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	<title>Revista VozEd - Voz Editorial 2.0</title>
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	<description>Revista cultural Vozed - Voz Editorial 2.0. Un laboratorio de ideas, una voz crítica, crear conciencia, lograr cambios sociales</description>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: La Feria de los libros al mayoreo</title>
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		<pubDate>Mon, 20 May 2013 00:00:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Palermo Soho
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
16 de mayo de 2013
Estimados lectores:
Saliendo de la casa, si toman la calle Fray Justo Santamaría de Oro, unas cinco cuadras adelante llegan a Avenida Santa Fe y, sobre la misma, a la punta izquierda se encuentra Groove, un antro gigante que también funciona como boletería para conciertos masivos. No hay día que la cola de melómanos no rebase la banqueta, ni tampoco hay día en el que cualquier despistado no sobresalga de la multitud por ir ataviado de manera distinta a la de los ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Palermo Soho<br />
Ciudad Autónoma de Buenos Aires</p>
<p align="right">16 de mayo de 2013</p>
<p>Estimados lectores:</p>
<p>Saliendo de la casa, si toman la calle Fray Justo Santamaría de Oro, unas cinco cuadras adelante llegan a Avenida Santa Fe y, sobre la misma, a la punta izquierda se encuentra Groove, un antro gigante que también funciona como boletería para conciertos masivos. No hay día que la cola de melómanos no rebase la banqueta, ni tampoco hay día en el que cualquier despistado no sobresalga de la multitud por ir ataviado de manera distinta a la de los seguidores del reggaetonero que se presentará en Luna Park: el único entre muchos que no hace fila para conseguir entradas. No obstante, llega una época del año en la que la fila de humanos viene desde la punta derecha: del 25 de abril al 13 de mayo del presente se celebró la 39ª Feria Internacional del Libro en Buenos Aires en el Predio Ferial de La Rural, un inmueble con 130 años de edad y más de 12 hectáreas de extensión histórica en la ciudad porteña.</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog9.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9259" title="blog_TribunaVisitante9" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog9.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>En esta edición se dejaron ir un millón doscientas mil personas y la fila así lo confirmaba. En el momento, estuvimos a punto de abandonar la misión y volver el lunes, era sábado. Íbamos ya de camino al parque rodeando el predio cuando se nos aparecieron unas boleterías mini que atendían a los que habían tenido el valor de abandonar la línea kilométrica de tortillería en hora pico. Le pedí entonces al boletero entradas para el lunes, y todo se resolvió con la venta de un abono de tres días por cincuenta pesos argentinos (10 dólares). Con la buena fortuna de nuestro lado entramos a la belleza de lugar: una pista de tierra al centro flanqueada con tribunas que datan de 1878 con el centro de exhibiciones como vecino que, en este caso, albergaba los cientos de stands literarios.</p>
<p>En el mundo de libros y gente la experiencia fue, al menos en la mía, idéntica a la de la FIL mexicana: muchos niños, ruido, stands llenos y venta casi al mayoreo daban esperanza a las editoriales en decadencia. En algunos casos, los puntos de venta se despedían de sus lectores por liquidación, por cambio de domicilio o porque sí. En otros, el charolazo dorado de la editorial internacional vendía la biografía del cantante para quinceañeras del momento como pan caliente, también conocido como el sueño húmedo de las casas editoriales: vender, lo que sea.</p>
<p>Mi selección terminó siendo una lotería: un compilado de ensayos de traducción de un argentino que no conozco, una antología de haikus escritos por poetas menores de 12 años, un libro que literalmente juzgué por su portada con prostitutas y tatuados y una publicación de una profesora próxima que tendré en el postgrado. Con esta licuadora textual bajo el brazo bastó muy poco (como era de esperarse) para que me llegara la sensación de ‘ya me estoy engentando’. De un momento a otro, los niños se me tornaron insoportables con sus biografías de Justin Bieber y supuesto dominio de la lengua inglesa, el aroma de los puestos de comida me daban entre asco y antojo, y los humanos, ahora reses, me generaban una repulsión espacial inmediata.</p>
<p>Salimos con nuestros libros y los fuimos a poner a salvo, en el camino, recordé cómo la FIL de Guadalajara me había producido la misma sensación repulsiva casi inmediata debido a los pseudo intelectuales de outlet navegando con sus bolsas de tela con leyendas ingeniosas y separadores sabelotodo. Vengo de un país en el que la gente sólo lee Twitter pero opina cual receptora del Príncipe de Asturias en Opinología. No tengo nada en contra de las ventas de libros masivas, pero me llama demasiado la atención que la gente en una librería gigante se termine comportando más como bovino con epilepsia y nada como &#8220;intelectual&#8221;… cuando en teoría lee muchísimo.</p>
<p>Nos leemos pronto,</p>
<p style="text-align: right;">Denisse, la intelectual de lonchería.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: Traduttore, traditore</title>
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		<pubDate>Mon, 13 May 2013 00:00:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Palermo Soho,
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
9 de mayo de 2013
&#160;
Estimados traductores y lectores:
Hace diez años llegamos veinticinco personas a estudiar la Licenciatura en Traducción a un salón en el segundo piso de un edificio de perfil bajo en mi universidad. De esas veinticinco, cuatro años después nos graduamos catorce y al par de años, nos habremos titulado unas diez, no sé, perdí la cuenta. Hoy en día, la prácticamente nula matrícula de ingreso provoca que este agosto próximo no comience más la carrera en la Universidad Intercontinental en la Ciudad ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Palermo Soho,<br />
Ciudad Autónoma de Buenos Aires</p>
<p align="right">9 de mayo de 2013</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Estimados traductores y lectores:</p>
<p>Hace diez años llegamos veinticinco personas a estudiar la Licenciatura en Traducción a un salón en el segundo piso de un edificio de perfil bajo en mi universidad. De esas veinticinco, cuatro años después nos graduamos catorce y al par de años, nos habremos titulado unas diez, no sé, perdí la cuenta. Hoy en día, la prácticamente nula matrícula de ingreso provoca que este agosto próximo no comience más la carrera en la Universidad Intercontinental en la Ciudad de México. La decisión de las autoridades educativas, así como la falta de interés del público y la poca difusión cerraron un programa formativo que en la práctica no es sencillo explicar, mucho menos llevar a cabo.</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog8.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9132" title="blog_TribunaVisitante8" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog8.jpg" alt="" width="372" height="300" /></a>A principios de la carrera, alguna profesora nos comentó que el traductor lleva consigo el estigma de la anomalía. En la práctica, uno descubre que el talento inútil de descubrir errores en el texto original a traducir se cocina gradualmente en una prepotencia que, efectivamente, lo trepa a uno en una nube de intelectualidad que pocos visitan, pocos reconocen y que prácticamente nadie escucha, mucho menos lee. El colmo de nuestra intelectualidad frustrada probablemente sea que nos tachen de correctores de estilo, intérpretes de conferencias y subtituladores de series y salas de cine; reclamándonos por qué el título de la película dice otra cosa y por qué nunca hemos traducido de manera simultánea los Premios de la Academia.</p>
<p>La realidad es que la traductología transmite y permea un talento enteramente opuesto: la invisibilidad del silencio. Cuatro semestres de gramáticas española, francesa e inglesa, seguidos por dos años más colmados con literaturas y prácticas de traducción de distintas tipologías textuales son necesarios para generar, en los casos exitosos, lecturas silenciosas y trabajos invisibles. Seremos traidores y escritores frustrados, lingüistas a medias o académicos con retraso, no obstante, pocos oficios logran subsistir desde el desempeño no ruidoso, llevando lectura a tiempo real y todos los días sobre cualquier tema.</p>
<p>Probablemente nos superó el silencio y, con el corazón rebosante de tristeza en la mano, despido cordialmente al programa académico que me apoyó con el entrenamiento del oficio que me ha aislado en un mundo en el que el ruido gana. En México la traducción se sufre y se da por sentado, lleva años quitándose del presupuesto y se deja para el último minuto y la culpa, en gran parte, la tenemos los traductores por hablar en una lengua terciaria que nadie entiende y por no haber logrado capitalizar nuestro oficio con el valor real que porta.</p>
<p>Así las cosas, continuaremos desgastándonos las huellas con el tecleo interminable para que tú, lector, puedas saber cómo funciona tu cafetera, o conozcas una investigación clínica, o leas la novela que tanto te recomendaron. Así pues, caminamos en silencio el cada vez menos transitado camino de la traducción formada para volver lentamente al camino del empirismo y la imprecisión. Traductor, traidor sí, a sí mismo y a su labor, finalmente nos alcanza la consecuencia del aislamiento en un país que está abierto al mundo pero lamentablemente cerrado al trabajo que parte desde otras lenguas, y no sólo las extranjeras.</p>
<p>Besos,</p>
<p style="text-align: right;">Denisse, Licenciada en Traducción.</p>
<p>&nbsp;</p>
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]]></content:encoded>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: Proyecto de tesis doctoral en tostadas de jaiba</title>
		<link>http://www.vozed.org/2013/05/tribuna-visitante-proyecto-de-tesis-doctoral-en-tostadas-de-jaiba/</link>
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		<pubDate>Mon, 06 May 2013 00:00:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Colonia del Valle,
Ciudad de México
&#160;
3 de mayo de 2013
Estimados antojadizos:
Pareciera que al venir a México la experiencia gastrofílica comienza con un combo sencillo: harina y maíz amasados para construir una cama de deliciosura que posteriormente recibe un pedacito de cielo porcino que se bautiza como taco de carnitas. Con la posibilidad de expansión en términos de perversión, a este taco se le puede añadir chicharrón y cueritos (fritura de la piel y fritura de las tripas, respectivamente), hierbas y cebolla al gusto. En México el cliché son los tacos y ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Colonia del Valle,<br />
Ciudad de México</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right">3 de mayo de 2013</p>
<p>Estimados antojadizos:</p>
<p>Pareciera que al venir a México la experiencia gastrofílica comienza con un combo sencillo: harina y maíz amasados para construir una cama de deliciosura que posteriormente recibe un pedacito de cielo porcino que se bautiza como taco de carnitas. Con la posibilidad de expansión en términos de perversión, a este taco se le puede añadir chicharrón y cueritos (fritura de la piel y fritura de las tripas, respectivamente), hierbas y cebolla al gusto. En México el cliché son los tacos y estos se encuentran a la vuelta de cada esquina. No obstante, otra maravilla en el paraíso de los banquetes pantagruélicos de mi país son los mariscos y, sin habérmelo propuesto, en este viaje me obligué a buscar la mejor tostada de jaiba disponible a mi alrededor. La realidad es que las opciones son demasiado extensas y dependen en su mayoría del factor geográfico más allá de la cantidad de galardones Michelin en el currículo y, en esta ocasión, la geografía se puso de mi lado y me teletransportó a los sitios necesarios para saciarme el mismo antojo con el mismo manjar.</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog7.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9118" title="blog_TribunaVisitante7" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog7.jpg" alt="" width="350" height="350" /></a>Cuando era chica mis padres tenían unos amigos con una casa que tenía un jardín con las extensiones suficientes para apilar cachos de piedra y metal sobre la cual  balanceaban una paellera del tamaño de un jacuzzi. Los hombres se dedicaban a cultivar el fuego y las calorías, las mujeres se alimentaban con conversaciones en alguna zona con sombra y los niños nos aventábamos desde cuanto espacio elevado a nuestro alrededor e interrumpíamos a los mayores sólo cuando llegaba el momento de ponerse de protagonista después de un golpe o un capricho de mocoso. Cuando llegaba el momento de sentarse a comer, hombres mujeres y niños lográbamos una breve armonía generada por la vianda de arroces amarillos y mariscos, de los cuales, mi máximo absoluto era la mitad reglamentaria de jaiba presente en el plato. Si hablamos de comer paella, mi estrategia se ha mantenido la misma y puede que ningún psicópata disfrute tanto el momento culmen de la belleza que me significa segmentar el crustáceo anaranjado con las manos, prepararlo con unas gotas de limón y consumirlo con el tenedor. No sé qué tan delicada o cavernícola sea en este proceso, pero no hubo ocasión en la que mi madre me viera tan concentrada en este punto de la comida que no me comentara el antojo por ósmosis transmitido por quien les suscribe.</p>
<p>Volviendo a mi adultez y al tema de antojo que nos compete en esta ocasión, en estos quince días de visita y consumo exhaustivo tuve la oportunidad de hacer un doctorado en tostadas de jaiba con una amplia selección de casos a analizar desde las obvias tostadas del mercado de Coyoacán, hasta las propuestas de los restaurantes pretenciosos y otros no tanto de la Roma y la Condesa. No es exageración contarles que sin darme cuenta terminaron siendo mi desayuno o incluso la única comida del día; la casualidad favorable estuvo de mi lado poniéndome los pedacitos blancos sazonados en una pulpa olivácea con chile habanero o cualquier picante que me inyectaba morfina en los labios con cada mordida.</p>
<p>El abanico de posibilidades fue infinito y sorprendentemente la ganadora absoluta llegó a mis manos en un puesto con manteles de plástico y  vitrina de vidrio en las calles de la zona de Tepepan. Con tenderos ataviados en ropajes blancos y sombrerito de taquero que freían las tortillas al momento y servían con cucharas gigantes de metal y una limpieza impecable, este lugar al sur de la ciudad me reafirmó la complejidad de la ejecución de los antojos para saciar al mexicano. En este momento, mi antojo se ha convertido en memoria y de vuelta en Buenos Aires miraré por la ventana con nostalgia cada que regrese a mí este deseo vivo y pasajero que saciaré hasta que vuelva a estar en mi país.</p>
<p style="text-align: left;">Besos,</p>
<p style="text-align: right;">La antojadiza de Denisse.</p>
<p style="text-align: left;">
]]></content:encoded>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: Jugando de local</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Apr 2013 00:00:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Colonia del Valle
Ciudad de México
21 de abril de 2013
&#160;
Estimados todos:
