vislumbrar la importancia de la fecha, sólo diré que, después de observar diversas expresiones creativas y de pláticas interminables, pareciera que ese año es el que marcó a mi generación. Los que nacimos en los setentas y que coincidimos en la UNAM en los 90&#8242;s.</p>
<p>En enero de ese año, un grupo de indígenas del sureste del país se había levantado en armas para cuestionar lo que el gobierno en turno llamaba &#8220;la entrada al Primer Mundo&#8221;. En marzo del mismo año, el candidato del partido en el gobierno es asesinado en un acto público. Menos de un mes después, un gringo proveniente de la marginalidad del sueño americano y que había generado una serie de marcas de comportamiento y de aspecto que podían ser emulados por casi cualquier habitante del mundo, Kurt Cobain, se pegaba un escopetazo en pleno delirio de drogas, de rock y de desilusión. Todo eso generaba diversos estados de ánimo combinados o autónomos en la facultad a la que ingresaba: de la indignación al idealismo, de la depresión a la toma de conciencia, del activismo a la observación atenta. Todo se conjugaba y convivía, no había espacios para la indiferencia.</p>
<p>Estudiar Comunicación en ese ambiente era una de las cosas más estimulantes que podían existir. Vagar entre compañeros que utilizando un altavoz pedían apoyo para enviar a una delegación de estudiantes a la Convención Nacional Democrática en medio de la selva; entre experimentos de radio comunitaria que exponían la expresión de los grupos que conformaron la época de oro del rock latinoamericano consciente de su propia identidad; entre playeras con la imagen del subcomandante Marcos, panfletos que invitaban a la rebelión total, talleres funcionando al aire libre, puestos de libros de segunda mano; entre delegaciones de trabajadores liquidados del sistema de transporte público más importante que ha tenido la ciudad de México presentando sus versiones.<br />
La universidad me hizo tomar conciencia de mi naturaleza de animal político. De que uno y las acciones que realiza condicionan la manera en que se comprende al mundo y en cómo el mundo se amolda a nuestra propia comprensión. Entre textos políticos, históricos, de metodología; mesas redondas, conferencias, coloquios, festivales; pláticas con profesores y compañeros.</p>
<p>La experiencia de estudiar en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en esa época de efervescencia social e intelectual es algo que no se puede olvidar fácilmente. Es algo que pertenece no sólo a la historia personal de los que vivimos de manera cotidiana esa época, sino, también, de la manera en cómo la Universidad se reveló en puente de diálogo, comprensión y solidaridad con la realidad nacional. En cómo era espacio con la posibilidad de ejercer la crítica para generar sentido. La universidad me permitió concebir el sueño de pensar de manera distinta a la mayoría, y tener elementos para defender mi opinión divergente.</p>
<p><strong>Cancerbero de libros</strong><br />
Trabajé durante diez años como vigilante del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, lugar que alberga la Biblioteca y Hemeroteca Nacionales. Fue una coincidencia afortunada. En este país no se puede pensar en una biblioteca más grande (y no hablo en términos de tamaño, aunque también) como la Biblioteca Nacional. En ese entonces también albergaba el entonces Centro de Estudios sobre la Universidad.</p>
<p>Es una experiencia distinta ser un estudiante a ser un trabajador de la universidad. Se es parte de la comunidad, pero la responsabilidad es distinta. En ese sitio me tocó observar la manera en la cual los esfuerzos humanos e intelectuales se conjuntan para conseguir ese hermoso ser vibrante que es la institución. Sus trabajadores, tanto los administrativos como los académicos, rara vez pueden disimular el orgullo que da portar la responsabilidad de ser parte del personal universitario.</p>
<p>La convivencia es cercana y generalmente se reconoce que sin la participación de todos los trabajadores es imposible que la universidad funcione. A pesar de que algunas actividades parezcan superfluas o innecesarias, a la larga se llega a valorar la importancia que tienen para que todos los objetivos de la universidad se cumplan. Personal de intendencia, vigilantes, bibliotecarios, jefes de servicio, técnicos, becarios, secretarias, contadores, investigadores, autoridades.</p>
<p>Para mí resultó una ventaja poder, al mismo tiempo, estudiar y trabajar en la Universidad. Cuando terminaba mi jornada en el Centro Cultural, me dirigía caminando hasta la Facultad y siempre fue una experiencia que juzgué invaluable. Por eso decidí hacer mi servicio social en la Universidad. Durante seis meses di clases de Ciencias Sociales y Español a los trabajadores administrativos del CCH Sur que buscaban concluir con su educación secundaria. Tengo un recuerdo muy lindo de esa experiencia. Me tocó atestiguar la certificación de dos estudiantes que ya eran madres (abuela, una) y convencerme de que ellas sabían que eso no lo hubieran conseguido más que trabajando para la universidad.</p>
<p>Cuando terminé el servicio social, concluí los cursos. Pero comenzaba otro hecho que refería a reflexiones de otro tipo: la huelga de 1999.</p>
<p><strong>Conciliar, comprender, convivir</strong><br />
El 20 de abril de 1999 comenzó la huelga estudiantil en la UNAM. En ese momento yo tenía casi concluida mi tesis de licenciatura y estaba en los trámites para solicitar fecha para sustentar la defensa oral del mismo. La huelga interrumpió ese proceso administrativo, pero abrió un nuevo proceso de reflexión. Los principios que defendía la huelga eran justos, lo que comenzó a fragmentar el consenso general fueron los métodos utilizados para conseguir los fines que la Asamblea Estudiantil primero y después el Consejo General de Huelga planteaban como el camino.</p>
<p>Estuve en algunas guardias de brigadas que buscaban proteger los recintos del Centro Cultural Universitario (¿dónde más?), las brigadas eran de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, principalmente. Es probable que hoy, a diez años de los hechos, no se pueda establecer con total objetividad lo que ocurrió en este proceso. Durante algún tiempo, en busca de hallar una solución al conflicto que se había planteado, acudí a las asambleas de Políticas y también a las plenarias del auditorio Justo Sierra-Ché Guevara. Lo que pude percibir fue una radicalización que sintonizaba con los tiempos que corrían y, también, con el resto de la sociedad mexicana.</p>
<p>La discusión no era sobre los fines, sino sobre los métodos. Los acuerdos no podían consolidarse debido al endurecimiento y a la paradójica ausencia de democracia al interior de los debates. Cuando comenzaron las clases y las actividades &#8220;extramuros&#8221;, se me ofreció presentar mi examen profesional en las instalaciones que la universidad tenía en la colonia Del Valle, en las oficinas de Extensión Académica de mi facultad. Me negué, algo de lo que nunca me he arrepentido. Yo quería titularme en la universidad, en mi facultad y en las mejores condiciones. Participé como voluntario en el plebiscito del 20 de enero de 2000, como una alternativa para salir del callejón que se había ido estrechando de manera cada vez más evidente, con sentimientos encontrados acerca del destino que tendría el proceso.</p>
<p>Después del desalojo de las instalaciones y ante el arresto de muchos compañeros universitarios, acudí a la marcha en la que se pedía la liberación de éstos y el retiro de la policía de la universidad. La huelga tuvo consecuencias no sólo en términos institucionales, sino también a nivel personal. Amigos o familiares que se sintieron traicionados o cuya lealtad fue cuestionada y juzgada. Las heridas de ese movimiento aún no cierran, en la memoria reciente de la universidad constituye un momento de animosidad y falta de consenso con respecto de los alcances institucionales y de participación social que la universidad, como un organismo dinámico y diverso, debería de tener.</p>
<p>Puedo decir que el colofón a esta etapa lo constituye la presentación de mi examen profesional el 11 de julio de 2000. Mis padres, hermanos y amigos más cercanos acudieron a la sala Fernando Benítez, donde me convertí en el primer integrante de mi familia extendida en conseguir un título universitario. Y no era cualquier título.</p>
<p><strong>El otro-nuevo mundo</strong><br />
Pensar en qué (quiénes) somos es un proceso que inicia la reflexión acerca de la identidad. La identidad personal que toca también lo colectivo. Esa búsqueda del ser me llevó a buscar nortes para explicarlo. Ingresé en 2001 al Posgrado en Estudios Latinoamericanos. Durante dos años conocí formas de concebir el mundo que convergían en ese espacio que la UNAM había construido para reflexionar sobre la naturaleza del ser de América Latina.</p>
<p>En ese lugar fue mi primer contacto no turístico con personas que venían de otras realidades, de otros mundos. Extranjeros que acudían a la UNAM por lo que ésta significaba en el contexto latinoamericano. Que referían con asombro la generosidad de la institución con ellos y, en general, con la construcción del conocimiento en nuestra región. Fue la primera vez que comencé a reconocerme mirándome en los otros y, al mismo tiempo, tomando conciencia de lo que había en mí que también estaba en los otros.</p>
<p>Terminé los cursos de la maestría en 2002, pero tendrían que pasar seis años para que obtuviera el grado. Lo que pasó en medio fue la vida: necesidades urgentes de conseguir el sustento, de buscar nuevos caminos, de explorar ambientes distintos. En esos seis años mi vida se transformó de manera radical, comencé a dar clases en una universidad en donde se reconoció mi capacidad por el hecho de ser egresado de la universidad más importante de América Latina. Daba clases en una universidad privada en la que se gestaron varios de los líderes económicos y políticos del país. En donde la tarea, como egresado de una universidad pública, es buscar la manera de que la experiencia de vida de los estudiantes de esa universidad no se cierre en un universo exclusivo, finito y falso construido por su contexto inmediato. Ahí me encontré a Otros, que a veces no tenían idea del país que habitaban o de las condiciones de su gente.</p>
<p>En esos seis años tomé la decisión, también, de dejar mi trabajo en la universidad. Otros proyectos me llamaron y por su naturaleza me arriesgué a asumirlos. Un proyecto educativo que buscaba dar educación de calidad a sectores de la sociedad urbana que históricamente habían sido desplazados de esa posibilidad. Un trabajo duro, idealista, utópico y no pocas veces lleno de inconvenientes y desilusiones. Pero donde la experiencia y la formación que la universidad forjó en mí, permitió que persistiera y tratara de conseguir, con otros recursos, por otros caminos, algo de lo que la UNAM había conseguido conmigo. Lo disfruto. Intento con mis estudiantes allanar un poco el camino que yo descubrí un tanto desde el azar y el autodidactismo.</p>
<p>Del posgrado de la UNAM conservo el conocimiento (mucho más del que podría pensar, y esa sensación de asombro es algo renovado de manera infinita por las posibilidades que la universidad crea) y cómplices en nuevos proyectos. Una revista independiente que, dentro de su autonomía, no puede negar el origen que la UNAM le dio y la resonancia que puede tener en sus muros en personas a las que esas ideas les resultarán conocidas porque invitan a la discusión y a la crítica. A la búsqueda de la comprensión densa del mundo que nos ha tocado habitar.</p>
<p><strong>Pienso, luego escribo, luego existo</strong><br />
En la UNAM fue el primer lugar donde me sentí escritor. Escritor de a de veras. Es decir, con textos publicados y el aval que la universidad ofrece. En enero de 1998, la revista Los Universitarios publicó uno de mis cuentos. No hay palabras que puedan expresar lo que sentí. El sobresalto de reconocerse, no en una fotografía o un nombre, sino en un texto. Esa publicación me animó a seguir escribiendo y a seguir buscando que la universidad mostrara lo que yo tenía que decir.</p>
<p>Lo que siguió fue el Concurso 33 de la revista Punto de partida. Yo sabía desde mucho antes la importancia de la publicación. Tenía conocimiento de los escritores que habían obtenido alguno de los premios. Gente a la que leía y admiraba. Concursé en dos ocasiones sin resultados memorables. Pero en el concurso 33, la vida me deparó una sorpresa tremenda: de cuatro géneros en los que había concursado, obtuve dos premios y una mención. Es uno de los triunfos más grandes que he obtenido en mi vida y algo que no dejaré de presumir nunca.</p>
<p>La UNAM me hizo escritor y no hay nada más que decir.</p>
<p><strong>En el intento de hacer hablar al espíritu</strong><br />
No puedo hablar de mí sin hablar de la universidad. Mi biografía está ligada a la universidad. No me puedo pensar de otra forma más que como un ser humano que tuvo la enorme fortuna y responsabilidad de formar parte de la comunidad universitaria.<br />
No sé qué tanto de ensayo tenga este texto. Pero no se me ocurrió otra forma de expresar lo que la UNAM significa en mi vida más que contando mi vida, una vida chiquita que tiene como uno de sus escenarios principales a la universidad. Tampoco sé si sea de cierto un ex-alumno. No me siento así; tal vez administrativamente lo sea, pero mi espíritu nunca han abandonado lo que la UNAM representa.</p>
<p>Porque la UNAM es más que sus aulas, es todo lo que la rodea y la constituye: su gente, sus bibliotecas, su estación de radio, su canal de televisión, la cantidad enorme de publicaciones, la opinión de sus egresados, el debate de sus estudiantes, el espacio privilegiado de la vocación crítica del conocimiento y de la voluntad de comprensión de esta sociedad cada vez más compleja y diversificada. Seré un estudiante vitalicio de la universidad. Porque todavía me sigue enseñando maneras de aprehender el mundo. El mundo que me reveló y que no tiene nada que ver con el del muchacho de 17 años que llegó a una ciudad desconocida a ocupar su lugar en el mundo. Es decir, a estudiar en la universidad.</p>
<p>Soy un convencido, junto con Vasconcelos, de que la educación es el camino, el método y el destino. La igualdad, la democracia y la libertad se construyen desde el conocimiento. La equidad no puede ser posible sin la posibilidad de discernir de manera adecuada las opciones que a una persona o a una nación le corresponden. Y eso sólo se consigue con la educación. También creo que es una responsabilidad del Estado, como materialización de la necesidad del bien colectivo, ofrecer la posibilidad de que esa educación esté al alcance de todos sus integrantes. La excelencia de la UNAM demuestra que eso es posible. Goya, por siempre.</p>
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		<title>Argentina enfrenta una nueva clase popular, “el Pobrismo”</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:03:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Vanesa Vila</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad, comunicación y medios]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[cultura popular]]></category>
		<category><![CDATA[mass media]]></category>

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		<description><![CDATA[“La cultura popular fundada en la tradición, y la cultura de masas, difundida por los medios masivos de comunicación, son términos que designan fenómenos que se encuentran en constante cambio e hibridación.” En este ensayo, Vanesa Vila nos cuenta los rasgos y características de la cultura popular en Argentina]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vZapatos.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5910" title="vZapatos" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vZapatos.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a>Haciendo un análisis de la cultura popular puede considerarse una pérdida de la identidad por las instituciones tradicionales como la escuela, el Estado, los partidos políticos, o la iglesia, siendo ésta reemplazada por la que difunden con determinados intereses ideológicos y económicos los medios de comunicación masiva (televisión, internet, diarios etc.). El hecho de que la idea de Nación se vincule más a un seleccionado de fútbol que a la historia oficial de un país es consecuencia de la crisis de estas instituciones. Diego Maradona, de cierto pasado glorioso, encarna en el imaginario colectivo un símbolo de eso que pudimos ser. Aunque, a mi criterio, es más símbolo del derrotero de este país, que fue capaz de soñarse mucho más grande de lo que ha llegado a ser. Hasta aquí parece que la identidad nacional de la cultura popular y masiva es el fútbol. Remontándonos en nuestra historia, durante los años del peronismo apareció fuertemente la idea de refundación de la nación a partir de la perspectiva de lo popular. Con el fin de la presidencia de Perón surge la primera gran crisis de la identidad nacional argentina. Nuevamente, en los años 70 con la dictadura militar la idea colectiva de nación volvió a entrar en crisis y aquí supone la aparición de la pasión futbolera.</p>
<p>La cultura popular fundada en la tradición, y la cultura de masas, difundida por los medios masivos de comunicación, son términos que designan fenómenos que se encuentran en constante cambio e hibridación [1]. Citando a Burke, “la cultura popular es la cultura no oficial, la cultura de los grupos que no formaban parte de la élite, las clases subordinadas” [2]. Al focalizar lo específico de las culturas populares tiene que contemplarse el problema de las relaciones desiguales que “asocian íntimamente a grupos y a clases dentro de una misma sociedad” más que de las diferencias culturales.</p>
<p>Hoy, en un contexto de una sociedad marcada por una profunda crisis económica (hiperinflación, piqueteros, cacerolazos, saqueos, etc.), con la consecuente conformación paulatina de espacios de exclusión y de violencia social, se observa un impacto importante en diversos ámbitos de la vida cotidiana de las personas.</p>
<p>Entrar al mundo de lo popular implica nuevos escenarios, códigos y lenguajes convergentes. Surge el problema de la representación de la lengua: oralidad y escritura letradas &amp; oralidad y escritura marginal. Esto es reforzado y reafirmado desde una propuesta de estética musical –cumbia villera como los “pibes chorros” y el ultimo boom “los wuachiturros”–, símbolos vestimentarios y lingüísticos acompañado de un alto consumo de cultura mediática.</p>
<p>El “mercado tropical”, que aparece con fuerza hacia mediados de los años 80. En los 90 ya había generando una amplia red de producción y difusión en especial a partir de dos sellos discográficos (Leader y Magenta), programas de televisión (Pasión de Sábados) y de radio (muchos en FMs barriales o “truchas”) y publicaciones especializadas, a los que se suman, actualmente, varios sitios de Internet. Y en el transcurso de 2001, se convirtió en un éxito comercial inesperado. En la cumbia villera encontramos la idealización de un tiempo sin reglas, en el cual el trabajo, el ahorro, el sacrificio son sustituidos por el robo, el consumo y el ocio. Se presenta como una crónica de lo que ocurre en los barrios pobres de Buenos Aires, dando cuenta de la marginalidad. En las cumbias, no piden trabajo, no reclaman “justicia social”, no pretenden una mejor distribución del ingreso, no entran en la lógica de la movilidad social ascendente. “Simplemente” positivan, en la música, una forma de plasmar su propia experiencia del mundo, como por ejemplo: “Del baile me vengo, ay, qué pedo tengo!/ No puedo caminar de tanto jalar. [inhalar cocaina)]/ Estoy re cantina [en este caso la voz refiere al turbación por abstinencia que lo pone en situación de “armar bardo” –protestar–], no tengo vitamina [cocaína]./ Yo quiero tomar vitamina, yo quiero tomar vitamina./ Me compro una bolsa y estoy pila, pila. (Damas Gratis, “Quiero vitamina”, Damas Gratis, 2000)”.</p>
<p>Los medios de comunicación muestran una decadencia generalizada y son muchas veces manipuladores de la realidad. Basta con leer un poco entre líneas los mensajes expresados por los distintos medios para comprobar que la realidad depende de quien la cuenta. Sumarle la falta de independencia del “periodismo independiente” y el vaciamiento de contenidos de los programas para evitar que la población piense. Logrando así lo que muchos denominan como “TV basura” donde abundan programas de chimentos y personajes mediáticos. Posiblemente lo utilizan como un medio de distracción, para olvidarse de sus propios problemas o de los conflictos que afronta el país. Por otro lado, cabe mencionar la violencia en los medios, sobre todo en la televisión (como El Puntero, Policías en acción, barras bravas en el fútbol, etc.) que ha causado efectos sobre la conducta principalmente en los jóvenes incrementándose en los últimos años la violencia escolar. Un tema verdaderamente alarmante.</p>
<p>La literatura tiene siempre una marca utópica, cifra el provenir y actualiza constantemente los puntos claves de la política y de la cultura. En la segunda mitad de la década de 2000, comenzó a consolidarse una nueva generación de escritores (narradores y poetas), al mismo tiempo que surgen nuevas voces con escrituras más breves, experimentales y publicadas algunas a través de Internet, en coincidencia con la aparición del formato del blog. A este movimiento se lo denominó Nueva Narrativa Argentina y comienza a tomar notoriedad pública a partir de 2004, con la publicación de la antología La joven guardia, que significa la primera publicación para una buena cantidad de nuevos autores y la presentación en sociedad de una generación caracterizada por la autogestión y la organización de lecturas públicas, reivindicando el rol de la literatura como un acto colectivo. Tras la crisis de 2001 y la impronta nacionalista y de corte popular de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, esta nueva generación parece haber dejado atrás algunas de las temáticas más marcadas de la literatura post-dictadura, aunque todavía mantiene un hilo vincular con la generación de los &#8217;90. Hacia 2011, la publicación de Los prisioneros de la torre, ensayo de Elsa Drucaroff sobre la literatura argentina post-dictadura, significa la primera legitimación académica de los narradores de La joven guardia y del movimiento literario que generó. Un campo literario que se presenta como un movimiento colectivo y de participación donde la influencia de la dictadura parece haberse reducido para darle lugar a una literatura con un compromiso político renovado, donde también aparecen con fuerza la autobiografía, la influencia de los medios de comunicación, el uso de drogas, un fuerte vínculo con las redes sociales, la adaptación a las nuevas tecnologías y una mirada lúdica acerca de la realidad, dentro de un marco crítico pero sin la desesperanza que teñía el espíritu de las generaciones inmediatamente anteriores. ¿Qué va a pasar con la literatura en el futuro? Partiendo de la base de que los consumos culturales de los adolescentes no obedecen a ninguna cuestión enciclopedista, todo implica que tendera a desaparecer.</p>
<p>Para reflexionar un poco sobre todo lo que ha sido comentado es importante situarse desde un punto de vista de contexto social. Se plantea una verdadera revolución cultural &#8220;posmoderna&#8221; que se manifestaría emblemáticamente en la muerte del libro y el triunfo definitivo de lo audiovisual.</p>
<p>En mi opinión, lo que más debería preocupar es la ausencia de elementos para ir al fondo contra lo central del modelo conservador neopopulista actual. Los Kirchner son sátrapas que lo único que quieren es dinero y poder con una oposición que se asemeja al vacío. En materia de derechos humanos, ha sido una gran estafa ideológica, un gran chantaje. Una estructura ideológica donde el Estado que no hace otra cosa que regalar (como el plan trabajar, jefes y jefas de familia, etc.), cultivando la cultura de la marginalidad como contraposición de la cultura del trabajo como fuente de todo progreso. Paradójicamente no quieren que los pobres dejen de serlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Referencias:</strong><br />
[1] Término “popular” para designar lo que es propiedad del pueblo y es producido por él mismo; para designar su evolución, aquello producido para el pueblo y no por él mismo, usaremos el término “popular masivo” (Cultura popular y cultura de masas: conceptos, recorridos y problemáticas – Óscar Blanco, Ana María Zubieta &#8211; 2000)<br />
[2] Popular Culture in Early Modern Europe (1978) – Peter Burke</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El fútbol como expresión de la cultura</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:02:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Blas Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Deportes]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[El deporte como expresión cultural, y el fútbol -actividad social que se ha impuesto al resto como ninguna otra- son un claro ejemplo de la cultura social. Blas Soto ejemplifica cómo la selección de fútbol de un país muestra la forma de vida de la sociedad a la que representan]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2006/02/futbol1.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-2085" title="vFutbol" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2006/02/futbol1.jpg" alt="" width="236" height="240" /></a>No hay nada, absolutamente nada, que hoy en día pueda suscitar la atención de todos los habitantes del Mundo, desde un samoano de la Polinesia hasta un quechua del Perú, como un partido de fútbol. Este fenómeno, sin duda, aupado por la televisión y ahora por Internet, ha conquistado espacios imparablemente desde hace 100 años, hasta llegar a la fascinante situación actual, en la que hasta el intelectual más antifútbol que usted conozca, sabrá de la existencia de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.</p>
<p>Pero este crecimiento imparable del fenómeno del fútbol, no ha venido acompañado de un estudio similar del impacto social del mismo y, digo más, de los motivos por los cuáles ha sido el fútbol y ninguna otra actividad social la que se ha impuesto al resto. ¿Qué tiene el fútbol para despertar el interés de sociedades con culturas tan dispares, tan remotas?</p>
<p>Creo que el mejor acercamiento posible a una respuesta, parte por ver al fútbol, justamente, como una de las mejores expresiones de la Cultura de un grupo, de un barrio, de un país. Es un deporte en el que no triunfan ni los más altos, ni los más bajos; ni los más rápidos, ni los más lentos; donde tienen que aprender a entenderse los más inteligentes con los más vivos, los más estudiosos con los más talentosos. Y lo que surge de esta fantástica combinación de distintas aptitudes es un Equipo que representa mejor que nada la Cultura del grupo que lo forma.</p>
<p>El ejemplo más completo del cambio cultural que vive una Nación expresado en el fútbol ha sido el del actual Campeón del Mundo: España. Hace 20 años, cuando jugaban los españoles se hablaba de la “furia roja”, de un Equipo que ganaba en base a su fuerza, a su capacidad de insistir, de sufrir, en base, en síntesis, a todo lo que habían aprendido durante los años de la posguerra y el franquismo. Un Equipo acostumbrado a salir adelante con lo poco que tenía.</p>