El viernes diecinueve, alrededor de las diecisiete con treinta y uno, el taxista tomaba un atajo incomprensible entre las calles de anchura milimétrica en un intento por descubrir una magia teletransportadora para llegar a la puta autopista y tomar dirección hacia Ezeiza. Nunca he tenido problema con los atajos, pero con seis piezas de equipaje documentable y uno de mano, lo único que quería hacer era llegar con tiempo. Ir al Aeropuerto Internacional de Ezeiza en Buenos Aires siempre me ha ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Colonia del Valle</p>
<p>Ciudad de México</p>
<p align="right">21 de abril de 2013</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Estimados todos:</p>
<p>El viernes diecinueve, alrededor de las diecisiete con treinta y uno, el taxista tomaba un atajo incomprensible entre las calles de anchura milimétrica en un intento por descubrir una magia teletransportadora para llegar a la puta autopista y tomar dirección hacia Ezeiza. Nunca he tenido problema con los atajos, pero con seis piezas de equipaje documentable y uno de mano, lo único que quería hacer era llegar con tiempo. Ir al Aeropuerto Internacional de Ezeiza en Buenos Aires siempre me ha resultado un problema: es impresionante cómo en una ciudad que se plantea a sí misma como el futuro de los sudamericanos no se maneja el concepto de distribuidor vial ni, mucho menos, el de una avenida sin semáforos.</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog6.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9119" title="blog_TribunaVisitante6" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/05/blog6.jpg" alt="" width="350" height="350" /></a>Mientras hacía unas anotaciones para el regreso de este precioso espacio, queridos, me estaba muriendo de hambre con el estómago volteado. El auto con el mofle tuneado junto a mí me estaba sacando de quicio, y los minutos en el tráfico me inspiraban más un <em>seppuku</em> que cualquier ejercicio literario. Mi vuelo salía a las diez treinta con destino a la Ciudad de México y con un año fuera de casa, repito, moría de hambre con el estómago volteado. La ansiedad se me acumulaba tanto que el cerebro me retumbaba y, lo peor de todo, era que Buenos Aires ya se me había mimetizado con la Ciudad de México en un cúmulo de estrés.</p>
<p>La emoción de  venir a casa me atacó desde hace varios meses con varias cosas. No es fácil, por ejemplo, jerarquizar cuáles tacos son los más importantes para comer primero ni, mucho menos, a dónde quiero ir por una cuba. Era tanta mi preocupación que acudí a mI compañero y colega de Voz Editorial, Humberto Bedolla, quien se encontraba en las mismas que yo a punto de venir a México y, una semana antes de sendos viajes, le hice el interrogatorio debido para saber con qué iba a saciar el antojo de expatriado, todo en pro de la inspiración gastronómica mutua, obvio.</p>
<p>Ya era sábado veinte y, si les carcome la duda, los primeros tacos que abracé con cariño fueron unos de carnitas en Los Güeros, de Rodríguez Saro, con una Mundet roja. Deliciosos. Humberto optó por chilaquiles. La siguiente cita en mi agenda era ir al Estadio Azteca al partido América-Pumas (donde una vez más compartí a distancia con mi querido Humberto que también andaba en alguna tribuna por ahí) donde vi pasar al que vende-cueritos de cerdo con salsa Valentina seguido por otro con palomitas, uno más vendiendo cacahuates variados y, de postre, el de las donas glaseadas. La visita al estadio en México es como ir al parque en un domingo, uno puede pasarse el partido entero viendo a la gente antes que la justa y, en un inmueble como el Azteca con sus 105,064 distractores humanos, no hace falta estimularse con químicos para sentirlo en la piel.</p>
<p>Durante el partido intentaba acordarme de la última vez que estuve en el Azteca y, para ser honesta, no me acuerdo de quién jugaba contra quién. De lo que sí me acuerdo es que estaba con mi papá y que juntos seguíamos, además del partido, a los mismos vendedores de cueritos con Valentina y papas serpenteando por las tribunas. Me acuerdo de la gente y de las porras, de las banderas y los globos. El Estadio Azteca ayer era una fiesta familiar y, contrastándolo con mis pasadas y muy breves experiencias en Argentina en partidos de Boca y de River, fue muy interesante el reestímulo mexicano a través de un estadio en donde la gente es más espectadora y no tan combativa.</p>
<p>Estar en mi país en este momento me sigue teniendo con mucha hambre y con el estómago volteado, pero de la emoción. La Ciudad de México es un Estadio Azteca con calles adentro en donde serpentean vendedores, se escuchan porras, vuelan globos y la comida es abundancia acompañada con cerveza. Tendremos un país relleno de obesos en el que en los medios tiempos de un partido se corre una carrera de donas azucaradas, literal, pero la realidad es que es un país en donde rara vez se deja de sonreír. Humberto y yo ya planeamos unos mezcales maquiavélicos, ya les contaré cómo nos fue. Mientras tanto me despido y les doy la bienvenida una vez más, a esta Tribuna Visitante que jugará un ratito de local.</p>
<p>Besos,</p>
<p style="text-align: right;">La antojadiza de Denisse.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>En defensa del ocio</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:12:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Moisés Martínez Ayala</dc:creator>
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		<description><![CDATA[«Hay niveles, dicen algunos, en esto de utilizar el tiempo libre pues cuando se ama estar en el trabajo y vivir en él, entonces a la persona se le señala como un workaholic, un adicto al trabajo, una persona sin vida. La diferencia entre este ente y la persona que emplea su tiempo desde una actividad recreativa es que no está esclavizado. Uno emplea su tiempo libre para entretenerse, el otro hace de su tiempo libre un eslabón más de su actividad laboral, la cual depende de un tercero. Esclavo es uno, el otro amo»

En este ensayo, el autor  hace una reflexión sobre el tiempo libre y como este deja de ser “libre” en tanto se establecen horarios, fechas, rigurosidad y cotidianidad.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_8781" class="wp-caption alignleft" style="width: 410px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/vPortada6.02-e1364201015863.jpg"><img class=" wp-image-8781" title="Portada Vozed – Voz Editorial 2.0, núm6.02" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/vPortada6.02-e1364201015863.jpg" alt="" width="400" height="571" /></a><p class="wp-caption-text">®Portada Vozed &#8211; Voz Editorial 2.0, núm6.02 (diseño: Lizzeth Bedolla)</p></div>
<p><strong>La dinámica de la vida moderna</strong></p>
<p>OCUPACIÓN ES UNA de las palabras que más resuena entre todas las personas. Todas buscan ansiosamente hacer algo, tener una actividad extra además de ir a la escuela o al trabajo, quizá tomar una clase de baile, un taller de música, practicar algún deporte, y un largo etcétera. El asunto es aprovechar todo nuestro tiempo, sobre todo el libre, para hacer lo que a cada quien le interesa. Esta dinámica incluso llega a los niveles escolares. En las escuelas donde se educa a los párvulos también se enfocan en la formación del entretenimiento, y nunca faltará quien compare esta formación con la que Platón propuso para la academia. Así, los niños que se quedan horas extra reciben clases de música, de teatro, de pintura, de escultura o de las actividades físicas más frecuentes: danza o karate. Y el padre está orgulloso de que su cría está en la mejor formación y feliz lo presume ante la sociedad: «miren a mi hijo, es un gran escultor», y tal afirmación genera la envidia de los demás padres&#8230; Quizá tengamos aquí uno de los motivos por los que los párvulos no saben estar tranquilos, calmados en un lugar sentados y poniendo atención a lo que se les pide.</p>
<p>Desde que uno es infante ya está inmerso en la dinámica de utilizar el tiempo libre para hacer algo. Pero ojo, que hay niveles, dicen algunos, en esto de utilizar el tiempo libre pues cuando se ama estar en el trabajo y vivir en él, entonces a la persona se le señala como un <em>workaholic</em>, un adicto al trabajo, una persona sin vida. La diferencia entre este ente y la persona que emplea su tiempo desde una actividad recreativa es que no está esclavizado. Uno emplea su tiempo libre para entretenerse, el otro hace de su tiempo libre un eslabón más de su actividad laboral, la cual depende de un tercero. Esclavo es uno, el otro amo (como diría nuestro querido Hegel).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>¿Amo o esclavo?</strong></p>
<p>Como diría Galileo allá en su juicio (bastante sano, por cierto) <em>sin embargo&#8230;</em> ¿quién es el amo y quién el esclavo? Seguramente se pensará de inmediato que es [amo] el que emplea su tiempo libre en una actividad recreativa; sin dudarlo es lo más lógico. Desafortunadamente no es así. Para empezar el tiempo libre deja de tener esa cualidad, la de ser libre, en tanto se establecen horarios, fechas, rigurosidad y cotidianidad. El tiempo libre frente al tiempo de actividad (escuela o trabajo) tiene su diferencia porque justamente no se encapsula y lo que hace es romper la rutina. En cambio, en cuanto que una actividad se hace cotidiana deja de pertenecer al tiempo libre. La libertad del tiempo radica en la ruptura con lo que se está acostumbrado a hacer. Desde este punto de vista se puede decir que el tiempo libre es imprevisible y por tanto es un momento de ansiedad.</p>
<p>Cuando el hombre se enfrenta al tiempo libre también se enfrenta a la ansiedad porque todo se sale de su dominio, de su control aparente de la vida. De ahí también la angustia que nace con el tiempo libre. Y es que la angustia y la ansiedad enfrentan al hombre con la nada, y la nada enfrenta al hombre con una aparente muerte, hermana del letargo que mora en el sueño. Cuando se tiene tiempo libre el hombre se percibe como un reloj descompuesto que ha perdido su función y que puede ser desechado.</p>
<p>Ahora bien, ¿por qué el hombre que emplea su tiempo libre en una actividad recreativa es también un esclavo? La manera como el hombre pierde su libertad al enfrentarse a la nada es cuando su temor a la nada misma hace que evada al tiempo mismo. Hay un autocastramiento del yo desde la misma negación del tiempo libre, desde la inutilidad. El hombre no se percibe como hombre sino como una máquina que debe hacer todo el tiempo algo. Esta es la primera de las maneras como el hombre pierde su libertad.</p>
<p>La segunda es en la transformación económica del tiempo libre. En cuanto el otro se da cuenta del temor a la nada, ése ente económico empieza a gestionar el tiempo, lo disecciona y dicta lo que es el entretenimiento. Aquello refiere lo que se debe ver, escuchar y hacer en el tiempo libre. El cine es un claro ejemplo donde el hombre salvaguarda su <em>mecanicidad</em> ante el tiempo libre. Se entretiene desde lo que el otro le dicta. ¡Ya ni hablar de los conciertos masivos! En ellos se imponen días y horas en las que el hombre tendrá que emplear su tiempo libre, y de paso enriquecer al otro.</p>
<p>La industria del entretenimiento nos ve como partes del engranaje del estar ocupados, del seguir siendo útiles. La industria misma, sin que por ello sea un amo (ser libre), nos determina en la esclavitud. Este súper poder adquiere su forma desde múltiples esferas. Incluso los que leen no se salvan de esta esclavitud. También están determinados en la industria del entretenimiento. Estas esferas han capitalizado a la nada como su mejor arma para lograr controlar a las personas. Así, el que emplea su tiempo libre es un esclavo.</p>
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<p><strong>¿Es la nada del tiempo libre una nada absoluta?</strong></p>
<p>Esta pregunta tiene en sí una trampa argumentativa. La nada nada es y por ello no se puede hablar de ella (así lo señala también Heidegger). Pese a que la nada no es nada ocasiona en el hombre un estremecimiento tal de su existencia que causa angustia, ansiedad y temor. ¿De qué o respecto a quién? De sí mismo. Lo que el hombre ve reflejado en la nada es a él mismo en su condición más dolorosa: la de un ser desprotegido, la de un ser que no controla al tiempo ni a su persona. El hombre se percibe asaltado por la contingencia y la amenaza del mundo que le rodea. Por esta razón el mecanicismo creado durante milenios se fractura y el reloj deja de funcionar y se fusiona con lo que niega. El peligro es la condición que impera, peligro que también pertenece al destierro porque existir es ganarse la existencia siempre y en cada momento porque no es algo estable, fijo.</p>
<p>El peligro no sólo le pertenece al hombre, también a esa esfera de poder que busca entretenerlo y tenerlo conectado a un mundo placebo. ¿En qué radica el peligro al que se enfrenta la industria del entretenimiento? En el rompimiento del control como primer punto de partida pues el hombre que deja de temer a la nada y se afronta (a sí mismo, a sus demonios, a sus voces cautivadoras) empieza a escucharse, a buscar lo que realmente le satisface. Ello implica ya romper con el modo mecanicista en el que habita. La nada le muestra al hombre el silencio, y el silencio a la escucha de sí mismo que da pie al descubrimiento y al asombro.</p>
<p>Estar en la ruptura del tiempo es detenerse a escuchar y a mirar el mundo y a nosotros en el mundo. El detenerse en el tiempo tiene el modo del ocio. La ruptura del tiempo y el ocio no pertenecen al terreno del tiempo libre porque ambos son modos incontrolables pues llegan abruptamente. Aunque el ocio puede ser encaminado a la manera de los budistas y mediante la meditación o reflexión, no por ello quiere decir que sea algo que se pueda controlar. No todo el tiempo se puede estar en la ruptura, más cuando se está en contacto con la ruptura y se asume uno en el ocio, en el estado contemplativo, el mundo adquiere una apertura.</p>
<p>De ahí le viene a la industria del entretenimiento el temor. El hombre que deja que la ruptura lo atrape, que se detiene, no emplea su tiempo para entretenerse, para ocuparse en esa ruptura, sino que la contempla, la vive y la siente, se enfrenta y empieza a asumirse, a cuestionarse, a pensarse.</p>
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<p>Aprovechar el tiempo libre no tiene nada de malo, de negativo, pero hacerlo siempre para evadirse, para no contemplar el mundo y contemplarse, lo único que hace de las personas son esclavos, gente que sigue lo que las esferas del poder determinan. Por eso el ocio debe resignificarse en estos tiempos en los que a toda costa se evade (con los audífonos, con los teléfonos celulares y sus múltiples aplicaciones, etcétera) el yo, porque tras la evasión del yo también está la del otro, la del hombre mismo.</p>
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		<title>La generación del insomnio</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:11:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ruy Feben</dc:creator>
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		<description><![CDATA[«Mientras, fantaseo con lo que ocurre después, con lo que es más real: cocino con mi mujer, leo, veo algo en la televisión (por cable), escribo, escribo, escribo, y para tener más de esto duermo lo mínimo necesario. El insomnio sigue siendo emocionante y aventuroso, pero esta vez no es furtivo, sino obligatorio: de no ser por el desvelo que me aprendí hace mucho, hoy no tendría una vida en absoluto.»]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/709419_75939502-e1364311808636.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-8873" title="insomnio" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/709419_75939502-e1364311808636.jpg" alt="" width="400" height="266" /></a>EL PRIMER INFOMERCIAL que recuerdo era de un rallador de verdura. Tenía diez o doce años y estaba entrando furiosamente a una adolescencia depresiva que me duró mucho más de una década; una de mis primeras señales de rebeldía pueril fue el desvelo: algún placer encontraba en hacerme el dormido, esperar a que todos los ruidos se extinguieran y todas las luces cedieran, y luego encender la vieja televisión arrumbada en mi cuarto para navegar sin rumbo por los canales de cable, que por entonces eran poquísimos. De esa época en la que todo era distinto recuerdo mis primeros encuentros furtivos con las Gatitas de Porcel y la involuntaria exposición a ciertas canciones pésimas del pop en español, pero sobre todo la paulatina afición que fui desarrollando por el infomercial del Super Slicer: una suerte de sombrero vaquero extraterrestre que se arrastraba sobre una mínima plataforma con navajas “más delgadas que un cabello humano” que repasaban una y otra vez una zanahoria o un pepino o una papa, dejando tras su masacre láminas “perfectas para una pasta con vegetales. Pero eso no es todo: si llama en los próximos veinte minutos, reciba completamente gratis el libro con más de doscientas recetas. ¡Y hay más! Llame en los próximos cinco minutos y reciba dos aparatos por el precio de uno. ¡No espere más! Nuestros telefonistas lo están esperando”. Llegué a aprender de memoria el rostro de la mujer que, en blanco y negro, se cortaba al rebanar calabacines al principio del infomercial; la mano del hombre que rompía el mango de su cuchillo al tratar de hacer julianas: sus ojos desolados ante esa tragedia cotidiana, sus manos agitándose como demandando una solución al dios de los quehaceres, su éxtasis al ver que su vida podía resolverse en una pantalla y a la tres de la mañana.</p>
<p>Me volví adicto a las maravillas nocturnas de la televisión por cable. Lo deseé todo, desde el horno mágico de Mr. T hasta los aparatos que con cinco minutos aseguraban abdominales titánicos. Como con cualquier droga, comencé por entretenimiento: las resonantes palabras del español genérico utilizado en las traducciones, los prodigios automáticos de máquinas perfectas; luego vino la etapa alucinógena (“Imagínate preparar costillitas de cerdo perfectas en menos de diez minutos, pintar todas las paredes de la casa como lo haría un profesional y limpiar cada rincón de la alfombra que no tengo mientras esculpo bíceps de acero sentado frente al televisor”); después vino el desdoblamiento de carácter trascendental: me percaté de que aquello era evidencia de que la humanidad ya podía evitar las cortaditas diarias por cuenta de la prisa matutina y con ello por fin podríamos hablar de plenitud; la verdadera (y baratísima) explicación y solución de cualquier aspecto horrible de la vida –desde la incomodidad de pararse a la mitad de un partido por una bolsa de frituras hasta la de utilizar un brassiere incapaz de disimular las formas de un busto caído– cabía en un largo y exagerado anuncio proyectado siempre de madrugada. Finalmente, la intoxicación revolucionaria: ¿Por qué no mandar al diablo todas las escuelas y todos los oficios y encomendarnos a los productos del insomnio por cable y ser condenadamente felices, como cualquiera de los modelos que tan contentos se dejan abrazar por una batamanta?</p>
<p>Con los años, la programación de cable fue ampliándose prodigiosamente, la conexión telefónica de internet volvió obligatorio su uso nocturno, los libros se reprodujeron de manera inexplicable por el suelo de mi cuarto. Me quedó para siempre la avidez del desvelo pero ya no las vibrantes tinas iónicas para limpiar los pies. Un mal día entre los veinte y los veinticinco me puse unos zapatos y fui a trabajar, cansadísimo, a las nueve de la mañana de un lunes a un corporativo en el extremo poniente de la ciudad. Empecé a pensar (iluso) que la felicidad no estaba en las altas horas de la noche: era joven todavía, y prefería creer que el trabajo no era un asunto exclusivo de supervivencia, sino un tema de realización personal: muy protestantemente pensaba que el trabajo nos enaltece y que, si alguna aportación hemos de hacerle al mundo, ésta debe darse exclusivamente en horas decentes. Lo que hacía de noche ya no me parecía tanto una miscelánea de fantásticas soluciones y mágicos artefactos, sino acaso un desahogo terco: escribía mis primeros cuentos porque no podía dormir o evitaba dormir para escribir mis cuentos. Cada mañana, al despertar tras apenas tres horas de sueño, no dejaba de sentir culpa: por regodearme en el desvelo, estaba perdiendo valiosísima energía que bien podía servir para mi trabajo de verdad. Desde entonces y durante más de diez años, la palabra “trabajo” ha contenido los siguientes ingredientes: becario, asistente, reportero, editor, mesero, freelance, consultor; en realidad, todos ellos han sido sinónimos de un producto maravilloso, capaz de remediar todos los cuchillos rotos y todas las incómodas horas de gimnasio, llamado dinero. Todo lo demás, lo que ha ocurrido después de las seis de la tarde, pertenece a la muy inferior categoría del hobby, desde la pirotecnia de un personaje explotando a las dos de la mañana sobre una hoja en blanco hasta los besos robados en una fiesta o las escenas específicas de una película que cambió mi vida. Nada de eso he sido yo: no soy un hombre que riega un pino bebé que crece en un vasito junto a una ventana y que a las ocho de la noche besa a su mujer y a las diez pelea a muerte con una línea que no se deja y a las doce se recarga un libro en el pecho tratando de entender un fenómeno y a las dos por fin cae dormido, sino un editor que cuesta cierta cantidad al mes a un corporativo internacional.</p>
<p>Y se entiende que mi trabajo es de corte absolutamente diurno, es decir, decente y veraz: trabajo en una revista donde no se publican mentiras, donde cada letra que se escribe tiene una verificación en el mundo palpable. Por decirlo de un modo literario: mi trabajo es realista, a pesar de que en la vida (literaria o no) nada pertenezca más al realismo claustrofóbico que a la imaginación. Es decir: ¿qué es más real? ¿Cada paso real que damos en una calle real o cada una de las bestias que imaginamos al dar esos pasos? ¿Qué nos determina más, que nos hace más humanos? Trabajo más de ocho horas diarias, mucho más: si cuento el larguísimo trayecto desde mi casa hasta la editorial, fácilmente alcanzo las doce horas por día, cada una de ellas más realista que la anterior. Me refiero: un lentísimo avanzar por la avenida, un beep repetido marcando la entrada y la salida, una repetición terca de hombres sirviéndose café y derramándolo, de mujeres rompiendo mangos de cuchillos, el preámbulo de un infomercial que nunca parece encontrar el mágico producto que lo solucione todo. Desde que enciendo el auto a las siete de la mañana hasta que lo apago a las siete de la tarde todo ocurre siempre tras un velo de cotidianeidad insoportable. Mientras, fantaseo con lo que ocurre después, con lo que es más real: cocino con mi mujer, leo, veo algo en la televisión (por cable), escribo, escribo, escribo, y para tener más de esto duermo lo mínimo necesario. El insomnio sigue siendo emocionante y aventuroso, pero esta vez no es furtivo, sino obligatorio: de no ser por el desvelo que me aprendí hace mucho, hoy no tendría una vida en absoluto.</p>
<p>No pertenezco a ninguna generación. No soy parte de ningún grupo literario ni de ninguna corriente. O acaso lo soy de una, que no tiene era y cuya única filosofía es la supervivencia: soy de la Eterna Generación del Insomnio, de la Secta de los Testigos del Infomercial, de los que navegan las horas más oscuras porque, habiendo conocido el Super Slicer antes o no, sabemos que sólo las altas horas de la noche son “perfectas para una pasta con vegetales”. Soy de los que espera el cumplimiento de esa promesa divina que aseguraba que “eso no es todo: si llama en los próximos veinte minutos, reciba completamente gratis el libro con más de doscientas recetas” para hacer que la vida gire a otro ritmo, que lo real se cambie de bando. “Los telefonistas lo están esperando”: no me interesa el dos por uno, señorita, me conformo con tener uno de esos fabulosos Super Slicer, con que llegue el momento en el que todos los ruidos se extingan y todas las luces cedan para que la vida se resuelva aunque sea a las tres de la mañana.</p>
<p>Me conformo con creer de nuevo, de siete a siete, que podríamos mandar al diablo todas las escuelas y todos los trabajos y encomendarnos a los productos del insomnio y a sus pantallas y a sus letras y ser condenadamente felices, como lo sería cualquiera de los modelos que tan contentos se dejan abrazar todas las madrugadas, eternamente, por una batamanta.</p>
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		<title>Bitácora de una mujer embarazada</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:10:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nadia Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Crónica]]></category>
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		<description><![CDATA[«Repaso mentalmente lo que tengo que hacer durante el día, y pienso que debería levantarme. Luego pienso que en mi estado, con el cuerpo unos cinco kilos más pesado y un escurridizo centro de gravedad, levantarme de la cama requerirá que junte un poco más de fuerza de voluntad, amén de que sólo voy a estorbarle a mi marido y a volverlo loco, así que, por un rato más, desisto.» Una crónica en la que la autora nos cuenta cambios relevantes en las prioridades, la agenda y el centro de gravedad]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_8839" class="wp-caption alignleft" style="width: 360px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/6.02_NadiaEmbarazada.jpg"><img class="size-full wp-image-8839 " title="6.02_NadiaEmbarazada" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/6.02_NadiaEmbarazada.jpg" alt="" width="350" height="350" /></a><p class="wp-caption-text">Nadia Orozco, con 16 semanas de embarazo</p></div>
<p><em>Un jueves cualquiera, 5:30 am</em></p>
<p>LAS ALARMAS EN los celulares de mi marido empiezan a sonar. Puede que esté tan familiarizado con el sonido que ya no las escucha, o puede ser que se encuentre tan cansado que su inconsciente haya preferido ignorarlas. En un intervalo de tiempo de media hora, me levanto de la cama un par de veces, con todo lo que eso implica, para apagarlas. Él se levanta finalmente, lanzando gruñidos cariñosos y echando putas varias  –una tradición muy argentina, según me informa él mismo–, y luego del enésimo viaje de la noche al cuarto de baño, yo me vuelvo a arremolinar entre las sábanas un ratito más. Mientras me arrullan los sonidos matutinos, pienso que mañana sí podría levantarme un poquito más temprano, y entre sueños me acuerdo de aquella época, ahora lejana, en la que a las cinco y media de la mañana estaba con la ropa deportiva y la maleta del gimnasio, lista para salir de casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>7:40 am.</em></p>
<p>Abro los ojos, pero todavía entre sueños –sueños muy raros, por cierto–, miro a Rubén hacer lo que hace todas las mañanas, que es ponerse lindo para irse a trabajar. Por supuesto, yo preferiría que se quedara en cama a apapacharme un rato más, pero así es la vida. Repaso mentalmente lo que tengo que hacer durante el día, y pienso que debería levantarme. Luego pienso que en mi estado, con el cuerpo unos cinco kilos más pesado y un escurridizo centro de gravedad, levantarme de la cama requerirá que junte un poco más de fuerza de voluntad, amén de que sólo voy a estorbarle a mi marido y a volverlo loco, así que, por un rato más, desisto. Él se inclina sobre la cama, me da un beso, y se despide, diciéndome que me porte bien –como si pudiera portarme de alguna otra forma mientras estoy como ballena varada en la playa–, y finalmente lo escucho marcharse. Unos minutos más tarde escucho que los vecinos se marchan, y de pronto todo se queda en silencio. La verdad es que no recuerdo una época de mi vida en la que haya habido tanto silencio: cuando iba a la universidad todo era correr y no parar desde temprano, entre clases, actividades extracurriculares, salidas con amistades, reuniones familiares. Mi ajetreada vida de antes se va diluyendo en el silencio y la paz de mi casa y me vuelvo a quedar profundamente dormida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>10:20 am.</em></p>
<p>El <em>beep beep</em> de mi celular me despierta. Es un mensaje de mi marido, que me pregunta en dónde estoy y qué estoy haciendo, aunque sabe que sigo durmiendo. Suspiro pensando que podría haberme levantado más temprano, pero en realidad no podría haberlo hecho: este sueño y amodorramiento, como nunca antes había sentido, son uno más de los síntomas que han acompañado mi embarazo, tal vez desde el principio. Junto fuerza de voluntad, pero sobre todo un hambre de náufrago –un síntoma más–, y me levanto con toda mi pesadez de la cama. Mientras desayuno miro las noticias –uno de los pocos vicios que me quedan–, prendo mi computadora y me pregunto qué de todo lo que tengo por hacer debería hacer ahora que el día está bien avanzado. Como de todas maneras tengo que salir más tarde, me decido por trabajar, para variar. Por fortuna, mi embarazo coincidió con una época de mi vida en la que mi trabajo es escribir. Así, arrimo a la mesa los apuntes, los libros y las notas, me preparo un mate –un vicio totalmente nuevo que he tenido que adoptar tras renunciar a la jarra de quince tazas de café que solía mantenerme andando–, y me pongo a trabajar. Más o menos cada quince minutos, me encuentro distraída, bien sea pensando el alguna cosa que poco o nada tiene que ver con lo que estoy haciendo, bien chateando con algún amigo, bien mirando el <em>Facebook</em>. No solía ser raro que estuviera haciendo tres o cuatro cosas al mismo tiempo –conducir,  hablar por teléfono, cambiarle al radio y prender un cigarrillo era mi combo favorito hace ya muchos ayeres–, pero ahora no es mi <em>multitasking</em> habitual sino una incapacidad casi absoluta para concentrarme en algo por más de cinco minutos: un síntoma más del embarazo –y que conste que estas notas han requerido un esfuerzo brutal de mi parte–. Como no puedo concentrarme, y ya va a ser la una de la tarde, desisto. Devuelvo los libros y las notas a su rincón habitual, y voy a prepararme algo para almorzar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>2:00 pm.</em></p>
<p>El problema de tener un hambre brutal es que el estómago lleno y el vientre ocupado con una inquilina que ya empieza a dejarse sentir a patadas, es que la pesadez se duplica y la cintura, o al menos aquel lugar en donde solía estar la cintura, duele demasiado como para seguir sentada, o de pie, o incluso acostada boca arriba. La mejor opción para relajar el músculo es echarme sobre un enorme almohadón, y subir los pies en otro almohadón igual de grande. Así, en un rato, la molestia de la espalda pasará. Mientras encuentro la postura perfecta, pongo el despertador –porque sé que me voy a quedar dormida en cualquier momento–, y enciendo el reproductor de música para que mi beba, que no deja de patearme, se arrulle. Pienso entonces que desde la secundaria no dormía siestas tan largas –y según dicen las que saben, no volveré a dormir así jamás una vez que nazca Amelia–, y suspiro. Recuerdo que en los últimos años, más o menos a esta hora, estaba tomando clase de box. ¡Clase de box! Y en otra época, seguramente, estaría atorada en el tráfico de la Ciudad de México, dirigiéndome a cumplir alguna cita de trabajo. Pero ahora estoy aquí, agradezco que Mozart nos arrulla y que no tengo que correr a ningún lado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>3:30 pm</em></p>