<p>Sin embargo, el cambio sufrido por España en las décadas del ’80 y ’90, generó un gran cambio social, una nueva España, más acostumbrada a la victoria, a no ser menos que nadie. Y el fútbol ha sido la mejor expresión de este cambio, no solo llegaron los títulos que antes parecían imposibles, sino que cambió el Equipo, ya nadie se acuerda de la “furia” española, ahora se habla del “tiki-taka”, del toque de balón, de la cabeza levantada, de la paciencia para llegar al gol. Otra sociedad, otro fútbol.</p>
<p>Brasil es el gran Campeón de todos los tiempos. Brasil y su sociedad son alegría, fiesta, samba… y fútbol, el fútbol como síntesis de un país, allí donde el fútbol y la vida van de la mano, el Equipo juega de la misma manera, por y para el juego, sin miedo, quizás sin esa pequeña dosis de miedo necesaria a veces, especialmente en la defensa, más preocupada en divertirse que en despejar.</p>
<p>La Selección Alemana es ordenada, una maquinita perfecta, donde cada uno interpreta su papel sin el más mínimo error. Aquí nadie sobresale, de esta sociedad no se puede esperar ni un Maradona ni un Pelé, ni un Messi ni un Ronaldo, pero sí varios Beckenbauer, Matthäus, Schweinsteiger que, todos juntos, funcionan como uno de los Equipos de fútbol más poderosos.</p>
<p>Italia en sí es una mezcla, el orden del Norte y la viveza del Sur. Argentina también, una mezcla, donde todo es posible, la defensa más comprometida y el genio más brillante. Holanda es Alemania pero con las tuercas más desajustadas. Uruguay es Argentina con más garra y menos imaginación. Cada país, cada nación, lleva su identidad al campo de juego, y no hay más que ver uno, dos partidos, de cualquier época, en cualquier cancha, con cualquier color, para distinguir quién es quién y de dónde viene.</p>
<p>Los asiáticos, con Japón y Corea del Sur a la cabeza, son muchos, aparecen por todos lados, se apoyan unos a otros. Los africanos basan el Equipo en su poderío físico, sin darle mayor importancia a la cuestión técnica o táctica. Sociedades incipientes las africanas, que están cambiando rápidamente y a las que el mundo del fútbol, Mundial tras Mundial, espera con nuevas expectativas por su potencial.</p>
<p>Y así se puede seguir repasando Nación por Nación, sin olvidarnos de los Estados Unidos, sociedad tremendamente competitiva que presenta Equipos que sin ninguna calidad son capaces de ganarles a los grandes. O de las multitudinarias China e India, que fracasan año tras año en formar un Equipo que tenga una identidad y un estilo de juego.</p>
<p>Por eso es tan maravilloso el fútbol y seduce tan cautivadoramente a la sociedad de hoy; porque uno puede ir al Estadio, a ver un partido cualquiera, dígase Rusia versus Turquía, por poner cualquier ejemplo, y, a poco que preste atención, que entienda el juego, será capaz de observar, con perspicacia y paciencia, que son Equipos distintos, que los rusos son más disciplinados, no pierden el orden, mantienen el mismo ritmo durante todo el partido, y que los turcos no, se mueven por oleadas, de repente atacan en masa, de repente parecen dormidos, ausentes.</p>
<p>Y lo más fantástico de esta expresión, es que independientemente del resultado del partido, de si gana Rusia, o empatan, o gana Turquía, e independientemente de la época, de si se juega en 1960, en 1980, o en 2000, podrá reconocer estas particularidades de los Equipos, que no son, ni más ni menos, que la imagen y semejanza de la sociedad a la que representan.</p>
<p>Si la sociedad cambia, como la española o la rusa en los últimos años, cambia su cultura, y ese cambio se verá reflejado, más tarde o más temprano, en su Equipo de fútbol, en el español se ve más diversión y menos penuria, en el ruso, más individualidades y cada vez menor cohesión colectiva. Pero siempre podremos ir a la cancha y, a través del fútbol, hacernos una idea de la sociedad a la que representan.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El Limbo y los espacios intermedios</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:01:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian González Pessoa</dc:creator>
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		<description><![CDATA["Yo me pregunto cuántos de nosotros estamos en tránsito constante entre un sitio y otro, cuántos de nosotros estamos, por tanto, en el Limbo; y cuántos están tan plegados a su biografía cotidiana que el espejo les devuelve siempre la misma imagen aunque hayan pasado décadas. Ser uno mismo aunque nunca lo mismo, esa es la cuestión"]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/02/vAeropuerto.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5982" title="vAeropuerto" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/02/vAeropuerto.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a>Los espacios intermedios son lugares donde recalan los objetos y las personas en el tránsito cotidiano mientras viajan de un lugar a otro. Uno llega de la calle con la compra en la mano y deja las bolsas sobre la encimera de la cocina mientras va a cambiarse de ropa, por ejemplo. La encimera es entonces un espacio intermedio, un lugar que acoge momentáneamente un conjunto de objetos que solo habitan allí temporalmente. Los bolsillos son también espacios intermedios porque reciben nuestras manos o nuestras cosas solo durante un tiempo. También las maletas y los bolsos lo son. Los espacios intermedios se caracterizan porque su esencia está en recibir y despedir. Curiosa esencia.</p>
<p>Hay espacios intermedios más adaptados que otros. Las manos son espacios intermedios siempre, pero cuando hacemos con ellas un cuenco para beber se trata de una adaptación poco eficiente, porque el agua se filtra entre los dedos y apenas somos capaces de retenerla unos instantes. Los automóviles y todo tipo de transportes, que son espacios intermedios casi por definición, están sin embargo bien acondicionados para las personas que temporalmente pasan por ellos. Cuando se trata del metro o de un autobús la adaptación es más bien genérica, impersonal, pero un automóvil propio a menudo muestra signos de una mayor personalización.</p>
<p>No se debe desdeñar la importancia que tienen los espacios intermedios, porque entre otras cosas es lo único que pueden ser algunos objetos. Es su identidad. Los envases, por ejemplo, contienen temporalmente muchas cosas, entre ellas comida o bebida. Y a menudo resulta sorprendente el rápido desenlace de su vida: mientras son espacios intermedios tienen identidad y gozan de popularidad y respeto, pero en cuanto pierden su contenido son rápidamente arrojados a la basura. Una botella del mejor vino del mundo produce reverencias entre quienes la admiran, pero apenas el líquido sale de su interior es solo cristal para reciclar.</p>
<p>Los aeropuertos son gigantescos espacios que por definición son intermedios, son estaciones de tránsito. Nada hay bajo su techo que les sea propio, sino que existen solo por el hecho de que alojan vida y movimiento temporalmente, de que absorben y escupen constantemente gente y aviones.</p>
<p>Si juntáramos todos los espacios intermedios que hay en el mundo obtendríamos una geografía plástica bastante aproximada de lo que es el Limbo. Habríamos obtenido un descomunal lugar por el que pasan objetos y personas. Gente y otras cosas que cruzan rápidamente el espacio en su devenir por el tiempo. El Limbo es un lugar extraño.</p>
<p>Cuando éramos niños nos decían que en el Limbo se estaba cuando uno tenía no-se-qué pecados poco importantes y por eso había que esperar allí mientras se iba al Cielo. Así que en el Limbo se está pero no se está, se pertenece a él pero solo temporalmente. Por eso dicen que no se puede ser ciudadano del limbo. Y dicen también que no hay identidad en el limbo.</p>
<p>Dicen.</p>
<p>Yo me pregunto cuántos de nosotros estamos en tránsito constante entre un sitio y otro, cuántos de nosotros estamos, por tanto, en el Limbo; y cuántos están tan plegados a su biografía cotidiana que el espejo les devuelve siempre la misma imagen aunque hayan pasado décadas. Ser uno mismo aunque nunca lo mismo, esa es la cuestión. Pero ser uno mismo y siempre lo mismo es congelarnos en el devenir del tiempo como una instantánea, quedarnos pegados en un presente que dura un segundo mientras el paisaje vuela a nuestro alrededor. Cuando viajamos en coche y sacamos la mano por la ventanilla notamos la fuerte resistencia del aire. En una vida estática esto ocurre al revés: es la persona la que permanece inmóvil pese al viento que sopla con fuerza a su alrededor, en todas las direcciones.</p>
<p>En el Tao la vida y los sucesos discurren en un constante movimiento. Lo único que importa es el cambio, es decir, no estar siempre en el mismo lugar. El Wu Wei taoísta implica no forzar las cosas sino dejarlas discurrir, ir viendo cómo las cosas van tomando forma y contemplar la evolución de los acontecimientos.</p>
<p>Ahora que la Iglesia ha eliminado el Limbo de un plumazo los ciudadanos de las estaciones de tránsito nos hemos quedado sin una gran metáfora. Porque si la vida es cambio la verdadera vida solo debería ocurrir en los espacios intermedios. Es cierto que a esos sitios nunca pertenece uno realmente, pero es porque en el fondo uno solo se pertenece a sí mismo. Por eso en los espacios intermedios hay que vivir con equipaje ligero, porque en cualquier momento puede llegar el autobús de la vida para invitarnos a ir a otro lugar. Los ciudadanos límbicos tenemos conciencia de lo provisional y lo temporal, y apreciamos la belleza que hay en lo incierto. Vivimos en un presente continuo y jamás en pretéritos, mucho menos en pretéritos perfectos. Lo único perfecto es el futuro, porque en él habita lo que seremos. Pero ese futuro se mueve de sitio constantemente invitándonos al cambio continuo, al crecimiento perpetuo, a la búsqueda de un nosotros mismos siempre mejor.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>MÚSICA HASTA LOS HUESOS: The Dresden Dolls</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 00:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudia Lucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Vida & estilo]]></category>
		<category><![CDATA[música]]></category>

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		<description><![CDATA[Amanda Palmer (voz y piano)  y Brian Viglione (batería y guitarra) son una exquisita mezcla de cabaret, dark, mimos, punk y teatro  brechtiano.  Este dúo dinámico, talentoso, versátil, blanco con negro, colorido en ocasiones, visitó por segunda vez México. En el 2005 vinieron como teloneros de Nine Inch Nails. La mayoría de la gente no los conocía y bastó menos de una hora para dejar al público estupefacto con la interpretación de sus canciones y algunos covers.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mceTemp">
<blockquote>
<p style="padding-left: 30px; text-align: right;">Este artículo lo dedico de todo corazón a Diana Eileen.  En el concierto no dejé de pensar en ella e imaginármela ahí, en él hubo un mundo alterno de color y acordes perfectos donde ella hubiera sido de los personajes principales. Hubiera estado  fascinada. Se te extraña chica tornasol…</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;">
</div>
<div id="attachment_5873" class="wp-caption alignleft" style="width: 330px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/4.05_MusicaHuesos.jpg"><img class="size-full wp-image-5873" title="4.05_MusicaHuesos" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/4.05_MusicaHuesos.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a><p class="wp-caption-text">&quot;The Dresden Dolls&quot; (foto: Claudia Lucio)</p></div>
<p>Amanda Palmer (voz y piano)  y Brian Viglione (batería y guitarra) son una exquisita mezcla de cabaret, dark, mimos, punk y teatro  brechtiano.  Este dúo dinámico, talentoso, versátil, blanco con negro, colorido en ocasiones, visitó por segunda vez México. En el 2005 vinieron como teloneros de Nine Inch Nails. La mayoría de la gente no los conocía y bastó menos de una hora para dejar al público estupefacto con la interpretación de sus canciones y algunos covers.</p>
<p>Estos grandes músicos de Massachusetts se han complementado de una forma extraordinaria. En su fusión crean notas precisas y sonidos que deleitan. En México, tuvimos que esperar seis años para ver un concierto completo  de dos horas y media.</p>
<p>The Dresden Dolls se formaron en el 2000  teniendo en su haber cuatro extraordinarios discos, cada uno con historias originales y melodramáticas. Su discografía incluye: The Dresden Dolls (2001), A is for Accident (2003), Yes Virginia (2006), No Virginia (2008) y uno que otro disco no oficial.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Concierto en el Teatro Fru Fru (9 Diciembre 2011)</strong><br />
No conocía por dentro este lugar. Tiene una  peculiar fachada donde resalta el  dorado que siempre llamó mi atención. Al entrar, uno hace una regresión en el tiempo, con una vibra un tanto espectral: espejos con grecas doradas, cortinas y respaldos de terciopelo rojo, con butacas rotas, balcones de la época del Porfiriato  y un decorado kitsch en todo su esplendor. Muchos mitos había escuchado de este lugar, como la famosa estatua de Irma Serrano desnuda, que pronto dejó de ser un mito para convertirse en una espantosa realidad. Hoy no puedo imaginar a Dresden Dolls tocando en algún otro lugar, para este concierto, el Fru Fru fue el lugar  perfecto.</p>
<p>Con las entradas sobre vendidas (mucha gente se quedo sin butaca), el público lucía cabello de colores, cejas exquisitamente delineadas con hermosas grecas, rostros pintados de blanco como mimos, faldas de tul, medias blanco y negro, ropa aterciopelada, zapatos de plataforma,… Todos vestimos de gala para recibir con flores a Amanda, que previamente lo había solicitado vía Twitter.</p>
<p>En un escenario minimalista, dos tarimas una para el teclado y otra para la batería, pasadas las diez de la noche, entraron en escena Amanda Palmer con un hermoso kimono color beige y Brian Viglione vestido de agente de tráfico en un traje negro con líneas reflectantes. Abrieron la velada con el cover de T.Rex  “Cosmic Dancer”. Iniciaron con mucha potencia -Amanda toca el piano con una intensidad y fuerza  bestiales y tan intensa que parece que en cualquier momento las teclas saldrán volando, al final no fue así, las conservo hasta el final del concierto-. Le siguieron “Sex Changes”, “Bad Habit”, “Gravity” y “Missed Me”.</p>
<p>Después Amanda se quitó el kimono  y  quedó en un minúsculo traje de piel y ligueros, de esos que la caracterizan tanto. Nos maravillaron a todos con su interpretación y teatralidad. Con solo un piano, batería y voz, logran una sonoridad sin huecos, no necesitan de más instrumentos para hacer música y logran cosas maravillosas. Continuaron con “The Mouse and the Model Science Fiction” (Richard O&#8217;Brien cover). Después tocaron muchos covers y rarezas a petición de los fans quienes días antes habían solicitado (también vía Twitter) dichos temas. Amanda es una excelente anfitriona, entre ella y Brian crean una inusual química con el público, que se sintió en cada grito y cada aplauso. Antes de tocar “Please, Please, Please Let Me Get What I Want” (The Smiths). Amanda comentó que había asistido al concierto de Morrrisey y presumía una estampa pegada en su teclado que decía: “Je suis Morrissey”, esto fue una perfecta introducción para esta canción.</p>
<p>A mitad del concierto, se acercó al público abierta de brazos, algún fan le aventó una muñeca de  papel  maché y, con una estruendosa carcajada, interrumpió la canción para comentar: “Dios, ¿esto es lo que realmente quiero?”. La interacción que hacían con el público era tan intima y perfecta que me sentía como en una fiesta con viejos amigos. Amanda  desapareció unos minutos del escenario para ponerse un vestido vintage semitransparente con cuentas, un sombrero militar y con una botella de vino tinto en mano tocaron la explosiva “Amsterdam”(Jacques Brel cover) seguida de “Coin-Operated Boy”. Ahí comenzó la parte suave y frágil de la noche, con la combinación de “Delilah”, “Ultima Esperanza” y “Half Jack”. Amanda nos volvió a dar la espalda para regresar a su atuendo inicial, después comentó: “Les tengo una buena noticia, no tenemos toque de queda, así que podremos hacer todos los encores que quieran. Vemos como va avanzando  la noche y cuánta cerveza queda tras bambalinas”.  Nos quedará grabada la delicia de interpretación de “War Pigs”(Black Sabbath cover) la cual interrumpió  por un ataque de risa al romperse la cuerda de la guitarra.</p>
<p>Junto a su teclado estaba conectado un <em>ukulele</em> (“Cuando toco  mi ukulele me siento libre” Palmer), con este instrumento  se inspiró para hacer un disco de covers de Radiohead. En sus conciertos suele tocar algunos acordes con él, en esta ocasión, no sé si por olvido, no lo utilizó y el instrumento esa noche se quedó ahí, inerte. Ya para el final del concierto Amanda comentó que habría firma de autógrafos pues quería saludar a todos los fans. Después de tres encores y veintidós canciones, se despidieron tomándose de las manos y levantando los brazos queriendo entregar  al público la energía que aun les quedaba. Nosotros no podíamos pedir más después de estas extraordinarias horas con ellos. Sin duda hubo música hasta los huesos.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Visitas de Vozed &#124; Blog Vozed</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jan 2012 15:09:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>VOZED</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog VozEd (de la redacción)]]></category>
		<category><![CDATA[infografía]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Cómo va VozEd? ¿Desde donde nos visitan? La escala de colores indica, del más fuerte al más claro, los países que más visitas únicas han hecho al sitio en este último número (4.04)
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			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Cómo va VozEd? ¿Desde donde nos visitan? La escala de colores indica, del más fuerte al más claro, los países que más visitas únicas han hecho al sitio en este último número (4.04)</p>
<p>&nbsp;</p>
<div id="attachment_5746" class="wp-caption alignleft" style="width: 632px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vozed4.04.jpg"><img class="size-full wp-image-5746" title="Visitas VozEd 4.04" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2012/01/vozed4.04.jpg" alt="" width="622" height="366" /></a><p class="wp-caption-text">Visitas VozEd (número 4.04)</p></div>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>IN MEMORIAM» Lo tuyo es puro teatro, caballero</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 00:15:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eileen Soria</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Vida & estilo]]></category>
		<category><![CDATA[costumbres]]></category>
		<category><![CDATA[intenciones]]></category>
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		<category><![CDATA[relaciones]]></category>
		<category><![CDATA[sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[Nunca hice mucho caso de lo que mi madre siempre me aconsejó al respecto de la caballerosidad que había de esperar de los hombres, pero claro, cómo hacerlo si muy pronto me di cuenta que la mayor de las veces ese comportamiento no resultaba ser auténtico y generalmente sólo pretendía conseguir los favores de una dama, en este caso, los míos. Justo ahora no puedo decirles si desatender los consejos de mi madre sobre este tema ha sido la mejor elección, sin embargo, sí tengo muchas cosas en claro...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right;">“Creo que soy una chica riot”<br />
Eileen Soria (1977 – 2011)</p>
</blockquote>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/12/vCaballero2.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5692" title="vCaballero2" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/12/vCaballero2.jpg" alt="" width="213" height="242" /></a>Nunca hice mucho caso de lo que mi madre siempre me aconsejó al respecto de la caballerosidad que había de esperar de los hombres, pero claro, cómo hacerlo si muy pronto me di cuenta que la mayor de las veces ese comportamiento no resultaba ser auténtico y generalmente sólo pretendía conseguir los favores de una dama, en este caso, los míos. Justo ahora no puedo decirles si desatender los consejos de mi madre sobre este tema ha sido la mejor elección, sin embargo, sí tengo muchas cosas en claro y una de ellas es que no creo en esa falsa caballerosidad que todavía muchas madres, como la mía, siguen intentando hacerles creer a sus hijas que deben esperar. Que a una mujer le abran la puerta del automóvil y la ayuden a bajar, le lleven las bolsas pesadas del supermercado o le cedan el último pedazo de pizza son tan sólo cortesía y esos detalles, si bien se agradecen, no hacen a un caballero, al menos no a mi parecer.</p>
<p>Incluso diría yo que la utilización de las palabras “caballero” y “dama” es más bien producto de una costumbre añeja que poco refleja el comportamiento actual de hombres y mujeres. De acuerdo con el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española un “caballero” sería un hidalgo de calificada nobleza, un hombre que pertenece a una orden de caballería, un hombre que se porta con nobleza y generosidad o una persona de alguna consideración o de buen porte. Descartando los primeros significados que no se apegan de ninguna manera a los tiempos en los que vivimos, un caballero es entonces aquel que se comporta con nobleza, generosidad y consideración. Supongo que es justo decir que como mujeres siempre agradecemos este tipo de comportamiento (e incluso equivocadamente lo esperamos), sin embargo, qué pasa cuando detrás de una falsa caballerosidad existe un interés velado. Pondré un ejemplo, existen algunos casos de hombres con un gusto impecable, muy atentos y que además no se limitan en ofrecer todo tipo de cortesías a la mujer pretendida, sin embargo, después de haber compartido cierta intimidad, es decir, cuando ya llevaron a la mujer a la cama, las cortesías disminuyen o terminan, es más, en ocasiones ocurre que el caballero simplemente desaparece de la escena sin decir más, justo en ese momento la mujer se da cuenta que el hombre en cuestión no fue realmente un caballero sino simplemente una apariencia.</p>
<p>Ahora bien, pensemos que el caballero en cuestión permanece o incluso formaliza con la dama, esta continuidad en la relación tampoco es garantía para que el comportamiento atento permanezca, de manera que lo que anteriormente fue un detalle se convierte en una obligación, que si se olvida u omite se torna en un reclamo. Es así que muchas mujeres pasan gran parte del tiempo añorando al hombre que conocieron durante el noviazgo.</p>
<p>Otro punto importante a tratar es la idea que existe de que como damas debemos esperar a los caballeros. Desde que tuve edad para salir con chicos, mi madre insistía en que si alguno quería verme o salir conmigo, era él quien tenía que ir a buscarme, es decir yo debía que esperar. Ya me imaginaba instalada en lo alto de una torre aguardando a que la imagen de mi caballero apareciera en la lejanía, obviamente, desatendí los consejos de mi progenitora y en ocasiones era yo quien pasaba por el chico en cuestión, finalmente lo único que pretendíamos era pasarla bien y alejarnos lo más posible de la vigilancia familiar. Ahora, con muchos más años de por medio, tampoco me puedo hacer a la idea de esperar pacientemente a que el hombre con quien salgo sea quien pase por mí o me lleve a todos lados.<br />
Es también interesante el asunto del dinero, o de quién debe pagar cuando el disfrute es de dos. Acostumbrada a no hacer caso de los consejos de mi sabia madre, la verdad es que siempre he estado dispuesta a compartir los gastos, o incluso a cubrirlos en su totalidad, cuando de salir con un hombre se trata, ya no digamos de las salidas que se hacen con las amigas. Puedo decir sin el menor empacho que incluso me causa escozor cuando alguien con quien salgo paga por todo (las entradas del cine o el concierto, la cena, el hotel, etcétera). Supongo que esta es una cuestión meramente personal pero no dejo de pensar que al permitir que un hombre pague todo, se le brinda también la posibilidad de que pueda ocupar algunas de las artimañas de la supuesta caballerosidad.</p>
<p>Supongo que el crecer junto con dos hermanos y convivir con todos sus amigos fueron circunstancias determinantes para que en lugar de sentirme como “una dama” fuera yo “uno” más del grupo, el clásico one of the guys, fue así que disfrutando de relaciones de camaradería nunca esperé mayores cortesías de los hombres. Al saberme en igualdad de condición y no hacer tanto caso de las supuestas diferencias entre hombres y mujeres, establecidas únicamente por los roles de género, lo más importante para mí en una relación de amistad o de pareja ha sido siempre el respeto y la honestidad.</p>
<p>Aunque parezca que esta reflexión es un “duro y contra ellos”, no lo es, porque también creo que como mujeres tenemos mucha culpa del comportamiento de los falsos caballeros ya que seguimos instaladas en una cómoda y falsa postura de damas, esperanzadas a que un hombre sea el que nos resuelva nuestras necesidades inmediatas. Si necesitamos a alguien para que nos pague las cuentas, nos haga la mudanza, nos cargue las bolsas pesadas o nos acerque las sillas, entonces no creo que un hombre (o un caballero) sea lo indicado, lo mejor será buscar, a excepción del pago de las cuentas, en las páginas amarillas.</p>
<p>Tanto hombres como mujeres debemos mantener a la honestidad como parte de nuestra práctica cotidiana, sólo de esta manera no existirán las dobles intenciones o los intereses velados. La claridad con la que podamos expresarnos desde un principio de una relación es la clave para mantener la mejor convivencia y obtener el mejor disfrute individual y en pareja, así que de una vez por todas dejemos de creernos las damas indefensas y frágiles que no somos y olvidemos todas esas ideas que nos hacen esperar a los caballeros que nuestras madres nos hicieron creer que existían.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Editorial: Pseudo, lo casi-casi</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 00:13:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>VOZED</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Editoriales y sumarios]]></category>
		<category><![CDATA[pseudo]]></category>

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		<description><![CDATA[En el último año el movimiento de los indignados, así como la llamada Primavera Árabe, no han hecho otra cosa que recordar que las democracias son sistemas de gobierno de la sociedad. Pero la realidad es que los sistemas de gobierno no son lo que dicen ser. Las democracias en realidad son oligarquías, aristocracias o en algunos casos partidocracias. También es cierto que la sociedad estamos muy confundidos en muchos temas.