<p>El despertador sonó a las tres, pero no pude, por más que quise, abrir los ojos hasta ahora. Me apresuro. Ahora sí debo correr –correr con mi lentitud elefantiástica de estos días– a la ducha, arreglarme un poco y salir de mi casa antes de las cinco de la tarde, hora en la que tengo cita con la nutrióloga. Logro echarle llave a mi casa a las cuatro cuarenta y hacer la caminata de unas 15 cuadras hasta la oficina de la nutrióloga en veinte minutos. Por supuesto que llego agitada y sudorosa, pero ella cobra igual, llegue como llegue, así que me sube a la báscula, me repite que he subido de peso –¡ajá, otro síntoma del embarazo!– y que debería salir a caminar –y yo me pregunto: ¿entre siesta y siesta? ¿O cuándo?–. Pienso que, al menos, hago un poco de yoga unas tres horas a la semana –otro de los pocos vicios que me quedan –, y me marcho del consultorio convencida de que no debería volver más. Camino por el centro mirando aparadores, hasta que es hora de encontrarme de nuevo con mi marido. Hubo una época en que perder el tiempo de esa manera me hubiese parecido desconcertante: si tenía tiempo entre cita y cita –ya fuera de ocio o de trabajo–, me metía a un café, laptop en mano, a adelantar tarea o trabajo, según fuera el caso. Pero ahora miro aparadores, fantaseo con proyectos y manualidades que podría hacer si tuviera ganas –y talento–, y me olvido de todo lo demás.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>7:00 pm</em></p>
<p>Miro que a lo lejos viene Rubén con su inconfundible andar apurado. Me da un beso y entramos al súper a hacer las compras de la semana, para lo cual he hecho una lista que, desde luego, no está completa porque, vamos, estoy embarazada y ya dijimos que la concentración no es lo mío estos días. ¿O no lo dijimos? Tras repasar la lista y recorrer los pasillos por si acaso olvidamos algo, hacemos la fila de la caja. La espalda me mata y mis pies ya son uno mismo con los <em>Converse</em>, pero recuerdo aquellos días en los que me mantenía de pie en mis tacones de aguja del 10 durante los eventos de mi trabajo y, la verdad suspiro con alivio. En cosa de media hora estaremos en casa y ese dolor pasará.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>11:30 pm</em></p>
<p>Después de todo, el dolor de espalda está pasando, los pies se están relajando y ya estoy de nuevo en mi cama, hablando con mi madre por <em>whatsapp</em> y esperando que mi marido venga a dormir a mi lado. Pienso que en toda mi vida adulta había tenido la consigna de que debía llenar mi tiempo de todo lo que cupiese en él: trabajo, estudio, amigos, música, lectura, ejercicio, cine, y un larguísimo etcétera. Durante años lo hice así, llené todos los espacios con todo lo que pude –un trabajo en RRPP, lecciones de violín, de guitarra, entrenamientos de kendo, de box, un doctorado, la escritura, muchos amigos, una gran familia muégano–, y ahora que no hago ni la mitad de las cosas que solía hacer, soy más feliz. Será otro síntoma del embarazo, pero disfrutar del silencio y la quietud, afuera y adentro de una mente un poquito aletargada, me tienen mucho más feliz.</p>
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		<title>Tiempo para soñar</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:09:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Édgar Adrián Mora</dc:creator>
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		<description><![CDATA[«Veía en un periódico en días recientes un infograma (creo que así se llama) donde aconsejaban las mentes preclaras del diario cosas para hacer más llevadero el viaje: leer, contestar correos electrónicos, ponerse al día con las redes sociales en las que se esté, sacar fotografías del entorno, aprender un idioma a través de diversas apps. (...) Me llamó la atención es que ninguna de las “sugerencias” para aligerar el viaje implicaba socializar con los compañeros de transporte.»]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/04/metroMexico1-e1364912271527.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9039" title="metroMexico" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/04/metroMexico1-e1364912271527.jpg" alt="" width="266" height="400" /></a>A VECES, CUANDO tengo tiempo, sueño. Uno de los sueños más recurrentes es que, en el fin de mis días, pueda vivir en el campo. O en una ciudad pequeña a donde se pueda ir al mercado a pie, donde se pueda respirar aire puro y el canto de los pájaros distraiga el caminar matutino por el bosque. En un contexto como ése, creo yo, es posible concebir un horario de actividades vitales que no esté reñido con la imposibilidad de alcanzar la armonía simétrica del tiempo. Es en un lugar como ése donde se puede pensar en un trabajo honesto de ocho horas, combinadas con ocho horas de sueño y ocho horas de entretenimiento/enriquecimiento del espíritu.</p>
<p>Pero yo vivo en la Ciudad de México. Una ciudad tirana donde la idea de la relatividad del tiempo se puede experimentar a diario. No es lo mismo media hora para el que espera que para el que va tarde, ciertísimo. Al igual que no es lo mismo media hora atorado en el tráfico de hora pico que media hora echado en la tumbona de alguna playa. Nunca se sabe cuál será el imponderable que hará que nuestro estrés se mantenga en un nivel de competencia olímpica a nivel mundial.</p>
<p>Quiero escribir unas palabras sobre los tiempos de transporte en las grandes ciudades. ¿Cuánto tiempo perdemos montados en los diversos vehículos que nos llevan a nuestros destinos todos los días? Veía en un periódico en días recientes un infograma (creo que así se llama) donde aconsejaban las mentes preclaras del diario cosas para hacer más llevadero el viaje: leer, contestar correos electrónicos, ponerse al día con las redes sociales en las que se esté, sacar fotografías del entorno, aprender un idioma a través de diversas apps.</p>
<p>Dos cosas me llamaron la atención de esas propuestas. Primero: todas las actividades propuestas para «adelantar» trabajo implicaban la mediación de un instrumento tecnológico de comunicación (incluyo al libro, pero entiendo que su finalidad y efectos son distintos a las otras opciones mencionadas). Uno se imagina entonces cómo los vehículos se convierten en oficinas móviles en donde se resuelve parte del trabajo que se realiza dentro de las oficinas. Pero ese tiempo no es contabilizado como tiempo de trabajo. Es decir, la mayoría de las personas tiene que cumplir con su jornada normal. Eso en el caso de los que atienden cuestiones laborales o de negocio vía <em>smartphone</em> o tabletas; para los que se atienen a la revisión de sus contactos (cientos, miles) en redes sociales implica una desconexión de un mundo congestionado a otro en el cual no hay embotellamientos: en las redes sociales la información no deja de fluir y es esa sensación de movimiento uno de los motivos del éxito de éstas. Ante la espera pasiva del correo electrónico y su lógica epistolar unidireccional, se opone la multidireccionalidad y la multiplicidad de mensajes simultáneos que sugieren el movimiento y la actividad constantes. El ajetreo es parte del inconsciente colectivo y las redes sociales han sabido asimilar esa sensación de prisa, de inmediatez, de movimiento. La gran paradoja es que ese movimiento sólo ocurre en las pantallas, porque el usuario se convierte en un ser pasivo, émulo de los terrícolas sobrevivientes descritos de manera hiperbólica en <em>Wall-E</em> (Andrew Stanton, 2008). Tenemos así trasportes ralentizados donde lo único que no se detiene es la generación y consumo de informaciones, la mayor parte de éstas superficiales y que sirven, precisamente, para «aligerar» el camino; para adelgazar la sensación de espera prolongada, esa forma en la que se construye la «desesperación», la decisión de ya no esperar.</p>
<p>La segunda cosa que me llamó la atención es que ninguna de las «sugerencias» para aligerar el viaje implicaba socializar con los compañeros de transporte. Se aplica sobre todo en los viajeros de transporte colectivo, pero también tiene su correspondencia en las familias que asisten al ritual de «repartición» de sus miembros: unos se quedarán en el trabajo, otros en la escuela, aquellos fungirán como choferes de lujo para regresar a la casa a esperar el turno en el cual habrá que realizar el ritual en sentido inverso. Es en esas camionetas en donde vemos al encargado del volante maldiciendo en contra de los demás automovilistas, al copiloto revisando la pantalla de su teléfono celular y a los pasajeros de los asientos traseros, generalmente niños, hipnotizados con las imágenes de las pantallas de DVD instaladas en los respaldos de los asientos delanteros. En el colmo del aislamiento acompañado, me ha tocado ver a dos niños viendo dos pantallas distintas que proyectaban la misma imagen; es decir, las ideas de propiedad y de soledad individualizada expresada de manera dramática. Poca gente ya le dedica una palabra a su compañero de infortunio de traslado. La mayoría se complace en el sueño mal llevado por tener que madrugar para llegar a tiempo al trabajo en el otro lado de la ciudad; el de más allá prefiere acompañarse de las imágenes de su teléfono móvil; y los demás ver el vacío mientras pensamientos indescifrables atraviesan por su mente.</p>
<p>En mi niñez recuerdo los viajes que hacía con mi padre hacia los lugares donde llevábamos a cabo diversas tareas rurales. Viajábamos en transportes colectivos, algunos con mayor comodidad que otros, pero donde algo nunca estaba presente: el silencio. Mi padre es uno de los seres humanos más curiosos y platicadores del planeta. Tenía aparte la vocación de entrevistador nato: comenzaba a platicar con alguno de sus compañeros de viaje y al final del traslado sabía la genealogía y actividad socieconómica de toda la parentela del nuevo conocido. Hizo muchos amigos, literalmente, en el camino.</p>
<p>Pienso en qué haría mi viejo si viviera en una ciudad como ésta, donde hablarle al otro pareciera un delito de lesa humanidad. Donde arrancar al otro de su aislamiento e integrarlo a la sociedad de los que se reconocen como iguales, entre otras cosas, porque aspiran a conocerse (antes de reconocerse) tenga como efecto una grosería o una mala cara. Mi padre sufriría mucho, sin duda alguna. Él vive en un pueblo pequeño. Donde se puede ir caminando a cualquier lado. Donde sabe los nombres y parte de las vidas de casi todos aquellos con los que se cruza en su camino. Donde sus horas de trabajo, en muchos sentidos, se combina con sus horas de esparcimiento. Donde todo mundo lo re-conoce.</p>
<p>Pienso en mi padre y entonces me permito soñar que mis últimos días los quiero pasar en un lugar donde el tiempo y el espacio no estén reñidos con las personas y su necesidad de re-conocerse. Ojalá y no se quede sólo en un sueño.</p>
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		<title>Las horas nalga</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:08:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mael Aglaia</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[agenda]]></category>
		<category><![CDATA[descanso]]></category>
		<category><![CDATA[entretenimiento]]></category>
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		<description><![CDATA[«Las horas frente al escritorio son ya personificación de una “cultural laboral”; sentados se levanta la ignominia: somos como trabajamos.»]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right; padding-left: 30px;">«Estoy sumergido (no me refiero a la Legación) en el mundo más raquítico, más vacío, más mezquino y repugnante, que pudo nunca concebir, en su sed de fealdad y crudeza, cualquier novelista realista.»<br />
—Alfonso Reyes (en correspondencia con Pedro Henríquez Ureña, 6 de noviembre de 1913; citado por Carlos Monsiváis en su prólogo de Alfonso Reyes) [1]</p>
</blockquote>
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<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/oficina.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-8958" title="oficina" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/oficina.jpg" alt="" width="395" height="300" /></a>A SOLO UN par de meses de desempeño como secretario de la Legación en París, Alfonso Reyes se quejaba de la «putrefacción oficinesca»; a su amigo Henríquez Ureña le escribe «¡Ay, Pedro, no podría yo pintar con colores bastante vivos el género de hombres que escriben a máquina junto a mí!». Depuesto el usurpador Victoriano Huerta, el mismo que mandara a Reyes a hacer un «paseíto al extranjero», con Venustiano Carranza, en 1914, el escritor deja tales menesteres y abandona así (por algunos años) esas sus rutinas de oficina. Escribe al respecto: «Nada prostituye tanto como esa seguridad del sueldo fijo, trabájese o no, y sin esperanza positiva de ascenso, del sueldo fijo recibido de las abstractas manos de una persona moral, que, por abstracta y moral, ¡se parece tanto a una providencia mantenedora de holgazanes y piojosos! ¡Dioses, libradme del contagio! ¡Ojalá me suceda algo gordo que me obligue a recomenzar por otro camino!»</p>
<p>Recientemente hay en internet una curiosa burla para con los empleados asalariados (sea en el sector público o privado) de México. Por medio de chistes alrededor de su rutinaria actividad laboral (y, sobre todo, social), no es raro encontrar en las redes sociales la mención de uno o varios <em>Godínez</em>. Así, con apellido se nombra y adjetiva a todo aquel que, la verdad sea dicha, hace de su trabajo una rutina tal que al final del día su vida es en sí esa rutina, ese trabajo; el trabajo lo hace rutina.</p>
<p>Acaso como Reyes pero en una versión mucho más pedestre y sin más ánimo que la ridiculización, las formas y maneras de este tipo de trabajadores son el contenido de cada chanza. Algunos consiguen algo más y se acercan a la ironía: a aquella que años atrás ya había sido pergeñada con el diminutivo de un apellido: <em>Gutierritos</em>.</p>
<p>Una telenovela —al fin México— donde el actor Rafael Banquells dio vida al protagonista de esta tragicomedia, un insulso Ángel Gutierrez, trabajador oficinista, que encarnaba esa «vida sin objeto» vista por Reyes, y que acaba sumergido en el diminutivo de su apellido, y muerto a la sombra de un rocambolesco éxito como escritor de un libro sentimental. Tan grande fue el éxito de esta telenovela que aún dos décadas después de su transmisión, 1958, no era raro bautizar en alguna oficina mexicana de los ochenta a no pocos <em>gutierritos</em>. En las postrimerías del siglo pasado, y ya entrado este, aquél otro apellido entra cada vez más en uso y termina por ser el heredero de este de telenovela.</p>
<p>Hoy día son estos llamados <em>godínez</em> los protagonistas de esas vidas rutinarias (y nada rutilantes): despertar, medio desayunar, ir al trabajo, terminar de desayunar, esperar por la hora de la comida (almuerzo), atender pendientes, dejar pendientes, decidir el lugar para comer, ir a comer, regresar, esperar la lejana hora de salida, comentar la comida, generar pendientes,  trabajar un poco, descansar, dormitar, hacer un reporte, pedir un reporte, esperar el reporte,  hablar por teléfono, hablar sin teléfono, mirar el teléfono, decorar el escritorio, alistarse para salir, salir, regresar a casa, recordar el tráfico, mirar la televisión, dormir. El vacío repleto de vida disfrazada de trabajo que no es trabajo pero que da trabajo.</p>