En todas las actividades y temas que la rodean [a la sociedad] siempre existe el concepto, lo real, y su ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/11/vDigital.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-5443" title="vDigital" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/11/vDigital.jpg" alt="" width="320" height="226" /></a>En el último año el movimiento de los indignados, así como la llamada Primavera Árabe, no han hecho otra cosa que recordar que las democracias son sistemas de gobierno de la sociedad. Pero la realidad es que los sistemas de gobierno no son lo que dicen ser. Las democracias en realidad son oligarquías, aristocracias o en algunos casos partidocracias. También es cierto que la sociedad estamos muy confundidos en muchos temas.</p>
<p>En todas las actividades y temas que la rodean [a la sociedad] siempre existe el concepto, lo real, y su precepción o entendimiento. En el caso de algo tangible –una piedra por ejemplo- no hay muchas diferencias entre lo que es y lo que se percibe; pero en conceptos abstractos, creados por el hombre, que requieren de comunicación y entendimiento para diferenciar lo que es de lo que se percibe, lo normal es que existan diferencias.</p>
<p>En las abstracciones que tienen vida, y que cambian con el tiempo y con las personas es necesario entender, informarse. Ejemplos hay muchos: política, literatura, cultura, costumbres,… hasta la ciencia, aunque en menor medida, está en esta dinámica. Todos ellos afectan al día a día de la sociedad y de las personas, y muchas veces existe un desconocimiento tan grande entre lo que es y lo que debería ser, que es difícil saber donde comienza uno y donde acaba el otro. En esta época de exceso de información, el esfuerzo por entender debe venir seguido del esfuerzo de ajustar nuestras expectativas. Sin embargo existen muchos casos, cada vez más, en los que se maneja de forma deliberada la ambigüedad entre lo que es un concepto y lo que realmente ofrece.</p>
<p>Así pues, pseudo significa falso, indica imitación, parecido, engañoso; se coloca antes de la disciplina, profesión, concepto, persona o cosa a la que se parece. Pseudo es casi-casi, que quiere y no puede, o que quiere y no sabe.</p>
<p>Hay infinidad de situaciones en las que lo casi, lo falso, lo pseudo, sale a relucir sin que por ello haya mayor problema que la simple molestia que provoca reconocer que las cosas son así: los políticos son pseudo en todo, viven del casi-casi. Hay filosofías baratas y listas de recomendaciones y consejos para ser feliz en “21 días”. Hay felicidad que no lo es, el consumismo es una pseudo felicidad, otros dicen que este honor corresponde a la religión. ¿Las relaciones falsas son pseudo relaciones? ¿Y lo son los que son falsos a conciencia?, ¿y las dobles vidas? ¿Hay pseudo literatura?, los <em>best seller</em> dicen unos, y hay pseudo escritores, rematan. ¿Hay pseudo lectores? Algunos dicen que hay pseudo artistas, músicos y pintores, y si se “entregan al mercado” aun más, y estos contestan que no escuchan a pseudo intelectuales… En la cultura, hay la que aporta a la persona y a la sociedad, ¿y cuál no aporta? ¿La televisión es pseudo cultura? ¿Las revistas de chismes y cotilleos?&#8230;</p>
<p>La originalidad es un bien escaso y la copia está menospreciada pero, ¿nos damos cuenta de las muchas cosas en nuestro día a día que son engañosas?</p>
<p>En esta edición, la 4.04, esperamos identificar algunas abstracciones que no identificamos como falsas, otras que aun sabiéndolo es necesario recordarlas y, otras más, que debemos plantearnos si en realidad son falsas o no. En todo caso, es necesaria una reflexión de lo que es esperamos de estas -democracia, ciencia, literatura, cultura, costumbres, etcétera…-, a fin de poder calibrar nuestras expectativas, así podremos saber cuándo es un problema de entendimiento, y cuando nos quieren engañar. Otra cosa es que nos queramos dejar engañar.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>La pseudomilitancia digital: activismo de la pereza</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 00:12:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Édgar Adrián Mora</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad, comunicación y medios]]></category>
		<category><![CDATA[América Latina]]></category>
		<category><![CDATA[democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
		<category><![CDATA[Movimiento Indignados]]></category>
		<category><![CDATA[pseudo]]></category>
		<category><![CDATA[social media]]></category>

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		<description><![CDATA[Varios conceptos se evocan al pensar en la idea de activismo político en América Latina. Desde la perspectiva romántica, producto de la memoria de las luchas revolucionarias en la región, se configuran imágenes que hoy, paradójicamente, pierden mucho del significado que tenían: la fotografía de Korda en la que inmortalizó al Che, la gráfica del combatiente sandinista con bomba molotov en ristre, las gráficas múltiples del Subcomandante Marcos (extrañamente a la baja en el mercado icónico de la nostalgia revolucionaria), los afiches artificialmente amarillentos de Eva Duarte. Estas imágenes, que ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_5564" class="wp-caption alignleft" style="width: 298px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/11/vPortada4.04.jpg"><img class="size-full wp-image-5564 " title="Portada Vozed – Voz Editorial 2.0, núm4.04" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/11/vPortada4.04.jpg" alt="" width="288" height="352" /></a><p class="wp-caption-text">®Portada Vozed - Voz Editorial 2.0, núm4.04 (diseño: Lizzeth Bedolla)</p></div>
<p>Varios conceptos se evocan al pensar en la idea de activismo político en América Latina. Desde la perspectiva romántica, producto de la memoria de las luchas revolucionarias en la región, se configuran imágenes que hoy, paradójicamente, pierden mucho del significado que tenían: la fotografía de Korda en la que inmortalizó al Che, la gráfica del combatiente sandinista con bomba molotov en ristre, las gráficas múltiples del Subcomandante Marcos (extrañamente a la baja en el mercado icónico de la nostalgia revolucionaria), los afiches artificialmente amarillentos de Eva Duarte. Estas imágenes, que asociamos con el santoral laico latinoamericano (la expresión es de Carlos Monsiváis) del subcontinente, se mezclan con otras no tan populares, pero que también son representativas de los reclamos a voz en cuello (y consignas de por medio) que se entonaban por las calles en actos con diversos objetivos (protestas de estudiantes, reclamo por justicia a los atropellos realizados durante las dictaduras militares, conmemoración de fechas simbólicas en el calendario militante). La calle era el espacio en el cual la voz se hacía escuchar. El lugar en el que los iguales, cercanos o similares (los “mucho más que dos”) se miraban y se reconocían.</p>
<p>La calle representaba el espacio en el cual el ladrillo se enfrentaba con el cristal. En donde el descontento se traducía en portar con orgullo las razones de ese descontento. Fuera con la voz, con las fotografías de los desaparecidos, con las mantas pintadas de peticiones o reclamos, con las mojigangas que ridiculizaban a los responsables reconocidos, con las miradas que acusaban que las cosas no iban bien. Y muchas de esas manifestaciones se convertían en vehículo para conseguir cosas que, con variaciones en el contexto y la época, se concebían logros de una comunidad organizada que salía a tomar las calles. En mi experiencia mexicana, recuerdo las marchas de enero de 1994 en contra de una salida militar al conflicto de los Altos de Chiapas, y la de febrero de 2000 en búsqueda de la liberación de los estudiantes que habían sido apresados en la Universidad Nacional después de la “recuperación” que la Policía Federal había hecho de las instalaciones. En lo personal, y en cuestiones específicas, se tenían desacuerdos con los movimientos sociales y sus mecanismos, pero se reconocía la necesidad de que su voz fuera escuchada y que el Estado actuara en estricto apego al marco normativo. La calle era el espacio donde el consenso se configuraba en realidad. Hoy, la calle es habitada por el canto de los grillos.</p>
<p>El canto de los grillos ha sido (o pretende ser) sustituido por el trino de los pájaros. Pero no de las avecillas que habitan los parques y acompañan la lucha social, cursilería a propósito. Sino de los trinos que han encontrado la onomatopeya vuelta concepto y medio de comunicación: el tuit. La militancia en las redes sociales se ha topado de frente, y en animada parranda, con la corrección política y la conciencia-de-lo-que-debería-ser. Por millones se cuentan los “me gusta”, los “retweet”, los “compartidos” que hacen referencia a causas dirigidas a hacer pública la opinión de los usuarios con respecto de los temas que se discuten en la plaza pública. El cursivado de la palabra usuarios pretende aludir a una cuestión que aparece en la actualidad como uno de los temas a discernir en los años en curso y venideros: el hecho de pensar a las plataformas de redes sociales (Facebook, Twitter, MySpace…) como herramientas que median la comunicación o como espacios por sí mismos donde la incidencia en las decisiones de orden público se toman.</p>
<p>La segunda acepción es la que genera más inquietud y la que anima el título colocado en la cabecera de este artículo. La creencia que se extiende de manera continua acerca de concebir la opinión (y la coincidencia de opinión, sobre todo) en las redes sociales como una acción que se ejerce de manera eficaz en un lugar. Es decir, pensar que la acción del clic sobre la opción de acuerdo a contenidos planteados por algún usuario de la red equivale a la presencia física en una protesta que está dirigida a modificar la actuación de elementos diversos dentro del mundo físico.</p>
<p>Esta disparidad de voluntades relacionada con la participación política, digamos, “tradicional”, se pone en evidencia cuando esas redes sociales son utilizadas como medios de comunicación y organización a fin de impulsar una acción de manifestación en un espacio del mundo real. La cantidad de personas dispuestas a apoyar determinada causa en el mundo virtual de las redes es desproporcionada con el número de manifestantes que se presentan físicamente a tal convocatoria.</p>
<p>No hablamos aquí de lo que los medios tradicionales se han encargado de poner como “cisma” de nuestra época (aún es demasiado pronto para aquilatar estos fenómenos en términos de análisis histórico): los procesos de transiciones políticas en Medio Oriente, las convocatorias a ocupar plazas públicas en contra de proyectos nacionales que no tienen un consenso claro entre la población… Me refiero en específico a causas que inciden en la vida cotidiana de aquellos que dicen estar “interesados” e “indignados”. Por poner ejemplos: el tratamiento ético a los animales, la depredación de recursos naturales, la defensa de derechos humanos evidenciados en casos específicos, etcétera. Las convocatorias a materializar estas protestas o estos puntos de desacuerdo se encuentran en muchas ocasiones con asistencias escasas o descorazonadoras. Los organizadores de estas reuniones reales expresan el desconcierto en esas mismas redes sociales que sirvieron a la convocatoria, a veces en términos de exasperación incomprendida: “¿cómo es posible que la causa X tenga ocho mil seguidores y sólo hayamos acudido 25 a tirar huevos a los responsables?”.</p>
<p>La respuesta está, probablemente, en los obstáculos que el mismo mundo físico impone a los entusiastas de la militancia digital y la participación diversificada que se ubica en los terrenos del más-puro-deber-ser. Requiere menos consumo de energía (tema espinoso que nos daría muchos seguidores si lo planteamos de manera atractiva) mover un dedo y hacer clic, que pararse de la silla/cama/tumbona, tomar un transporte y acudir a reunirnos con esos seres humanos que piensan de manera similar a nosotros. Para compensar, pensará el activista-convencido-pero-perezoso, ese día hará clic en el triple de buenas causas.</p>
<p>Y sin embargo, la calle se sigue moviendo. Y las personas se siguen reconociendo. Y muchos se han dado cuenta que la expresión de opiniones en la virtualidad sirve para checar tendencias, pero que raras veces resulta suficiente presión para modificar cuestiones socialmente importantes. Los más interesados han visto el potencial de las redes como medios de organización. Y ahí ubican la importancia de las tecnologías. El número de militantes digitales instalados en la pereza crece, pero en la misma proporción crecen los que se dan cuenta que esas acciones en la virtualidad no son suficientes.</p>
<p>Está también, y como otro caso de estudio, el papel que tienen organizaciones que reconocen a la virtualidad como su campo de acción casi exclusivo: Anonymous y su red de hackers activistas o proyectos como Wikileaks, por ejemplo. Es demasiado pronto, también, para poder evaluar la importancia y el impacto que éstos tienen en las actuaciones de los gobiernos, corporaciones y particulares a los que dirigen sus acciones.</p>
<p>Mientras los perfiles de redes sociales de millones de usuarios de computadoras se llenan de videos graciosos o de catarsis exhibicionista, muchos siguen saliendo a las calles. Y un buen número de esos que salen a las calles combinan el acceso a tecnologías y el uso de redes sociales con acciones en el mundo real. Algunos, cada vez menos, portan los retratos y los símbolos que se mencionaban líneas arriba. Otros han concebido que la nostalgia por épocas más combativas (a pesar de sus derrotas trágicas) no siempre es la respuesta. Y marchan. Y generan cambios, ni duda cabe. Más que la presión de los militantes perezosos de las redes sociales. Su andar y sus voces siguen siendo más efectivos que la realidad que desaparece cuando se apaga la pantalla del computador frente al que se ha pasado gran parte del día (y de la vida). Ahí van: en Madrid, en Santiago, en Bogotá… Ándenle, anímense a darles un “me gusta”.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Godzilla y el insomnio. ¿Escribir en digital es de pseudo escritores?</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 00:11:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ruy Feben</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura, lecturas y libros]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Esto de escribir novelas en un blog o cuentos de 140 caracteres es literatura de verdad? ¿Es válido citar como fuente o (peor) hallar inspiración en las redes sociales? ¿Qué van a hacer ahora las editoriales si los escritores están encargándose de buena parte de la creación, tallereo y difusión de su obra a través del indómito territorio de la triple-doble-u? ¿Qué vamos a hacer ahora que la literatura está rebelándose contra la frontera del papel?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/2004/12/destacado-2/teclado1/" rel="attachment wp-att-2134"><img class="alignleft size-full wp-image-2134" title="vTeclado" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2004/12/teclado1.jpg" alt="" width="300" height="225" /></a>Hace no muchos días (y comienzo con esta frase de modo exacto: dentro de poco, cualquier día parecerá mucho tiempo), hace no muchos días me enteré, tarde, del nuevo desastre que, dicen, se está gestando en Japón. Antes de detallar dicha hecatombe (porque a ojos de muchos es una hecatombe, quizá la mayor de todas), detengámonos un poco a pensar en Japón; en su mar picado de tsunamis; en sus islas habitadas de sismos; en los edificios de ciencia ficción que sirven de tramoya a hombrecitos iracundos de ojos rasgados. Pensemos en Godzilla, en Caballeros del Zodiaco y robots emitiendo misiles por extremidades imposibles. Bien: ahora pensemos que no hay película serie B nipona capaz de describir el caos que se avecina. Exagero; por supuesto que exagero, porque eso es lo que hace la gente que escribe. Pero quédense con la imagen de la destrucción, quédense con Hiroshima, y escuchen por fin de qué me enteré hace no muchos días.</p>
<p>En 2007 (ya les decía yo que me enteré tarde) el mercado editorial japonés celebró el que probablemente ha sido su mejor año en ventas desde que se inventó el hentai. La gente se agolpó en librerías de Tokio buscando la misma cosa, siempre la misma cosa. Por aquel año, en México probablemente estábamos esperando el quién-sabe-cuántos libro de Harry Potter o una reedición de cuentos de Cortázar; allá, del otro lado del mundo, los clientes de las librerías iban buscando siempre dos palabras muy específicas: keitai shousetsu. Esas dos palabras, que bien podrían ser la evolución de un pokemón en metanfetaminas, se han convertido en todo un movimiento y en un terror para nuestro mundo de letras: con esas dos palabras se designa a las novelas que se están escribiendo por entregas vía twitter. Capítulos de 140 caracteres, en los que cada entrega conserva la tensión y eleva la trama. Yo no sé nada de japonés, pero me gusta pensar que su alfabeto y la tradición del haikú en algo ayudarán a estos escritores que son capaces de embutir o detonar un universo (o sea: de escribir una novela) en capítulos de este tamaño. Y no nos equivoquemos: este fenómeno ya está mucho más allá del experimento. Maho i-Land, que es el sitio web más grande de keitai shousetsu, tiene en su catálogo más de un millón de novelas tweet y más de 3.5 millones de ventas. En 2007, cinco de las 10 novelas más vendidas en Japón fueron una keitai shousetsu. En un mundo editorial que lucha contra libros electrónicos y sociedades apantalladas por pantallas, la novela tweet tiene de experimental lo que Godzilla tiene de divertido para los japonesitos que escapan corriendo para salvar sus vidas.</p>
<p>De todo esto me enteré en una columna que leí (en internet, claro está) en Salon.com: el columnista, con el científicoficticio nombre de Buzz Poole, se escandaliza como señora nipona, no sólo por el keitai shousetsu, sino por otros ejemplos que narra con absoluto dramatismo. Por ejemplo: al parecer, en la Universidad de Boston van ya varias generaciones de estudiantes de escritura creativa que escriben, saben escribir, pueden escribir… pero no quieren leer. La columna tiene por sesudísimo nombre “Writers who don’t read” o “Escritores que no leen”, y es una reflexión larga y más bien derrotista acerca de las nuevas generaciones, los nuevos medios y los nuevos soportes de la literatura. El texto se empeña en decir que la imaginación de crear no puede existir sin la imaginación de leer; que escribir es un acto solitario, jamás social; que si las nuevas generaciones siguen pseudo escribiendo y pseudo leyendo de este modo, el mundo se va a ir al traste, y luego Godzilla y el tsunami y el caos por todos ya sabido.</p>
<p>Leer el texto de Buzz Poole me recordó a la cara de mi madre cuando le dije que yo lo que quería hacer de mi vida era escribir. Esa tarde, hace no tantos años, mi madre me miró un poco triste, como sin entender, exactamente como si le estuviera leyendo una keitai shousetsu. Para ella, que siempre esperó que yo fuera ingeniero, la idea de volverme escritor parecía de otro mundo. Algunos años después se tranquilizó cuando mi tío le dijo que hay escritores bastante reconocidos y otros hasta abstemios. Pero luego llegó el escándalo mayúsculo: justo cuando se había hecho a la idea de verme posando en la foto de una solapa de un libro, me quedé calvo y comencé a trabajar escribiendo en una página web; mi trabajo literario empecé a subirlo a un blog. Todo esto sucedió casi al mismo tiempo, de tal manera que mi madre, pobrecita, tuvo la única tranquilidad de que mi calvicie no arruinaría ninguna edición impresa. Pero todo lo demás fue terror: “Pero cómo: ¿te pagan por estar en la computadora todo el día?”, preguntaba; “¿O sea que hay gente que de verdad te está leyendo?”, se angustiaba; “Ay, hijo: no puedo creer que eso que haces sea escribir de verdad. ¿Para eso fuiste a la universidad?”. Ahora que lo veo con algunos años de distancia, creo que mi madre, que por haber nacido en Durango tiene algo así como un don para la clarividencia, se anticipó a hacerse las mismas preguntas que todos los editores y muchos de los escritores viejos se están haciendo justo ahora; las mismas que el mundo aterrorizado se hace frente a los keitai shousetsu y a los escritores que no quieren leer: ¿esto de escribir novelas en un blog o cuentos de 140 caracteres es literatura de verdad? ¿Es válido citar como fuente o (peor) hallar inspiración en las redes sociales? ¿Qué van a hacer ahora las editoriales si los escritores están encargándose de buena parte de la creación, tallereo y difusión de su obra a través del indómito territorio de la triple-doble-u? ¿Qué vamos a hacer ahora que la literatura está rebelándose contra la frontera del papel?</p>
<p>En general debo decir que, además de mi madre, hay dos tipos de personas aterradas ante todo esto. La primera clase: los editores; o, mejor, las editoriales. Para nadie es secreto que la venta de libros hace tiempo que ya no es tan buen negocio. Pero tampoco es secreto para nadie que la editorial es una industria más bien paranoica: la profecía de su desaparición compite en estridentismo sólo con la profecía del fin del mundo, y ya hemos temido su muerte muchas veces: por culpa del cine; por culpa de la televisión; por culpa de los videojuegos, y, ahora le achacamos este apocalipsis anunciado a la llegada de las redes sociales. No es el tema de esta ponencia, pero creo que vale la pena aclarar que si dejáramos la discusión de la literatura en medios digitales en el nivel del mercadeo de libros, estaríamos perdiéndonos de un panorama más rico y más divertido. Quedémonos con que, si la industria editorial desaparece algún día, será por sus propios medios; será, en todo caso, porque ha sido incapaz de responder a la necesidad no de un mercado, sino de un lector.</p>
<p>La segunda clase de aterrados frente a la escritura en redes sociales son los escritores viejos. El adjetivo nada tiene que ver con la edad, sino con una manera de ver la literatura. Son escritores que aprendieron que para ser alguien en las letras uno debe estudiar literatura y luego, a través de maestros y escritores más viejos, internarse en esa mínima mafia que se llama Gremio de los Escritores. Los escritores viejos aprendieron sistemáticamente lo que está bien escribir; aprendieron de memoria la lista de géneros admisibles y la de géneros despreciables. Aprendieron que con un buen puesto en la Academia y un editor hábil que ponga el libro en librerías, uno puede volverse escritor de cierto reconocimiento. Incluso talentoso. A los escritores viejos la tecnología les parece un mundo de fantasía porque, hasta hace menos de diez años, el que escribía y el que estaba pegado en la computadora solían ser dos personas distintas. Les cuesta trabajo entender que la mística que rodea al escritor (y me refiero a la pluma fuente con tintero, a las noches a la luz de las velas, a los poetas malditos, el sufrimiento sistematizado y la incomprensión eterna y la soledad que suelen fungir de demiurgos de las musas), que todo eso que se supone debía ser un escritor ha dejado de ser una aspiración para convertirse en una mitología. A los escritores viejos, acostumbrados a un mundo con fronteras trazadas, les cuesta trabajo entender que hay un mundo en el que también se dan otro tipo de escritores.</p>
<p>Hablemos pues del mundo que ha dado esa otra clase de escritores (a los que a veces me siento tentado a llamar “escritores 2.0”, pero luego me arrepiento: eso implica limitar a toda una generación capaz de hacer cosas que nada tienen que ver con números). La formación de esta otra clase de escritores, paradójicamente, tiene poco qué ver con las redes sociales: se trata de una cuestión de demografía. Antes, un escritor tenía acceso sólo a cierto número de libros, casi siempre escritos en su propio país. La razón es simple y obtusa economía: antes era más difícil traer libros de lejos; llegaban pocos y estaban de algún modo destinados a pertenecer a una esfera enterada de la literatura. Había menos información y ésta era más lenta; incluso las bibliotecas más grandes del mundo tenían menos libros de los que hoy uno puede encontrar en una sola búsqueda de google. Además, el ejercicio de la literatura, que implica desde siempre y hasta siempre reinterpretar el mundo y salvarnos de él, pertenecía a la mera lectura; el cine seguía siendo un derivado malformado, la televisión no existía. La literatura se veía el ombligo todo el tiempo, y tenía, además, un carácter sintético, irónicamente, como el de la comida de los astronautas: en el mínimo territorio de una República de las Letras que tenía pocos habitantes ilustres, el reto era abarcarlo todo, a lo largo de un tiempo indefinido. Buscar una gran obra, un gran soylent green.</p>
<p>Hoy es distinto: vivimos en el tiempo de las decisiones. Uno lo decide todo, desde el momento exacto del nacimiento de un hijo, hasta el sabor exacto del jugo de la mañana, y hemos descubierto que las posibilidades de combinar la naranja con cualquier otro sabor son infinitas hasta la angustia. Macroeconomía: si un producto de cualquier lugar del mundo puede venderse en México, tengan por seguro que un embarque de una tonelada puede llegar al Aeropuerto Internacional Benito Juárez en menos de un día. Tenemos el acceso a todo, o la ilusión del acceso a todo, en las compras igual que en las letras: nuestra tradición literaria nada tiene qué ver ya con las fronteras, ni siquiera con el soporte: los escritores mexicanos hoy estamos tan influenciados por Rulfo como podemos estarlo por Vonnegut o Chaucer o Hitchcock o Shigeru Miyamoto o JJ Abrahams. Somos la generación de lo múltiple, pero también de lo efímero y de lo urgente: del periodismo minuto a minuto, con reportes desde Kuala Lumpur; de la publicidad que nos recuerda que uno debe empezar a ahorrar para el retiro antes de cumplir los 25 años. Somos la generación responsable de producir para el futuro y de entender al mismo tiempo el funcionamiento frágil del planeta. Estamos plagados de espacio y sedientos de tiempo. Suplicamos a los dioses de la escritura creativa y del asiento ergonómico y la basura separada y el ascenso laboral para que nos quiten la cruz de la prisa. Somos la generación del insomnio: sólo durante las noches, cuando hemos terminado de ver la temporada 3 de Mad Men en DVD y hemos terminado de contestar llamadas de auxilio de un cliente y hemos por fin terminado nuestra cena de microondas, sólo después de dejar que la vida pase, tenemos el tiempo de preguntarnos qué carajos sucede con nuestras vidas y si existe algo tal como la trascendencia.</p>
<p>Todo esto para decir una frase de mi abuelo: “En mis tiempos, la gente tenía tiempo para saludarse”.</p>