<p>En la edición internacional del <em>New York Times</em> del pasado 15 de marzo, Peter Catapano reporta la paradoja: se hace más cuando se hace menos. En esas «oficinas de guardia» se atenta no solo contra la salud y vidas privadas de empleados, sino también contra la productividad de la empresa. El autor recoge el testimonio de Erin Callan, a la sazón jefa ejecutiva de <em>Lehman Brothers</em> antes de su desplome en 2008, quien se sentía devastada al verse únicamente en su quehacer laboral: «lo que hacía era lo que yo era». Con un símil deportivo se arguye que así como los atletas de alto-rendimiento requieren de oportuno descanso, también las siestas y horas libres (i.e., sin oficina) ayudan a mejorar el rendimiento de un empleado, y su vida en general. Según el reporte, un estudio de la universidad estatal de Florida encontró que actores, atletas y músicos suelen obtener mejores resultados con máximo tres intervalos de 90 minutos al día: cuatro horas y media de trabajo efectivo.</p>
<p>En Alemania hay por supuesto oficinistas, sus jornadas laborales suelen ser las reglamentarias ocho horas; las pausas para comida, sin embargo, son en realidad de minutos (de veinte a cuarenta); la esperada hora de salida lo es no tanto por el fin sino por el medio: aprovechar las pocas horas de luz en invierno o las largas tardes del verano. El contagio que buscaba evitar Reyes se mantiene al parecer al margen con la ayuda del método y disciplina alemanes: trabajo es trabajo (cf. «Arbeit macht frei»). Los paseos, las parrilladas, las tertulias en tabernas, los pasatiempos como los juegos de mesa o el cultivo del huerto, siguen a la par de la oficina y brindan al alemán oficinista el escape de la rutina… aún de lunes a viernes.</p>
<p>De vuelta a México, hace unos meses (agosto de 2011) un video de un par de mujeres discutiendo con policías (dada su no-detención por ir manejando en estado de ebriedad) causó cierto revuelo por el supuesto origen de estas mujeres: Polanco, el barrio quizá más lujoso de la ciudad de México. Las señoras de Polanco (o «ladies de Polanco» como fueron bautizadas) les echaron en cara su condición a los policías en tres palabras: «asalariados de mierda». El insulto, venido de, se supo después, una mujer independiente y con dinero, resulta ser la vulgar comparsa de aquellos chistes de oficinistas, de aquel <em>ángel</em> con diminutivo, de aquellas, incluso, líneas de Reyes. La rutina por el salario hecha santo y seña, hecha cruz: vuelta vía crucis.</p>
<p>En la nota de Catapano hay un apunte del sabio Lao Tzu: «aquel que se aferre a su trabajo no hará nada que perdure… Solo haz tu trabajo y vete». Las horas frente al escritorio son ya personificación de una «cultural laboral»; sentados se levanta la ignominia: somos como trabajamos. El horario laboral es de vida y muerte, en él se nos va el ser. Sin irse, millones de empleados se quedan para seguir pasando lista (sin lograr pasar de listos). El chiste es encontrarle uno a todo aquello: ya ni siquiera quejarnos como otrora Reyes: sencillamente mofarnos. Tal es el escarnio de ochos horas triplicadas. El trabajo como forma de vida, ¿no queda sino reírse?</p>
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<p><strong>Referencias:</strong><br />
[1] FCE, 2005, México.</p>
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		<title>Los cinco momentos del día</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:07:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gerardo Sifuentes</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[agenda]]></category>
		<category><![CDATA[descanso]]></category>
		<category><![CDATA[entretenimiento]]></category>
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		<description><![CDATA[«Para mi es un hábito, y lo cierto es que me funciona; marcar estos cinco instantes diarios sirven de quiebre entre los eventos extraordinarios, alegres, íntimos, tristes, gloriosos o patéticos de la semana laboral. Si no puedo estructurar mi horario para acomodar el ritmo 8/8/8 al menos tengo estos puntos de referencia que me sirven de guía ¿cuáles son los suyos?» A través de una crónica del día a día, el autor nos cuenta los hitos que utiliza para saber que la vida no se ha convertido en rutina]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/RelojChequeador-e1364376998143.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-8916" title="RelojChequeador" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/RelojChequeador-e1364376998143.jpg" alt="" width="400" height="300" /></a>PARA MI ES un hábito, y lo cierto es que me funciona; marcar estos cinco instantes diarios sirven de quiebre entre los eventos extraordinarios, alegres, íntimos, tristes, gloriosos o patéticos de la semana laboral. Si no puedo estructurar mi horario para acomodar el ritmo 8/8/8 al menos tengo estos puntos de referencia que me sirven de guía ¿cuáles son los suyos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>5 am</em></p>
<p>Hasta hace unos años no me hubiera imaginado levantándome tan temprano de lunes a viernes. Claro que en una ciudad como esta para miles de personas resulta imprescindible, pero en mi caso la logística es diferente. No defiendo el famoso dicho sobre los madrugadores, es sólo que esto me sirve y muy bien. Tras sonar el despertador bajo al estudio, abro la libreta que contiene el diario y escribo lo primero que me viene a la mente; el sueño que tuve, la inquietud que me mantuvo despierto, lo que espero hacer en el transcurso del día, la anécdota interesante del día anterior, lo que sea que ronde por mi cabeza en el momento. Hay gente que reza al amanecer para sentirse segura, cada quién sus preferencias; escribir es quizá una de mis mejores maneras de recibir la mañana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>7 am</em></p>
<p>Los minutos del trayecto matinal entre la casa y la escuela son fundamentales en la formación de cualquier niño, o al menos eso quiero creer. Chistes, anécdotas, canciones, dudas, tal vez a mi hijo le guste la dinámica de la charla mientras manejo, o tal vez le importe un comino, todo dependiendo del humor en el que se encuentre: mientras tengamos esta oportunidad habrá que aprovecharla. Hay veces en las que nos hacemos confesiones, en otras hay risas y por supuesto algunas lágrimas; todos los días el viaje será de alguna forma distinto, y espero sea un episodio para conocernos un poco más y del que tengamos un gran recuerdo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>7:40 am</em></p>
<p>Soy de los pocos que han llegado a un arreglo civilizado en el trabajo para entrar temprano y en consecuencia salir también a una hora decente. Mientras a esta hora todavía muchos se enfrentan al tránsito de rigor, unos cuantos ya tenemos los monitores encendidos; vivir cerca de la chamba es una gran ventaja. Tras revisar los correos, tweets, feeds y links recomendados, sigue un rato de lecturas vertiginosas, barrer con el radar entre la abundante maraña de información datos que realmente demuestren potencial para un artículo, una entrada de blog, un tweet; nunca antes el olfato para esta clase de temas fue tan importante. Es el momento en el que se encuentra un tema –no necesariamente popular– o un disco o canción que te acompañarán obsesivamente durante el resto del día.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>13.30 pm</em></p>
<p>El tiempo pasa rápido cuando mantienes la cabeza ocupada. Entre la revisión de textos, escribir un artículo, verificar fuentes y buscar más notas siempre hay momentos para arreglar la cita con el dentista, el pago en línea o la pelea con los analfabetas funcionales de algún centro de atención telefónica bancario; la pausa de la comida llega como el medio tiempo de un aguerrido partido de americano, donde de acuerdo al balance será momento para plantear una nueva estrategia. Es entonces que me concentro en rodear la que quizá sea la cuadra más larga y solitaria de la zona; si el clima lo permite, los 15 minutos que tardas en recorrerla son un gran momento para pensar en el presente y reordenar las prioridades del futuro inmediato. A veces me quedo a leer, sobre todo cuando estoy clavado con alguna novela, algo que me tranquiliza bastante cuando el día ha sido una mierda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>21.45</em></p>
<p>La contraparte del ritual matutino ocurre dos horas antes de dormir; en este tiempo también escribo, pero a diferencia de la primera hora de la mañana, esta vez se trata de ficción o ensayos, y en vez de libreta uso la computadora; en comparación con el trabajo ordinario, aquí la máquina no estará conectada a Internet. Según el trabajo, una parte de este tiempo estará dedicado a continuar con las lecturas pendientes. Al terminar, con suerte dormiré cinco de las ocho horas que recomiendan, no seguidas por supuesto, ya que siempre existen interrupciones o insomnios acechando; en el fin de semana me desquito.</p>
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]]></content:encoded>
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		<title>¡Quememos los libros de Paulo!</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:06:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián L. Alexander</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[agenda]]></category>
		<category><![CDATA[descanso]]></category>
		<category><![CDATA[despistado]]></category>
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		<category><![CDATA[oficina]]></category>
		<category><![CDATA[Paulo Coelho]]></category>
		<category><![CDATA[productividad]]></category>
		<category><![CDATA[tiempo libre]]></category>
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		<description><![CDATA[«No pierdas el tiempo te dice todo el mundo en todos lados. Orden, debes tener orden, dicen. Orden, siempre orden, y perder el tiempo es falta de orden. Y tanto nos impacta el hecho de perder el tiempo, y más aun por la falta de orden, que acabamos acojonados y con sentimiento de culpa; y en mi caso hay algo que hace que se me remuevan las vísceras, por lo que termino buscando en las fuentes de la sabiduría que me ayude a controlar ese resquemor. Acudo a los libros, pero siempre acabo con los [libros] de autoayuda, y de ahí llego a los libros de Paulo Coelho, que son lo «más mejor» de esas cuestiones, según mucha gente que me aconseja. Así de grave es el tema. Y yo estoy jodido, no solo por buscar ayuda en esos los libros sino, también, porque soy despistado.»]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/04/libroQuemandose.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9047" title="libroQuemandose" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/04/libroQuemandose.jpg" alt="" width="400" height="300" /></a>NO PIERDAS EL tiempo te dice todo el mundo en todos lados. Orden, debes tener orden, dicen. Orden, siempre orden, y perder el tiempo es falta de orden. Y tanto nos impacta el hecho de perder el tiempo, y más aun por la falta de orden, que acabamos acojonados y con sentimiento de culpa; y en mi caso hay algo que hace que se me remuevan las vísceras, por lo que termino buscando en las fuentes de la sabiduría que me ayude a controlar ese resquemor. Acudo a los libros, pero siempre acabo con los [libros] de autoayuda, y de ahí llego a los libros de Paulo Coelho, que son lo «más mejor» de esas cuestiones, según mucha gente que me aconseja. Así de grave es el tema. Y yo estoy jodido, no solo por buscar ayuda en esos los libros sino, también, porque soy despistado.</p>
<p>Al ser despistado por naturaleza, tiendo al desorden y, en consecuencia, no aprovecho el tiempo. Cuando adolescente ―esa época en la que te estás formando y te montas tu sistema de creencias que funcionaran para (casi) el resto de tu vida― yo me sentía mal por ser despistado. Me olvidaba de las cosas sin más: poner un título al escrito de una tarea de la escuela, comprar los huevos cuando solo tenía que comprar huevos u olvidaba donde había puesto algo que recién tenía en la mano. Ahora me olvido de los nombres, no me acuerdo de lo que me cuentan mis amigos, y cuando me lo vuelven a contar respondo con sorpresa un «anda, no jodas». Me dicen que ya me lo habían contado y les digo que ni en broma me hubiera olvidado que Susanita se ha liado con Menganito (más aún porque la Susanita está muy buena y Menganito es muy feo). Me olvido las llaves, o simplemente las pierdo. He tenido que repartir copias de llaves, y seguramente la mitad de Madrid tiene una copia de la entrada de mi casa. Ser despistado me ha llevado a perder dinero (una vez fui a un cajero automático, tecleé la cantidad que quería y esperé, recogí la tarjeta y el comprobante y dejé el dinero en la ranura de la maquina. Claro, cuando regresé al cajero ya no había billetes), perder besos por no estar atento a las insinuaciones de la chica en cuestión y hasta perder trabajos. Pierdo los trenes o los autobuses para ir a un compromiso, pierdo los libros que llevo en la mano, pierdo la paciencia y pierdo relaciones personales. Y pierdo el tiempo. Perder el tiempo es ver la televisión, ir al cine o mirar el movimiento del caracol en el pasto.</p>
<p>Tanto impacta en la sociedad, y tan arraigado está eso de ser ordenado y de no perder el tiempo que las madres recomiendan a sus hijos estudiar algo de lo que vayan a poder vivir, algo que «sea útil», que no pierdan en tiempo. En las empresas se paga a otras grandes empresas para ser más eficientes, para hacer las cosas más rápido y mejor. No se puede perder el tiempo, el tiempo es oro. La respuesta debe ser inmediata, el cliente siempre se debe sentir atendido. La respuesta inmediata es bien valorada, ya sea en una reunión de trabajo o en una charla con los amigos, si no contestas rápido eres tonto. Hasta con los amigos debes contestar rápido. Cuando alguien te dice algo que identificas viene con doble sentido, un albur, sabes que tienes que contestar casi instantáneamente termina la frase. Y yo que siempre fui despistado y no me aprendía las respuestas, ni siquiera las  predefinidas, perdía siempre. Perdía la guerra dialéctica y el respeto del grupo. Todo debe ir rápido y todo debe tener un orden. Sí, rápido, no pierdas el tiempo. La noticia debe volar sin importar si es verdad. Existe la ruta crítica, el camino más corto para acabar una serie de tareas, y se paga mucho por gestionarla bien. Hay que gestionar proyectos sin perder el tiempo, porque el tiempo significa también dinero. Y entre tanta necesidad de orden y rapidez nos sentimos perdidos: todos debemos ser más eficientes. Está el mandato mundial de no perder el tiempo por lo que busco soluciones y comienzo a leer libros de auto superación personal, y como yo, muchísimos. Están los «7 hábitos de las personas altamente efectivas» que lista treinta y dos principios de acción, que, una vez establecidos como hábitos ayudarán al lector ―persona completamente llena de culpa por no saber aprovechar el tiempo― «a alcanzar un alto nivel de efectividad en los aspectos relevantes de su vida».  Otras de las principales enseñanzas que saco de los libros de autoayuda son las listas en general, las libretas de apuntes y las agendas para tener orden&#8230; También hay que madrugar para el trabajo, y mantener el madrugón durante 21 días seguidos para que se vuelva un hábito. Y de ahí a los libros de coaching en el trabajo, la familia, el ocio y la pareja. El sentimiento de culpa nos puede, y ahora también somos conscientes y tenemos la certeza de ser idiotas por completo: seguimos perdiendo el tiempo, pero ahora también sabemos que no tenemos hábitos, que no sabemos comunicarnos bien, que somos terriblemente ineficientes y que estamos mal follados. Somos lentos y desordenados, y los hay que somos despistados. Esa  terrible enfermedad que te hace repetir las cosas, y eso te hace perder el tiempo -o al menos yo lo pierdo- por naturaleza. Si por lo menos fuera procrastinador por convicción, pero ni eso, lo soy por genética.</p>
<p>Tenemos más de ocho horas de trabajo ―que me parecen muchísimas―, y aun así tenemos que hacer horas extras que no nos pagan. Si te vas a tu hora te miran feo: «no estás entregado a la empresa», eres poco profesional, entonces sales corriendo después de tu jefe, porque no  aguantas el mal de ojo laboral, a clases de lo que sea que te gusta porque irte directo a la cama es no tener vida. Es vivir para trabajar y no trabajar para vivir, y no lo puedes soportar. A mí, las vísceras me siguen crujiendo pero como no tengo energía para la clase de baile y he decidido que no puedo ir a yoga porque me quedo dormido, y eso es perder el tiempo. El resquemor es mayor. Busco en mi mente las lecciones aprendidas y me acuerdo de lista, agenda y orden. La cabeza solo me da para ir al bar a beber una cerveza mientras veo lo que ponen en la pantalla del lugar y llamar a mis amigos que están igual de cansados, con el mismo sentimiento de culpa sobre la pérdida del tiempo, igual de frustrados por no ser altamente eficientes y, por supuesto, todos mal follados. Nos bebemos las cervezas, y la vida. Llego a casa, le doy un beso a mi chica, que antes coordinó conmigo usar esa tarde para ver a su vez a sus amigas, que están todas igual que mis amigos. Me lavo los dientes y me duermo en el primer renglón de la primera página de la novela que inicié hace meses. Y sueño. Y mi sueño resulta ser un sueño común: soñamos con dejarlo todo, con mandar a la mierda el trabajo, ganarnos la lotería e irnos a una playa paradisiaca ―que, curiosamente, está llena de chicas y chicos modelos― en la que ponemos un puesto de hamacas. Y duermo ―y vivo― jodido. Y así muchos, no tenemos vida por no saber aprovechar el tiempo, por perderlo, por derrocharlo. Por no tener orden. Recién me levanto de la cama y quemo la novela que nunca leí y vuelta a empezar: compro más libros de autoayuda, y de ahí, llego donde Coelho.</p>
<p>No tengo ningún problema con el señor Coelho, de hecho le tengo envidia, de la mala. De esa que desea tener todo el éxito y lectores que él tiene, el dinero y, por supuesto, todas las reglas que tan ligera y rápidamente dice para vivir feliz y sin problemas. Le tengo envidia por tener la clave para no perder el tiempo, o al menos eso leo en todas las grandes frases que le gente repite en su nombre, que son muchas y muy… bonitas. Recuerdo que una vez leí un libro de él, y recuerdo que vomité. Las vísceras que muy pocas veces se dejan de mover. También es cierto que intentaba aprovechar el tiempo e iba leyendo y comiendo unos tacos de tripa de vaca en el transporte público. Hay quien me dice que fue por los tacos, yo estoy seguro que fue tanta sabiduría acumulada en el libro. No juzgo a quien le gusta leer al brasileño, los que queremos que aumente el índice de lectura decimos que mejor se lean best-seller a que no se lea. Supongo que también aplica esto a los manuales de auto ayuda, pero si la solución a ser más eficientes, no perder el tiempo y, en consecuencia, no se muevan las vísceras pasa por esas soluciones, no hay duda que perder el tiempo es una de las peores enfermedades del mundo, y va a ser muy jodido curarla. Aun así no desisto, busco ayuda y sigo con ello. Como no me acuerdo de nada del libro de Coelho miro en internet y lo primero que encuentro es muy… motivador: «Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla.» Las vísceras vuelven al crujir, y recuerdo que lo que yo quiero es atender al mandado mundial de no perder el tiempo, por lo que espero que el universo entero se alinee para ello.</p>
<p>En temas de orden admiramos a los países anglosajones y su cultura tan eficiente. Van, trabajan, comen en un cuarto de hora y frente al ordenador, y salen a las 4 de la tarde de la oficina. Nos damos de topes contra la pared cuando alguien nos hace esperar. Y nos ahogamos en alcohol cuando recordamos que preferimos estudiar algo que nos gustaba en vez de ser controladores aéreos, trabajar 10 días al mes y ganar 100,000 euros. A esto se refieren las madres cuando te dicen que estudies algo que «sea útil».  La sabiduría está en los libros, me repito, y vuelvo a buscar ayuda. La tercera tiene que ser la vencida, seguramente habré leído malos libros de autoayuda, así que busco la lista de los 10 mejores [1] y me los echo todos en una noche, no quiero perder más el tiempo. Termino, pero me sigo sintiendo igual, las vísceras siguen fastidiando y siento como si fuera a vomitar. Seguramente no fue la lectura, en la noche cené, y aunque ahora no fueron tacos de tripa si tenían alto porcentaje calórico: unos kebabs y unos cereales de esos de gomitas de colores.</p>
<p>Como yo, hay muchos, miles, millones, me atrevo a decir billones. Somos despistados, poco eficientes, conscientes de ello y ahora tarados por no saber solucionar el tema. Y me doy cuenta que lo único que puedo hacer es dejar de leer los libros de auto ayuda, incluido a Coelho. Así pues, no encuentro soluciones contra el mal que me acecha. No es agradable saber que pierdo el tiempo ni sentir las vísceras protestar cada 10 minutos. Sartre cuenta en «La náusea» que en la vida en general es tremendamente nauseabundo dejarnos llevar, en este caso atarnos al imperativo del correr para no perder el tiempo. Pero también nos dice que es imposible controlarlo todo, lo heroico llega de lo poco que elegimos. Así que en todo ese caos de horarios, desorden, despistes y vísceras en movimiento me he tomado muy en serio no perder el tiempo, daré un giro en mi carrera ―que el trabajo es lo único a lo que le podemos dedicar horas, pues ni el descanso ni el ocio están permitidos―, y me dedicaré de forma profesional a mirar el movimiento del caracol en el pasto, iré al cine, leeré novelas y cuentos y veré en la pantalla del bar mientras bebo cervezas con los amigos que en una playa paradisíaca donde solo hay hamacas, unas modelos hacen un mitin y sostienen pancartas que dicen: «¡Quememos los libros de Paulo!»</p>
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<p><strong>Notas:</strong><br />
[1] Existe, existe… la lista de <em>Los diez mejores libros de autoayuda</em> http://www.abc.es/20120525/cultura-libros/abci-diez-libros-autoayuda-201205231655.html</p>
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		<title>Manifiesto del Aplazamiento Oportuno</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:05:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Opinión]]></category>
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		<category><![CDATA[procrastinación]]></category>
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		<description><![CDATA[LA BARRA INTERMITENTE del procesador de texto es mi electrocardiograma de todos los días. Tenga o no fecha de entrega, mi relación con Word ha sido más duradera que con mis propios padres: siempre hay algo que escribir, algo que revisar, una corrección pendiente o una traducción por entregar. Ya sea que trabaje desde casa u oficina, la experiencia me ha llevado a guardar la agenda en una suerte de nube que se actualiza todo el tiempo y que nunca termina. Incluso así (en teoría organizada) hay un pendiente que ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/04/crucigrama.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-9045" title="crucigrama" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/04/crucigrama.jpg" alt="" width="400" height="267" /></a>LA BARRA INTERMITENTE del procesador de texto es mi electrocardiograma de todos los días. Tenga o no fecha de entrega, mi relación con Word ha sido más duradera que con mis propios padres: siempre hay algo que escribir, algo que revisar, una corrección pendiente o una traducción por entregar. Ya sea que trabaje desde casa u oficina, la experiencia me ha llevado a guardar la agenda en una suerte de nube que se actualiza todo el tiempo y que nunca termina. Incluso así (en teoría organizada) hay un pendiente que me carcome los cronogramas y me atrasa cualquier cita, me estimula la creatividad y parece silenciarla cuando llega el momento de verter ideas en el tipi-tap de la escritura: la procrastinación. Antes, en Twitter, hablaba tanto sobre procrastinar que me dio una pena inmensa cuando un amigo me dijo que por qué utilizaba tanto la palabra. En ese entonces me censuré, me costó trabajo aceptar que consumía el doble de energía y tiempo entre la planeación de hacer algo para luego ponerlo en práctica. Posteriormente, me di cuenta de que así son las cosas y ahora me presento ante el mundo con la bandera orgullosa del Aplazamiento Oportuno en este manifiesto: es un estilo de vida, no un error.</p>
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<p><strong>El tiempo y el espacio lo son todo</strong></p>
<p>La coherencia arroja pedirle a Zeus que nos conceda días de 36 horas. A menos de que haya un cambio en las revoluciones del Sistema Solar, se tiene que entender que cosas como el café de la mañana toman tiempo, son rituales. Aunque impliquen tomar tres tazas calientitas con fruta y/o lecturas insertadas. Cuando el trabajo de uno o una implica sentarse en una computadora a elaborar un proceso, resulta vital que el área de trabajo se encuentre en óptimas condiciones. Y no lo digo yo, lo dice cualquier manual de procedimientos de oficina o laboratorio, es sentido común. Un espacio coherente de trabajo implica tener a la mano cualquier referencia bibliográfica que pueda resultar útil. Lo anterior cubre desde un diccionario de lengua hasta el teléfono de un restaurante a domicilio. Para que un experto pueda trabajar, es fundamental entender que si no se tiene todo a la mano, no sirve. Ahora bien, para trabajar, también es importante que exista un poco de orden en este mundo de opciones literalmente a la mano. Por eso hay que tomarse el tiempo de acomodar las plumas por colores, tipo y tamaño, los cuadernos y las notas deben de ir en el lugar de tu preferencia y los libros, notitas, teléfonos celulares y cualquier otro elemento también.</p>
<p>Sin Feng Shui no hay progreso.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Burgueses y proletarios</strong></p>
<p>La gente que trabaja en oficina se percibe superior a los independientes, y viceversa. Los que vertieron la seguridad de sus éxitos en las conversaciones en BlackBerry, en juntas y en pláticas junto a la cafetera comunal se postran frente a los ropajes suaves de los independientes, meneando la cabeza en negativa cuando hablan de sus Converse sucios en las reuniones obligatorias en T.G.I. Friday’s, etiquetándolos como proletarios sin compromisos. Los independientes, por su lado, se molestan con los sistemas y evitan los tacones, comen a deshoras y se burlan de las incapacidades del Seguro Social ante los dolores de muela, se drogan en martes y trabajan en pijama, quejándose de los oficinistas y sus sistemas de esclavitud. La realidad es que todos somos uno, hermanos, y el Aplazamiento Oportuno existe en ambas facciones: los tiempos de entrega en viernes para los independientes los revisan los trajeados hasta el lunes, la digitalización de los procedimientos ha economizado únicamente el reencuentro entre estos mundos pues el protocolo de pago seguirá siendo el mismo. Entre los anteriores, la lista de ejemplos se vuelve interminable y la conclusión es que un mundo depende del otro.</p>
<p>Más allá de burguesía y proletariado debe hablarse de proveedores de servicios de oficina o proveedores independientes que, sea uno u otro, funcionan con las distracciones propias de cada ecosistema: toma el mismo tiempo ir a sacar tres juegos de copias que ver un capitulito de Los Simpson entre obligaciones.</p>
<p>No importa dónde y con quién estés, todos tenemos nuestros rituales favoritos para perder el tiempo.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Literatura del Aplazamiento Oportuno</strong></p>
<p>A mayor formación, mejores argumentos, y la formación es multidisciplinaria. Aquellos que leen el diario y se convierten en intelectuales tienden a olvidar que el mundo de los intocables también existe. La agenda política va de la mano con la social y la lectura es imprescindible. La clave de la vida se encuentra en leer todo a nuestro paso y eso implica darle voz a cualquier texto en nuestra mente. El paso obvio a seguir es seleccionar los contenidos a reciclar y dejar con Pandora los horóscopos. La artillería pesada, además de formarse con literatura, se forma con contexto. El mayor pecado de la intelectualidad es su categoría de selectiva. Todos los días leo en las redes cómo la gente ha dejado de leer para replicar. Cada quién tendrá su propio déficit de atención en cuanto a la información que decide procesar. No debe dejarse de lado el tiempo de lectura, sin importar el número de caracteres que tenga: mientras más letras, menos verborrea.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>La actitud de los aplazadores ante la oposición</strong></p>
<p>La ignorancia es sabiduría, por lo tanto, el cerebro de los ignorantes se encuentra preparado para generar opiniones. La opinología censura la procrastinación como pérdida de tiempo y falta de concentración, no obstante, el procedimiento debe carecer de restricciones mientras se cumplan los compromisos. Por lo tanto, podemos comenzar por no etiquetar de errores cosas como levantarse constantemente de la silla, cuando es una ejercitación de los muslos. Tampoco lo es buscar el teléfono por todas las instalaciones, es una optimización de las vías de comunicación. El procrastinador es oportuno y creativo y la previsión se traduce en un accionamiento correcto de los procedimientos y, por ende, imprime un control de calidad al trabajo de cada uno. Es de neandertales esperar una generación espontánea de los beneficios de un trabajo; la procrastinación de las cosas es la gestación de un logro personal, superior y formado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por ende, hermanos, más allá de latiguearnos por supuestamente perder el tiempo, volvamos constructivas nuestras pausas del día, pensemos en ellas y reguémoslas como la planta del estilo de vida. No es una pérdida de tiempo, es un Aplazamiento Oportuno y está disponible para todos, anda párate del escritorio, no pasa nada.</p>
<p>Mi nombre es Denisse Espejel y soy una Aplazadora Oportuna, ¿y tú?</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>TOCADISCOS: El tiempo se acaba</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:04:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rolando Mendoza Fajardo</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Columna]]></category>
		<category><![CDATA[agenda]]></category>
		<category><![CDATA[descanso]]></category>
		<category><![CDATA[entretenimiento]]></category>
		<category><![CDATA[horarios]]></category>
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		<description><![CDATA[«Realmente tenemos muy poco tiempo para dedicarlo a uno mismo, para hacer lo que realmente nos gusta, ¡para escuchar música! El tiempo es así, no tiene piedad, inconsciente de nuestra frustración, sordo a nuestras quejas. [...] ¿Qué hacer ante esa falta de tiempo? ¿Qué discos deberíamos escuchar? En este punto tendríamos que ser eficaces». Una lista de discos para adentrarnos luego en discografías completas]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/06/vMusicaRecomen.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3425" title="COL_Tocadiscos" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2011/06/vMusicaRecomen.jpg" alt="" width="219" height="320" /></a>SUENA EL DESPERTADOR y empieza nuevamente el ritual, esos minutos de lucha con la cama antes de levantarse parecen interminables, al final me levanto y pienso en lo que me toca hacer hoy, me viene a la mente lo rutinaria que es la vida para la mayoría de los currantes como yo, hacer lo mismo día tras día de forma repetitiva, siempre los mismos preparativos antes de ir a trabajar, el mismo viaje, el mismo camino a la oficina día tras día. Una vez en la oficina, hay que cumplir nuestra jornada, algunas veces muy tediosas y estresantes, ¡pero qué nos queda!, es lo que paga las facturas. Al terminar la jornada, empieza la vuelta a casa, con la ilusión de descansar y despejar la mente, ¡pero es todo lo contrario!, nuevamente hay que hacer más cosas, hay que hacer las compras, hacer la comida, etc.</p>