<p>Nada de lo que acabo de decir es nuevo; llevamos, calculo, al menos 50 años acelerando el mundo. Sin embargo, la llegada de nuevos medios y soportes hace que todo parezca de pronto más evidente. A los escritores viejos, a los editores y a los lectores de muchos años, les parece digno de zoológico que estas nuevas generaciones estemos escribiendo en redes sociales, y que estemos produciendo keitai shousetsu y que no queramos leer libros. Pero hasta cierto punto lo que está sucediendo era predecible, y es en realidad la expresión formal de una cuestión de fondo. Los que escribimos en internet no lo hacemos porque eso sea un statement, sino por razones absolutamente primarias. Hablaré de lo que me pasó a mí y que, creo, es el caso de varios: en 2008, con apenas 26 años, yo ya era un escritor frustrado. Tenía que trabajar todo el día para mantenerme y creía (ahora sé que no es cierto) que sin todo el tiempo dedicado a escribir, lograr algo de calidad sería imposible. Comenzaba a temer que nunca sería publicado; que llegaría a los míticos 30 años sin una sola página impresa en mi haber, aunque había escrito una novela en un blog (de cuyo url no quiero acordarme), había posteado probablemente cientos de cuentos y había tocado la puerta de todas las becas. Pero quería escribir y tampoco tenía nada qué perder: así que empecé un blog de microficciones que me permitía publicar por entregas, a mi tiempo. El concepto del blog, en un principio, era muy sencillo: cuentos de exactamente 666 caracteres cada uno, en parte por una manía de corte numerológico, en parte porque para entonces yo ya llevaba varios años trabajando en revistas web y había aprendido que es cierto eso de que la gente casi no lee. Lo que buscaba ante todo era que el lector no tuviera que scrollear hacia abajo para leer un cuento completo, y 666 caracteres cabían siembre completos en una sola pantalla. La longitud corta de los cuentos hace parecer fácil su escritura, pero no: hubo muchas veces que parecía que resumir un cuento a 666 caracteres sería imposible; hubo otras que la calibración no era exacta, hubo cuentos que, así de cortitos, con sus inocentes ocho líneas, me tomaron semanas de edición y reescritura. Al final, ese proyecto de 66 cuentos de 666 caracteres cada uno (exactamente 43,956 caracteres: unas 15 páginas escritas en Times New Roman de 12 puntos) me tomó casi dos años de escritura, revisión, desecho, reescritura, de trabajar exclusivamente de noche. En cualquier trabajo me hubieran corrido por tardarme tanto o por no dedicarle todas las horas de mi día; cualquier beca me hubiera sido retirada de inmediato. Para mí, escribir de este modo no implicó ningún glamour, no fue una postura crítica, sino que respondió a la necesidad de escribir para ser leído, cosa que finalmente todo escritor quiere.</p>
<p>Me parece importante enfatizar esto: escribir en nuevos medios, invadir blogs y cuentas de twitter, no tiene ningún glamour, aunque hoy parezca que sí. Hoy, que ya se hacen ponencias para hablar de esto, parece que es un statement, pero no lo es: reitero que quienes hemos empezado así nuestra carrera literaria lo hemos hecho más por necesidad que por otra cosa, y no somos sólo twitteratos o sólo blogueratos. Nos consideramos, todos escritores reales, no virtuales. Dudo que quienes escriben keitai shousetsu hayan empezado a hacerlo porque se consideraran escritores de twitter: lo hicieron (y no hablo japonés, pero puedo firmarlo) porque twitter fue el medio donde encontraron campo fértil para escribir lo que querían. Y muchos de los que estamos en esto empezamos a romper la barrera que nos impusimos por necesidad; muchos ya están saliendo a la mítica publicación de su libro, algunos estamos hablando en público (sin tener un solo libro en papel firmado enteramente por nosotros), pero, curiosamente, no muchos estamos haciéndolo por las razones correctas.</p>
<p>Hace algunas líneas decía yo que somos la generación de lo efímero y de lo múltiple; por lo mismo, somos la generación del escándalo. Quienes escribimos desde acá lo sabemos bien. Nos enfrentamos con un mercado literario cuyos edificios están desde hace mucho al acecho de Godzilla, y nosotros habitamos de algún modo en los servidores alojados en esos edificios que siempre parecen derrumbarse. Quienes escribimos en internet, además, padecemos de lo mismo que todas las páginas web padecen, sean éstas de ventas por catálogo o de videos chuscos: competimos contra blogs de sociales y sextuiteras por un sitio en la supervía de la información. Supervía: la cosa se mueve rápido, y uno debe tener el auto afinado y listo —o tener la capacidad de correr con pies desnudos a 120 km/h—; aunque los escritores seamos animales que se sientan a pastar por muchas horas —aunque eso creamos de nosotros mismos. Quizá por ello la tendencia entre los escritores que comienzan en internet sea una suerte de literatura del impacto: embarcarse en novelas de entregas por tweet, editadas democráticamente por followers en tiempo real; apelar a recursos bajísimos (como escribir cuentos de exactamente 666 caracteres cada uno) para lograr la atención del lector potencial. Si algo puede decirse de los escritores que empezamos en internet es que todos, absolutamente todos, privilegiamos la forma de un modo particular, entendiendo que nuestra competencia no es sólo el otro escritor, sino también cualquiera de las millones de paginas web en este planeta antojado de sushi.</p>
<p>Y en esa etapa es donde me parece que la reflexión es todavía lenta: con la llegada de los nuevos medios para la literatura, hemos privilegiado en la reflexión a la forma (estrambótica, escandalosa); nos preguntamos si el formato impreso desaparecerá y si es posible escribir todo un libro de cuentos de 140 caracteres. Pero todavía no llegamos del todo a preguntarnos qué fondos aparecerán con todo esto. Hemos llegado, en todo caso, a un punto medio: hemos definido géneros acorde al escándalo de la literatura en redes. La poesía aquí ha sido renombrada como poetuits; la narrativa se resume en microficción, y la novela vuelve a la novela por entregas velocísimas (entre paréntesis: hasta donde sé, nadie se ha aventurado a experimentar con el ensayo en estos nuevos medios; ¿qué dice de esta generación que su soporte de moda no esté buscando la reflexión honda a la que sólo puede accederse mediante el ensayo?). Las redes sociales y estos nuevos soportes han afianzado en la literatura mexicana lo que los noventa afianzaron en la música: la generitis. Si ya no basta tener una banda de punk, sino que cada vez más sabemos de bandas de electro punk-synth-pop, también cada vez más nos enfrentaremos con escritores que trabajen la nanoficción especulativa narco-gótica con tintes borgeanos.</p>
<p>El escándalo de las formas nos permite a los escritores fantasear con algo que un escritor jamás tendrá (al menos no así): alejarnos del sedentarismo mítico de escritor, volvernos estrellas de rock. Algunos ya gozan, o padecen, de su rockstarismo; algunos lo procuran quizá con demasiada ansiedad, llegando a la dudosa cumbre de democratizar su obra, de nuevo atendiendo a un glamour innecesario. Un ejemplo: en la FIL de hace dos años, una joven promesa de la literatura presentó un libro que fue escrito en facebook: él escribía capítulos que subía a la red social; los fans del proyecto votaban los capítulos: los modificaban, los iban llevando por donde querían. Al final, el libro se publicó. Uno hubiese esperado que fuera en éxito de ventas, pero no. El escritor, cuyo nombre ni siquiera recuerdo (cuyo nombre no aparece en toda la brillante galaxia de google), se extinguió rápido. Su democrática creación definitivamente no apareció ni en la lista de bestsellers del año ni en la de favoritos de la crítica de un solo periódico. Su libro fue un divertido juego de facebook, como Farmville. Nada más.</p>
<p>Yo no culpo a esta joven promesa disoluta porque sé que si hay una sola cosa que las redes sociales ofrecen, como canto de sirena, es la popularidad. En el vasto mundo de internet, no hay nada más fácil que sentirse popular a la primera, porque todo es muy directo; uno sabe exactamente cuántos followers tiene en twitter, uno puede saber exactamente cuánta gente leyó un cuento, y si ese número rebasa alguna barrera que uno mismo se impuso, hace falta mucha humildad para no sentirse la mismísima reencarnación de Shakespeare. Por eso, por el nítido acceso a la información que internet nos brinda, no dudo que también seamos la generación de las demasiadas letras.<br />
Una de las grandes promesas de internet es la que años antes profetizara Andy Warhol (quien no necesitó nacer en Durango para tener el don de la clarividencia): los 15 minutos de fama. Cualquiera que tuitée puede ser famoso; cualquiera puede volverse un gurú de moda o de fitness, cualquiera puede ser sexólogo o escritor. Y como somos una generación que necesita permanencia al menos en el ego, nos gusta creer en espejismos también. Son muchos, muchísimos, los que piensan que no hay nada más fácil que escribir microficciones o poesía. Incluso hay tuiteros que, escribiendo frases cercanas a la autoayuda, han publicado libros que son bestsellers en Gandhi. Muchos que creen que el Dinosaurio de Monterroso o el “In a station of the metro” de Pound se escribieron en un ataque de cleverness tuitero. Estos espejismos nos hacen olvidar que detrás de toda gran creación hay una disciplina férrea y un trabajo a prueba de balas. La otra cosa que es muy fácil olvidar en redes sociales: los lectores en internet son, muchas veces, más que un número. Hay lectores distraídos, cierto, pero también hay lectores que, más o menos por el mismo efecto del fácil acceso, se creen (y a veces son) lectores perfectos. Y esos lectores te están mirando con una pistola en la mano mientras tuiteas, esperando un error, cualquiera de ellos, para darte unfollow o para cambiar de sitio web.</p>
<p>Seremos recordados como la generación de las muchas letras, y quizá para mal. No está de más preguntarse qué sería de Monterroso o de Pound si su trabajo hubiese dependido de tuitear cada tanto para no perder followers. Hoy parece que escribir es más fácil que nunca, pero también se requiere de la misma disciplina de siempre, quizá hasta más. Se requiere sobresalir de algún modo para ser el japonés que Godzilla no alcanza: el héroe de la película. Se requiere ya no sólo un trabajo de perfección literaria, sino de un arduo trabajo de relaciones públicas —que al escritor, tímido por naturaleza, le había sido vetado desde siempre.</p>
<p>Seremos recordados como la generación de las muchas letras, pero, según yo, también como la generación del insomnio. Repito ambas cosas porque me parece que en su combinación está el final de esta película que a muchos les parece de terror: el reto que se nos impone desde las redes sociales es hacer lo mismo que hacen los escritores desde siempre: escribir. Escribir mucho, escribir cada vez mejor; aprovechar los insomnios para generar mejores letras cada vez, entender a un lector. Al principio de este texto hablé de nuestro amigo Buzz Poole y de cómo le aterra que en Boston los aspirantes a escritores no quieran leer. A mí me parece que la visión de Poole es corta: quizá los estudiantes están ocupados viendo una película mucho mejor que muchos libros; quizá están escribiendo al respecto, adquiriendo material en el mundo real (mundo que Godzilla, me informan, todavía no invade). No se me malinterprete: yo atesoro los libros, pero creo que el mito alrededor de la literatura y del escritor nos había hecho olvidar que el trabajo del escritor es escribir. Y es quizá la recuperación de esa tarea la que nos cae desde el olimpo de las redes sociales. Es decir, si logramos olvidarnos de las manías por la popularidad, del escándalo de la forma, y tratamos de utilizar estos espacios como trampolín de una escritura nueva, cuyo único género posible será no la microficción y el poetuit, sino la experimentación y la reflexión. Dentro de no muchos años (aunque nuestro sentido de urgencia no nos permita pensar en cosa tal como muchos años), quizá sea sólo esa tarea la que no nos haga parecer una generación que se perdió hipnotizada por la luz que emitía el monitor.</p>
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<blockquote><p>Éste es el texto íntegro leído por el autor en la ponencia &#8220;Las nuevas vidas de la literatura: nuevos medios y redes sociales&#8221; (4 de octubre, 2011), que formó parte de la Semana de Letras de la Universidad Iberoamericana (Cd. de México).</p></blockquote>
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		<title>Debo ser pseudolectora</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 00:10:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patricia García-Rojo</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura, lecturas y libros]]></category>
		<category><![CDATA[best-seller]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[pseudo]]></category>

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		<description><![CDATA[Frente a un mundo en que cada vez es más difícil disfrutar del placer de un libro, ¿los lectores que deciden “pasárselo bien leyendo” un best-seller son pseudolectores?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/?attachment_id=5426"><img class="alignleft size-full wp-image-5426" title="vLectura" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/11/vLectura.jpg" alt="" width="320" height="240" /></a>Recuerdo perfectamente el día en que mi profesor de Teoría de la Literatura nos preguntó quién decidía lo que era o no era literario. Inocentemente pensaba que esa decisión venía intrínseca al libro, es decir, algo había en los libros que los erigía literatura sin que nadie tuviese que interceder por ellos. El debate estuvo servido y todos nos sentimos debidamente defraudados al imaginar a un grupo de viejos sabios señalando con sus dedos huesudos lo que debía salvarse para las estanterías y lo que debía quemarse como en aquella famosa hoguera de la caballería.</p>