<p>Realmente tenemos muy poco tiempo para dedicarlo a uno mismo, para hacer lo que realmente nos gusta, en mi caso me queda muy poco tiempo para leer, para salir, hacer deporte y lo que es peor para mí, ¡para escuchar música!, disfrutar escuchando un buen vinilo en la tranquilidad del hogar. El tiempo es así, no tiene piedad, inconsciente de nuestra frustración, sordo a nuestras quejas.</p>
<p>¿Qué hacer ante esa falta de tiempo? ¿Qué discos deberíamos escuchar? En este punto tendríamos que ser eficaces, empezando por los discos imprescindibles que sean el punto de partida para adentrarnos luego en discografías completas. Para facilitar este trabajo, voy a proponer algunos discos (que espero que sean de su agrado), y que esta lista crezca también con sus recomendaciones y comentarios. Solo quiero aclarar que la lista no tiene ningún orden en especial.</p>
<p>Empiezo con un disco monumental del hard rock, el “Burn” de Deep Purple, aunque para muchos el álbum “In Rock” es el disco fundamental de esta banda británica, pienso que el “Burn” está a la misma altura, además de ser más variado gracias al aporte de los nuevos miembros de la banda. Es turno del álbum “IV” de Led Zeppelin, se han escrito innumerables críticas y reseñas de este disco y nunca se podrá plasmar en tinta lo que este disco significa para el amante del rock, este disco envejece pero cada vez suena mejor, una obra maestra y un disco irrepetible. Es momento de hablar de los majestuosos Queen y -a mi entender- de su obra más redonda y perfecta “A night at the Opera”, disco que contiene una de las canciones más conocidas, cantadas y versionadas en todo el planeta “Bohemian Rhapsody”, pero el disco no solo es eso, es una conjunción de canciones como perlas, muy variado musicalmente y que elevó al rock a otro nivel. Doy paso a los incendiarios “The Who”, con una discografía con muchos discos épicos, sugiero empezar por el “Who’s next”, un disco atemporal, este disco tiene un sonido adelantado a su tiempo incorporando el uso de sintetizadores, algo novedoso para la época y que en la actualidad suena tan moderno que nadie pensaría que fue grabado en 1971, otro punto a favor de este disco es la portada del álbum, todo un clásico. Black Sabbath, para muchos cambió el rock, acentuando su lado más duro y oscuro, nunca la música sonó tan malvada, la etapa Ozzy es -para muchos- la más clásica y recomendada, sin embargo yo sugiero empezar con el gran “Heaven and Hell”, un disco que dio un nuevo aire a la banda, demostrando -10 años después de su primer álbum- que seguían siendo los padres del metal. Vuelvo a los 70 y me adentro a sonidos más profundos y complejos, turno para Yes y su obra maestra llamada “Fragile”, virtuosismo en cada minuto del álbum, un disco muy complejo pero que al escucharlo pasa como un suspiro, contiene para mí la mejor canción del rock progresivo “Heart of the Sunrise”, una canción por la cual cualquier banda mataría solo por componer una canción con la mitad de esa calidad. Continúo por los mismos sonidos y es momento de presentar a Pink Floyd, no me queda mucho por agregar que antes no se haya dicho, con una discografía casi perfecta y con obras monumentales, sugiero empezar por el “Wish you were here”, un disco con el que la banda termina de configurar su sonido que había conseguido con su álbum anterior. El “Nursery cryme” certifica lo grande que fue Genesis en los 70, en este disco inician una nueva etapa con la llegada de Phil Collins y Steve Hackett, el nuevo sonido que alcanza la banda a partir de este disco es único, mágico, místico, fundamental para el rock progresivo. En el año 1972 aparece un disco que rompe esquemas, el “The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” de David Bowie, este disco cambia el rock-pop, es un disco conceptual, en el que Bowie da vida a un personaje a su imagen y semejanza, nos narra la historia de un mesías que viene de otro universo a salvar a la tierra, pero que finalmente no lo consigue, con este disco Bowie se convierte en uno de los artistas más importantes en la historia del rock.</p>
<p>Por espacio y para evitar el cansancio de los que han llegado hasta este punto, pasaré a nombrar más discos que están a la misma altura de los anteriormente mencionados, todos estos merecen el mismo reconocimiento y escucha. El “Trilogy” de ELP, el “London Calling” de The Clash, el “Hotel Californa” de Eagles, el “Electric Warrior” de T.Rex, el “Born to run” de Bruce Springsteen, “Marquee moon” de Television, el “Abbey Road” de The Beatles, el “Moving pictures” de Rush, el “OK computer” de Radiohead, el “Escape” de Journey, el “The number of the Beast” de Iron Maiden, el “Master of Puppets” de Metallica, el “Mirage” de Camel, el “Red” de King Crimson, el “Images and Words” de Dream Theater, el “Back in Black” de AC/DC, el “Thick of a brick” de Jethro Tull, el “Sticky Fingers” de los Rolling Stones, el “Jailbreak” de Thin Lizzy, el “Eldorado” de ELO, el “Nevermind” de Nirvana, el “Origin of Symmetry” de Muse, el “Toto” de Toto, el “Parachutes” de Coldplay, el “Vital Signs” de Survivor, el “Misplaced childhood” de Marillion, el “Crime Of The Century” de Supertramp, el “Demons and Wizards” de Uriah Heep, el “Leftoverture” de Kansas, el “Never turn back on a friend” de Budgie, el “Bad Company” de Bad Company, el “Ready an&#8217; Willing” de Whitesnake, el “Town and country” de Humble Pie, el “Is This It” de The Strokes, el “Hot rats” de Frank Zappa, el “Ten” de Pearl Jam, el “Appetite for Destruction” de Guns’n Roses, el “Vulgar display of power” de Pantera, el “Angel dust” de Faith no more, el “Mood Swings” de Harem Scarem, el “Keeper of the seven keys Pt.I” de Helloween, el “4” de Foreigner, el “Disraeli gears” de Cream, el “Blue Öyster Cult” de Blue Öyster Cult, el álbum rojo de Grand Funk, el “1984” de Van Halen, el “Definitely maybe” de Oasis, el “The Doors&#8221; de The Doors, el “British steel” de Judas Priest, el “Long live to rock and roll” de Rainbow, el “Icon” de Paradise Lost, el “Dark matter” de IQ.</p>
<p>La lista es larga, lo sé y es de agradecer, hay mucho material por investigar y escuchar, esto sería solo el comienzo, una ayuda por donde empezar. ¿Se han dado cuenta de que el tiempo sigue pasando y ya se han gastado muchos minutos desde que han empezado a leer este artículo?, si valoran su tiempo, escuchen todos los discos de la lista, nadie les quitará el placer de haber ganado tiempo al tiempo.</p>
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		<title>Hugo Chávez: Ya no se callará jamás</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:03:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrés Margolles</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Perfil]]></category>
		<category><![CDATA[Internacional y Economía]]></category>
		<category><![CDATA[Chávez]]></category>
		<category><![CDATA[Mar del Plata]]></category>
		<category><![CDATA[política]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>

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		<description><![CDATA[Con la muerte de Hugo Chávez, desaparece el hombre, el líder latinoamericano. Pero se afianza y queda impregnado, para siempre, su discurso: la unión latinoamericana.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_8927" class="wp-caption alignleft" style="width: 410px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/6.02_eventoMardelPlata-e1364388031399.jpg"><img class="size-full wp-image-8927" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/6.02_eventoMardelPlata-e1364388031399.jpg" alt="" width="400" height="250" /></a><p class="wp-caption-text">Pancarta mostrada durante la Cumbre de las Américas, en Mar del Plata en 2005</p></div>
<p>Quizás sea injusto, pero lo cierto es que un gesto, una frase, una palabra en el momento justo, suelen ser la mejor síntesis para definir una figura, una trayectoria, un personaje.</p>
<p>En el caso de Hugo César Chávez, el Presidente venezolano fallecido el 5 de Marzo de 2013 tras enfrentarse durante casi dos años a un cáncer de colon, la frase que mejor lo sintetiza, casualmente, no la pronunció él, sino Juan Carlos I, el Rey de España.</p>
<p>Corría el año 2007 y se celebraba en Santiago de Chile la 17º Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. El fuerte discurso antiimperialista que ya se estaba imponiendo en Latinoamérica hacía incómoda la presencia española en dicha Cumbre, estratégica para los muchos intereses económicos que tiene en la región.</p>
<p>Así las cosas, durante la reunión, televisada para todo el mundo, al Rey de España se le escapó un exabrupto; cansado de las constantes interrupciones de Chávez mientras el Presidente español tenía la palabra, le espetó un grosero y desubicado: «¿¡Por qué no te callas!?», al venezolano.</p>
<p>Ese exabrupto encerraba, en cinco palabras, no solo el sentimiento de España, sino el del resto de los países poderosos del Mundo, a los que Chávez venía acusando directamente de las miserias del Resto.</p>
<p>Su discurso, combativo, estaba apoyado por una realidad venezolana que fue cambiando diametralmente desde su llegada a la Presidencia. Algunos datos contundentes son: la pobreza extrema ha disminuido del 21% al 7% en 10 años; el desempleo, del 17% al 8%; el salario mínimo ha pasado a ser el segundo más alto de Latinoamérica; y, el dato más revelador, la matriculación universitaria creció un 300%.</p>
<p>Pero lo que lo diferenciaba, es que esa política interna, que con tanto éxito había conseguido implantar en Venezuela, estaba y está pensada como un modelo latinoamericano. Y supo que era imposible mantener esa política sin el apoyo del resto del continente, por lo que su discurso apuntó siempre hacia allí, hacia la unidad en busca del mismo objetivo, en países que comparten los mismos problemas.</p>
<p>Con un discurso bolivariano, se dedicó a unir a Latinoamérica, a convencerla de que actuara en la esfera internacional como «un todo», para defenderse mejor de los poderes políticos y económicos que desde los Estados Unidos y Europa intentaban imponer sus intereses en América.</p>
<p>Ya en 2002, cuando recién llevaba 3 años como Presidente de Venezuela, la primera potencia mundial, los Estados Unidos de América, organizaron un golpe de estado (como los que solían organizar en la década de 1970) para callarlo. El golpe, a punto de triunfar, fue detenido por la férrea resistencia del pueblo, que salió a las plazas, y no las abandonó, a pesar de los francotiradores, hasta que Chávez fue liberado.</p>
<p>Su mayor victoria política a nivel continental fue acabar con el proyecto norteamericano del ALCA (Área del Libre Comercio de las Américas), que consistía en llevar a Latinoamérica un tratado económico que, en la práctica, permitía a los productos norteamericanos hacerse con ese mercado, condenando a las industrias latinoamericanas a sucumbir ante la «libre competencia» de dichos productos. Fue en Mar del Plata, Argentina, en 2005, cuando la presencia de Chávez, Lula y Kirchner, permitió establecer un discurso latinoamericano y el proyecto del ALCA fue derrotado ante la espantada de George Bush.</p>
<p>Ese fue su mensaje: unir al pueblo latinoamericano en busca de su propio futuro. Ese fue el mensaje que lo convirtió en el «diablo» a los ojos del <em>establishment</em> internacional. Esa es la voz que hubiesen querido callar. Esa voz que se oyó como nunca antes en Latinoamérica, será su mayor legado. Esa voz ya no se callará jamás.</p>
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		<title>Estambul: azulejos de luz azul</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:02:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuela della Fontana</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Cartas de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Atatürk]]></category>
		<category><![CDATA[Bósforo]]></category>
		<category><![CDATA[especias]]></category>
		<category><![CDATA[Estambul]]></category>
		<category><![CDATA[Pamuk]]></category>
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		<description><![CDATA[«Pero que no te contagien la nostalgia: camina por sus calles torcidas, desconchadas, de viejo pavés, enrédate en miradas que no te dejan indiferente y así, sin querer, topas con esos pescadores que invaden con sus cañas el Puente Gálata, con ese fuerte olor a mar que inunda el aire. Y aún así te decides a probar el pescado, un caldero lleno y una plancha, ni siquiera puedes llamarlos puestos de comida rápida. Los turistas se agolpan esperando en los muelles para montarse en cualquiera de los barcos que a modo de crucero les pasearán furtivamente por el Bósforo.»]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_8905" class="wp-caption alignleft" style="width: 360px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/ilustracionCristinaSanchez1.jpg"><img class="size-full wp-image-8905 " title="ilustracionCristinaSanchez1" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/ilustracionCristinaSanchez1.jpg" alt="" width="350" height="350" /></a><p class="wp-caption-text">&#8220;Karagöz, las sombras y Estambul&#8221; Ilustración: Cristina Sánchez Reizábal | cristinasanchezreizabal.blogspot.com.es</p></div>
<p>HAY LUGARES QUE sin darte cuenta te atrapan para siempre. Una especie de amor a primera vista, como ese antiguo novio de instituto, un tanto descarado, metido en tus recuerdos pase el tiempo que pase. Estambul, para mí es algo así. Su vida bulliciosa, ese primer café turco saboreado lentamente frente a Bezayit, sabedora de que, recién llegada, aún tienes todo el tiempo por delante para desentrañar sus misterios y unos niños juegan con una pelota junto a ti, enrojecidos por la excitación, concentrados&#8230;</p>
<p>Vine<strong> </strong>a Estambul no sé si para perderme o para encontrarme; ahora todo son recuerdos. Recuerdos que aún hoy, tantos días, tardes, meses después, siguen vivos, instalados como aquel novio descarado en mi memoria: recuerdos de ese olor, mezcla de almizcle y jazmín, que se te mete y te acompaña ya durante tus largos días en la ciudad. Como dice Pamuk, es Estambul una ciudad con alma, que se respira, que se huele y se siente y que te acoge ya como una verdadera amiga, tanto, que acabas sintiéndola ya un poco tuya.</p>
<p>La primera toma de contacto con Estambul no puede ser más hermosa. Flota el avión por ese mar de mármol, el Mármara y toma tierra en Atatürk (ese omnipresente nombre tras el que se esconde el padre de todos los turcos) y comienzas ya a intuir alminares y mezquitas, puentes y palacios, atravesados siempre por ese sol ardiendo reflejado sobre el Bósforo, y no puedes despegar tu mirada de la ventanilla, como esa niña que extasiada contempla el escaparate de una pastelería… y ahora que lo escribo la memoria se me va, golosa, a esos dulces de almendras y pistachos que sucios vendedores callejeros te ofrecen, mientras tú, rendida, sucumbes a esa lluvia de colores y sabores. Hay que tener cuidado en Estambul: dejarse llevar por todo lo que esta ciudad te ofrece, puede hacer que acabes empachada de azúcar y tesoros.</p>