<p>Está claro que, de un tiempo a esta parte, han sido las editoriales las que han decidido lo que era y lo que no era digno de ser publicado, es decir, literario. El mayor o menor prestigio de la editorial hacía que los lectores –o quizá el público-, concibiesen una obra como producto artístico o simplemente como producto. Es decir, el elemento que definía como arte era el prestigio social del sello bajo el que el libro aparecía. No gozamos a día de hoy de la perspectiva que ofrece el paso del tiempo y debemos sentirnos satisfechos con la opinión más o menos objetiva que los medios sostienen ante nosotros. Por supuesto, justo a esta visión práctica en la que son las grandes empresas del mundo del libro las que seleccionan lo literario, nos encontramos también con el contrapunto de los índices de venta.</p>
<p>No es raro que se considere a lo más vendido como lo pseudoliterario. Los conocidos best-seller son catalogados como literatura de segunda o de tercera, carentes de valor en el selecto círculo de los que dominan los pormenores del arte, leídos en secreto por el gran público en vagones de metro y playas superpobladas. Y es aquí donde nos encontramos frente a la tesitura que me inquieta, frente a esa doble moral literaria: lo que publican los grandes sellos –adalides del arte- es lo mismo que se vende como lechuga en los centros comerciales –contrarios absoluto de lo literario. Es llamativo que las nuevas y jóvenes editoriales se cuelguen el cartel de las salvadoras de la buena literatura, de la genial y secreta literatura que no llega a las grandes firmas. Literatura de calidad, escuchamos en muchas ocasiones.</p>
<p>Pero, entonces, ¿qué hay en la obra de arte que la caracterice como tal frente a lo demás? ¿Cómo medir la literariedad del texto para afirmar que algo es literario o pseudoliterario? ¿Cómo decidir qué historia merece jugar en primera división y cuál debe ser forrada de papel de periódico para que el resto de viajeros no descubran mi debilidad por los géneros menores? ¿A quién confiamos esta decisión?</p>
<p>El buen gusto o el gusto, en general, muda con las épocas. Lo que antes era considerado como brillante, hoy puede resultar aburrido. El tiempo, como ya hemos dicho, es el que coloca en su justo lugar la expresión artística. Esta semana era yo la que hablaba de literatura con mi clase, era yo la que recordaba el famoso “enseñar y deleitar”, la que hablaba de hacer magia con las palabras, de buscar la belleza a través del lenguaje. Términos todos tan abstractos que hacían que mis alumnos me mirasen frunciendo el ceño. Por eso me vi abocada a preguntarles cuál pensaban ellos que era el truco de la literatura, en qué consistía esta ciencia. “En que me lo pase bien leyendo”, respondía uno de ellos.</p>
<p>Quizá por lo que me recordaron en aquella clase y aún a riesgo de que los expertos se me tiren al cuello, me declaro amante de la pseudoliteratura, me defiendo como la más pueril de las ignorantes de las grandes expectativas del arte y me sumo a las líneas de mis alumnos que, frente a un mundo en que cada vez es más difícil disfrutar del placer de un libro, deciden “pasárselo bien leyendo”.</p>
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		<title>La televisión, pseudo cultura</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 00:09:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iñaki Martinez Urtubi</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Reportaje]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura y arte]]></category>
		<category><![CDATA[cultura]]></category>
		<category><![CDATA[mass media]]></category>
		<category><![CDATA[pseudo]]></category>

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		<description><![CDATA[Los canales de televisión, de empresas privadas han acabado siendo gestionadas por grandes grupos de comunicación, propietarios también de emisoras de radio, editoriales de prensa escrita y de libros. Así los grandes conglomerados del mundo de la comunicación controlan la cultura popular]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/?attachment_id=5435"><img class="alignleft size-full wp-image-5435" title="vTelevision2" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/11/vTelevision2.jpg" alt="" width="320" height="213" /></a>Recuerdo con nostalgia la televisión de mi niñez. Sí, soy [en España] de la generación que creció con los payasos de la tele y “Barrio Sésamo”, “La bola de cristal”, los sábados por la tarde, “El Kiosko” y “Tocata”, series de culto como “V”, “El coche fantástico” y “El equipo A” y, por supuesto, el “Un, Dos, Tres”. Recuerdo los grandes ciclos de cine, en color y blanco y negro, y los programas de debate que, aunque yo no seguía, si despertaban el interés de mis padres.</p>
<p>Era otra televisión, una televisión pública de verdad, un servicio público cuya principal finalidad, resulta obvio, era entretener, pero que también, al menos en mi opinión, era un instrumento transmisor de cultura y que nos enseñó, nos educó y contribuyó a crear en nosotros, los niños de entonces, una capacidad reflexiva y crítica.</p>
<p>A finales de los 80 se produjo la primera gran revolución televisiva en España, propiciada por la Ley (10/1988, de 3 de mayo, de) Televisión Privada. Como se desprende de su artículo 2, la Ley posibilitaba que sociedades anónimas pudiesen gestionar indirectamente el servicio público de la televisión mediante concesiones administrativas. Según el artículo 3 de la norma, la explotación del servicio debía realizarse por las sociedades concesionarias conforme a una serie de principios, los mismos por los que se regía la televisión pública, establecidos en el artículo 4 de la Ley (4/1980, de 10 de enero) del Estatuto de la Radio y la Televisión, entre los que se encontraban “la objetividad, veracidad e imparcialidad de las informaciones”; “el respeto al honor, la fama y la vida privada de las personas”; “la protección de la juventud y la infancia” o “el respeto de los valores de igualdad recogidos en el artículo 14 de la Constitución”.<br />
Yo, que en ese momento daba los últimos pasos de la niñez, observaba la aparición de los nuevos canales con ilusión, pues para mi suponía tener más cadenas entre las que elegir, en definitiva, más oferta de dibujos animados, series, películas y del tipo de programas que, en general, interesaban a una persona que estaba entrando en la adolescencia.</p>
<p>La realidad, eso es evidente, es que al abrir el melón de la privatización televisiva, se aumentaba la oferta de canales, de dos públicos de ámbito estatal, a cuatro, en abierto, más un quinto canal de pago (a los que se sumaban los que unas pocas Comunidades Autónomas habían creado, al amparo de la Ley 46/1983, de 26 de diciembre, del Tercer Canal de Televisión, para sus respectivos territorios).</p>
<p>Ya como adulto, me he dado cuenta de que al final, esos canales privados han acabado siendo gestionadas por grandes grupos de comunicación que con las concesiones de los mismos se introducían en el mundo de la televisión, pero que son propietarias también de emisoras de radio, editoriales de prensa escrita y de libros, por lo que en realidad se trata de grandes conglomerados de empresas del mundo de la comunicación y la cultura.</p>
<p>Ese hecho es el que permite comprender las que, desde mi punto de vista, han sido las dos notas más significativas en la gestión de las cadenas de televisión privadas hasta el momento:</p>
<ul>
<li>En primer lugar, la posición de influencia y poder con la que cuentan los grupos que están detrás de esos canales ha determinado que hayan puesto éstos, y en general, el resto de medios de comunicación de los que son titulares, al servicio de sus intereses económicos, políticos e ideológicos.</li>
<li>En segundo lugar, puesto que al fin y al cabo son empresas, han gestionado los canales privados desde una clara mentalidad comercial. Su principal objetivo era, y sigue siendo (aunque en cierto modo es comprensible), ganar dinero, lo que ha llevado a que, en unos canales más que en otros, se haya aplicado el principio de “todo vale” a la hora de definir los contenidos de su programación. En efecto, como lo que priman son las audiencias, han dado al público lo que quiere ver, llenando la parrilla televisiva de “telebasura”, de la que el principal exponente son los programas del corazón y los denominados “reality shows”. No hace falta profundizar excesivamente en este tipo de programas, aunque si creo interesante resaltar que en ellos se sobrepasa continuamente la fina línea de la dignidad y la intimidad humana, incluso en ocasiones en horario infantil o, al menos, a horas en la que los niños pueden tener acceso a esos contenidos (aunque evidentemente, son los padres los responsables últimos de que sus hijos vean o no según que tipo de programas).</li>
</ul>
<p>A destacar es también como esa visión comercial ha llevado a los canales privados a hacer un uso abusivo de la publicidad, una de sus principales fuentes de financiación, tendencia que se ha mantenido por más que se han adoptado normas reguladoras, y en una clara línea limitativa, de su uso, con la única y llamativa excepción de la televisión pública de titularidad estatal [TVE], en la que la publicidad se ha suprimido recientemente.</p>
<p>A la vista de esas dos notas, cabe preguntarse: ¿dónde está la veracidad, objetividad e imparcialidad que deben profesar esos canales?, ¿dónde queda el respeto al honor y la vida privada de las personas?, ¿y la protección de la juventud y la infancia? O dicho de otro modo: ¿cómo es posible que esas cadenas de televisión se hayan saltado tan a la torera los principios impuestos por ley (4/1980)?, norma que, por cierto, ya no está en vigor, siendo la actualmente vigente la Ley 7/2010, de 31 de marzo, General de la Comunicación Audiovisual, que no obstante, mantiene esos principios, ya sea expresamente o en su espíritu.</p>
<p>Pero sin duda alguna, lo que más llama la atención es que por parte de los sucesivos Gobiernos no se haya adoptado una actitud firme para tratar de someter las programaciones de los canales privados a límites que les hagan ajustarse a esos principios. O quizás, ese hecho no sea tan significativo desde el momento en que la propia televisión pública (no solamente la estatal, también las televisiones autonómicas, que han proliferado mucho en el nuevo siglo, hasta el punto de casi todas las autonomías cuentan con su propio canal) ha incurrido en los mismas tendencias, esto es, han sido medios al servicio ideológico y político del partido gobernante y, asimismo, han entrado en la guerra por las audiencias, lo que les ha llevado también a incluir programas basura. Además, creo que los Gobiernos, tanto estatales como autonómicos, han mantenido una política de “pan y circo”, facilitando a otras cadenas, e incluso ofreciendo ellos mismos a través de la televisión pública, programas que entretengan sin más, pero no hagan pensar demasiado a la población (en este sentido, es de justicia reconocerlo, “La 2” [de TVE] es una clara excepción). Y buena prueba de ello, además de los tipos de programas aludidos, es la gran cantidad de horas dedicadas en el conjunto de las televisiones al deporte, y principalmente al fútbol, hasta el punto de que se hayan creado canales temáticos, en abierto o de pago.</p>
<p>Una nueva etapa se ha abierto con la ya citada Ley General de la Comunicación Audiovisual, que trasponía algunas Directivas comunitarias, y que entró en vigor el 1 de mayo de 2010. Dicha norma ha traído consigo algunas novedades interesantes:</p>
<ul>
<li>En primer lugar, la liberalización de la prestación del servicio de televisión, de manera que los particulares pueden prestar dicho servicio en condiciones de libre competencia, con algunas limitaciones, y sin más requisito que la comunicación previa o, en determinados supuestos, la obtención de una licencia administrativa. De este modo, se facilita la apertura de nuevos canales de televisión, en un momento importante como el actual, en el que la llegada de la televisión digital terrestre ha supuesto un aumento del espectro radioeléctrico y mejorado la calidad de la señal. De hecho, desde que el pasado 31 de marzo de 2010 se produjo en España el apagón analógico y ya únicamente existe la conocida como TDT, se ha producido un importante incremento de canales de televisión, generalistas o temáticos, de ámbito nacional, autonómico o local.</li>
<li> En segundo lugar, la norma crea el Consejo Estatal de Medios Audiovisuales, que como se desprende del artículo 45 de la Ley, se concibe como una autoridad independiente y supervisora que regula la actividad de la televisión, velando por que se cumplan los objetivos señalados en ese precepto, entre los que se encuentran “la plena eficacia de los derechos y obligaciones establecidos en la Ley: en lo especial en lo referente al menor” o “la transparencia y el pluralismo de los medios de comunicación audiovisual”.</li>
</ul>
<p>Entre las funciones que la disposición atribuye al citado organismo se encuentra la de aplicar el régimen sancionador que la propia norma establece, en lo que constituye otra de las principales novedades.</p>
<p>Aun es pronto para saber si la creación de un organismo supervisor va a servir para que las televisiones cumplan todos esos principios que la antigua Ley 4/1980 establecía y que se mantienen vivos en la nueva norma. Pero no hay que perder de vista que, según el artículo 49 de la Ley General de la Comunicación Audiovisual, el Presidente y los Consejeros que conforman el órgano son nombrados por el Gobierno, a propuesta del Congreso de los Diputados, situando al organismo en una posición de dependencia política que podría comprometer su independencia. Me lo dice la experiencia.</p>
<p>Y si así fuera, la televisión seguirá siendo una máquina de entretener, pero desde luego no un instrumento transmisor de cultura, por mucho que nos la quieran vender así, y seguiríamos atrapados en una pseudo cultura televisiva.</p>
<p>&nbsp;</p>
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