<p>Dicen que conocer aquella Constantinopla de los cuentos  puede llevarte un solo día o puede llevarte una vida entera. Lo que está claro es que este Estambul de hoy es toda una aventura para los sentidos: el Bazar de las Especias o Gran Bazar; los puestos de frutos secos son un arrebato para la vista, todo ordenado y limpio: perfectas pirámides de especias y brillantes almendras, piñones, dátiles&#8230;; los de miel y los de aceite; los de azafrán, comino, clavo; y llegas a los puestos de los perfumistas. Si uno quiere saber cómo huele realmente el almizcle basta con acercarse a los innumerables frascos de cristal que se amontonan en los distintos puestos. Todos los tarros parecen guardar una historia secreta, una historia milenaria y oculta. «¿Española verdad? ¡Sí!» Ni siquiera hace falta que abras la boca para que tenderos y ligoncetes calen rápido de dónde eres; y tú sonríes divertida, cómplice de esa algarabía y de la música callejera, de ese intercambio cultural, tuyo, mío, mientras te mezclas con la gente, que es la Vida,  esa que se escribe con mayúsculas.</p>
<p>Pero te das cuenta de que como mejor se observa todo ese bullicio es sentada al sol, pausada, viendo el hormiguero de gente pasar: casi todos con prisa, apurados, como si llegaran tarde a algún sitio… tanto que en cualquier momento puedes aparecer en una historia equivocada, en la que el Conejo Blanco de la Alicia de Carrol te sorprendería en una esquina dándote una cálida bienvenida: la ya famosa hospitalidad oriental. Pues no olvidas que la ciudad se extiende hacia Asia, de donde recoge sus vestigios árabes y otomanos. Y allí lejos, los vendedores, zalameros, intentan ofrecer sus alfombras a los turistas en todos los idiomas del mundo, en un escaparate de mil y una sonrisas mientras las mujeres adornadas con graciosos pañuelos se mezclan con aquellas que lucen sus peinados modernos -las seguidoras de las más actuales tendencias-, fumando y hablando por el móvil en los cafés; y con aquellas otras mujeres, madres arraigadas de mantos negros&#8230;</p>
<p>…y esos cementerios que están ahí, sin darse importancia, de lápidas blancas de cal, formando parte también la muerte de la vida. Vas tropezando con ellos como el que tropieza con un puesto de fruta callejero, cementerios sin nombre, desubicados y anacrónicos, algunos incluso con cafetería en su interior. Y lejos de ser tenebrosos, resplandecen como rincones irrepetibles que parecen querer contar historias de otros tiempos. No puedes evitar una cierta melancolía, la misma sensación que cuando escuchas una canción triste, con la que sin embargo te sientes cómoda, abrigada. Blancos cementerios de Fatih.</p>
<p>Pero que no te contagien la nostalgia: camina por sus calles torcidas, desconchadas, de viejo pavés, enrédate en miradas que no te dejan indiferente y así, sin querer, topas con esos pescadores que invaden con sus cañas el Puente Gálata, con ese fuerte olor a mar que inunda el aire. Y aún así te decides a probar el pescado, un caldero lleno y una plancha, ni siquiera puedes llamarlos puestos de comida rápida. Los turistas se agolpan esperando en los muelles para montarse en cualquiera de los barcos que a modo de crucero les pasearán furtivamente por el Bósforo.</p>
<p>En Estambul, con todos sus monumentos históricos es preferible una natural convivencia: limitarte a contemplarlos sería perderte todo lo que a su alrededor pasa. Y es que hay más de 2.500 mezquitas en la ciudad, y entre todas ellas reina la Mezquita Azul, con sus azulejos y esa luz del Cuerno de Oro que se cuela desde su cúpula, y te acaricia&#8230; La mujer aún tiene espacios reservados, apartados de los hombres, por lo que sola, no es mala idea perderte por todo el Palacio de Topkapi, harem pagano de jardines y rincones suntuosos.</p>
<p>Anochece y canta el muecín a lo lejos…la gente que abarrota los cafés sigue su vida despreocupada, las conversaciones se enredan, bizantinas, mientras ese Estambul oculto, lleno de barrios y barrios desconocidos, acoge en la noche tantas millones de vidas, de historias…tantas, ocultas, que te llevan a esa sensación extraña, frustrante, de saber menos cuantas más cosas conoces. La belleza traspasa el tiempo impaciente que se va, y miras el destello de las luces y te esfuerzas por guardar ese vaivén de recuerdos y cierras los ojos…suspiras. Tantas veces miramos tan arriba que nos perdemos esas pequeñas cosas que de tan cerca, nos tocan y nos acarician. Y al regresar, sólo sabes que al fondo, Santa Sofía te seguirá sonriendo majestuosa.</p>
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		<title>El manual</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 00:01:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>César S. Sánchez</dc:creator>
				<category><![CDATA[-Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[agenda]]></category>
		<category><![CDATA[descanso]]></category>
		<category><![CDATA[entretenimiento]]></category>
		<category><![CDATA[horarios]]></category>
		<category><![CDATA[productividad]]></category>
		<category><![CDATA[tiempo libre]]></category>
		<category><![CDATA[trabajo]]></category>

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		<description><![CDATA[«Todo cambio de actitud debe ir dirigido a otorgarnos un mayor control sobre nuestra propia vida.» Un manual en el que están todos los procesos definidos para que la vida no sea un caos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/manual.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-8908" title="manual" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/manual.jpg" alt="" width="400" height="188" /></a>JUAN CONSULTÓ EL manual de procedimientos. No porque no conociera lo que decía sobre el particular, después de todo era su bebé, sino para tener las manos ocupadas y así poder evitar que le temblaran. «Prologo y nota explicativa: todo cambio de actitud debe ir dirigido a otorgarnos un mayor control sobre nuestra propia vida» Después consultó el capítulo primero «Selección de la ropa.  Si en el pasado se cogía lo primero que caía, razón por la cual el aspecto siempre parecía impersonal o desparejado, ahora habrá que invertir un tiempo, tampoco excesivamente largo (de 5 a 10 minutos estimados a lo sumo), en escoger las prendas que mejor se ajusten a las tareas a desempeñar durante el día. De este modo seremos responsables de la imagen proyectada y ya no tendremos nunca la impresión de que es el azar el que está detrás de nuestros actos. 1.1. Calcetines…»</p>
<p>Abrió el cajón de la ropa interior. ¿Por qué se abría molestado en escribir el manual? Pregunta retórica: de sobra conocía la respuesta. La respuesta respiraba en el prólogo e impregnaba todo lo demás. Su organización –y su vida entera- era un desastre de principio a fin y su falta de cuidado estaba empezando a hacerle quedar mal con sus jefes. Por eso se había pasado las cuatro últimas noches redactando el manual. Porque o tomaba cartas en el asunto o la desidia, ese estado que no lograba sacudirse, acabaría rematando la faena. Todos estos pensamientos se iban desgranando en su mente mientras intentaba decidir si el par de rombos iría mejor para la reunión o si por el contrario resultaría más apropiado el gris marengo. Al final se decidió por el gris.</p>
<p>Miró el reloj. Las 7:30. Ya llevaba más de diez minutos delante del armario empotrado y ni siquiera había escogido los pantalones que iba a ponerse. Nunca antes se había fijado en el papel pintado que adornaba las paredes del nicho vertical donde guardaba la ropa. Unas flores, que, aunque desdibujadas por el paso del tiempo, daban la impresión de ser claveles, se escurrían lentamente hacia la cajonera y la zona donde el calzado se amontonaba. Por un momento temió que todos sus zapatos estuvieran teñidos de amarillo. El manual, pensó, déjate de tonterías y concéntrate en el manual. Sé metódico no pierdas el tiempo. Si no se equivocaba, el siguiente punto hacía referencia a los calzoncillos. Eso que tenía ganado, se había cambiado por la noche después de ducharse.</p>
<p>«1.3. Pantalones. Los pantalones deberán ser cómodos a la vez que ajustarse a las necesidades. Aunque en este manual aparezcan separados de la camisa, la corbata y la chaqueta (o jersey) se contemplarán todos los elementos en conjunto con el fin de conquistar un resultado armónico.»</p>
<p>¿En serio había él puesto sobre el papel todas aquellas chorradas? Veamos la reunión es a las 10:00. Por lo tanto los asistentes ya habrán desayunado. ¿Qué cojones tiene que ver el desayuno con los pantalones de mierda que me tengo que poner? Todo está relacionado, mamón. Si fuera más temprano, en algún momento se haría una pausa para el café. Imagina cómo quedaría una mancha de ese brebaje que miccionan las máquinas expendedoras en tus maravillosos pantalones de franela. Parecerías un dálmata a punto de ser sacrificado por Cruella de Ville, un vagabundo después de pasar la noche en un vertedero, un… Calma. Ya lo he entendido. Todo está relacionado. Bien, estamos en primavera… hace calor, aunque a primera hora de la mañana corre una brisa que corta. No puedo ponerme los vaqueros. Seguro que el resto de la gente lleva algo más elegante. Nadie quiere presentarse delante de las personas a las que pretende convencer de algo con una ropa que diga a voces: ¡vosotros pringaos, os tienen bien jodidos con eso del uniforme, pero yo soy libre y voy como me da la gana! Pero tampoco con algo mucho más formal que grite a los cuatro vientos que eres un tío mucho más serio que el gilipollas que te ha abierto la puerta de su despacho. Digamos que la solución óptima sería un traje de medio pelo de grandes almacenes, de color verde o marrón, marrón no, demasiado otoñal; discreto aunque vistoso, fresco aunque recogido… sin embargo, el que tengo de esas características es azul marino y un día no se me ocurrió otra cosa que meterlo en la lavadora. Ahí está, cuelga de la percha con la frescura de un ahorcado. Bueno, un vaquero relativamente nuevo y debidamente planchado puede dar el pego. Pero a decir verdad los dos que tenía no reunían ninguna de dichas características.</p>
<p>Se propuso no dejarse llevar por reflexiones sin sentido. Estaba claro que cualquier cosa que estuviera fuera de su armario le parecería mejor. Es la condición humana: solo se codicia lo que no se tiene.  Puede que por esa razón se hubiera vuelto tan descuidado. Si estoy condenado a desear lo que no tengo, mejor no comprar nada. Aunque la culpa de andar tan escaso de ropa no podía echársela a nadie más que a él. Ni él mismo podía entender cómo era capaz de sobrevivir en ese mar de dejadez, cómo se atrevía a salir a la calle con esas ropas pasadas de moda y tan gastadas que daban pena, cómo era posible que siempre llegara tarde a las citas o tan pronto que al final se cansaba de esperar y se largaba. Su madre ya nunca se pasaba por su casa. Las novias le duraban tan poco que enseguida olvidaba sus nombres. La palabra amistad había emigrado de su vocabulario.</p>
<p>El método descrito en el manual iba a cambiar las cosas, tendría que hacerlo. Si no, estaría perdido.</p>
<p>Eso era, el pantalón de pana. ¡Cómo no se le había ocurrido antes! Estamos en primavera, lo cual sería un buen motivo para rechazar la idea. En cambio, la prenda en cuestión, si no recordaba mal, estaba hecha de una tela bastante fina que justificaría su uso en esa época del año. No, no y no. Nadie en su sano juicio se pone un pantalón de pana en mayo. Qué bien le vendría un poco de ayuda. Nada del otro jueves, simplemente un pequeño empujón. Descartada la pana habría que volver a considerar la opción de la franela. ¿De dónde cojones había sacado la idea de que en mayo no se podía llevar pana? ¿Acaso era él un puto Cristian Dios?</p>
<p>Eran la 19:15. ¿Qué? No podía creerlo, la última vez que recordaba haber mirado el reloj eran las 9:32 y había pensado que aún podría conseguir elegir lo que le faltaba y llegar a tiempo a la cita. ¿Cómo me he entretenido tanto? La reunión hacía horas que habría terminado. En ese momento cayó en la cuenta de que el teléfono no había parado de sonar. Claro sus jefes le habrían estado llamando para pedirle explicaciones de por qué no se había presentado. Nunca le había sucedido algo parecido. Perder la noción del tiempo de ese modo. Estar tan ensimismado que la sintonía del móvil no lograra hacerle reaccionar, como el que oye llover mientras se corta las uñas. Estaba seguro de que aquello no se lo perdonarían, de que su ausencia habría agotado la paciencia de algún directivo cabrón y le despedirían. ¿Tenía motivos para echarle la culpa al manual?  No señor, el manual no tenía la culpa. Haberlo escrito ya era un principio de cambio. Si se había perdido en su aplicación era porque había supuesto que la mera redacción y el seguimiento posterior  lograrían por sí mismos el objetivo, sin contar con que sería necesario un tiempo de rodaje para que los principios fundamentales del orden calaran hondo. La culpa era suya por imprevisión. Por otro lado el puto manual de los cojones le había metido en aquel lío.</p>
<p>Cabreado y aturdido contempló el revoltijo de ropa sobre la cama. Ahí estaban todos los pantalones que tenía, todas las camisas, todos los pares de calcetines, todas las chaquetas y los jerseys, unos sobre otros y dentro de otros y encima y debajo de otros, como en una orgía en la que hubieran sustraído los cuerpos. Trajes sin vida, corbatas sin cuello, cinturones como serpientes sin escamas, firmas en el vacío.</p>
<p>Tenía hambre. ¡Cómo no voy a tenerla si no he comido nada en todo el día! A la puta mierda el trabajo. Ya conseguiría otro. Uno mucho mejor. Y estaría preparado para lo que viniera. Sin meter la pata, convirtiéndose en un ejemplo para todo el mundo. Mañana por la mañana sin falta los mando a tomar por culo antes de que lo hagan ellos.</p>
<p>De nuevo volvió a echar mano del manual. Al final va a resultar que no puedo vivir sin él. «Capítulo 3. Comidas. Las comidas tendrán que estar delimitadas por el horario (desayuno potente por la mañana a ser posible muy temprano; comida por la tarde menos calórica; cena por la noche frugal) y deberán ser en general saludables y nutritivas. El procedimiento de la compra para mantener las existencias se tratará en un punto específico de este manual. 3.1. Desayuno….»</p>
<p>La nevera estaba casi vacía. En el cajón de la fruta, un manojo de plátanos pasados suplicaba a manchas oscuras que algún ser piadoso diera con él en la basura. Tres peras se habían convertido en mermelada. Un pimiento verde sobre la bandeja superior hubiera pasado sin problemas por una reliquia momificada. Además de lo descrito, un par de yogures caducados, un huevo también pasado de fecha y una lata de anchoas completaban el deprimente plantel.</p>
<p>Como no he comido nada ésta sería sin duda alguna la primera comida del día,  así que debería, como dice el manual, decantarme por la fruta y a lo mejor completarla con uno de esos yogures si no huelen demasiado mal.</p>
<p>Una vez se percató de que los yogures en efecto llevaban más de un mes caducados y no era que desprendieran un olor agrio, sino que hedían de verdad, se imaginó una masa blanquecina hirviendo de vida microscópica en su avance lento por el intestino, un engrudo salpicado de diminutas burbujas de gas venenoso buscando algún resquicio en el que liberar su carga letal de bichos hambrientos… los microscópicos gusanos surcando el torrente sanguíneo para así poder extenderse por todo su cuerpo.</p>
<p>Por otra parte, se dijo al cabo, existen algunos inconvenientes a la idea de aceptar esta comida como el desayuno, sobre todo la hora. Tal vez sería mejor considerarla una cena temprana o una merienda tardía o una merienda cena o una comida pospuesta o un almuerzo vespertino o…</p>
<p>Las 11:52. Pero, ¿de qué día? Martes, miércoles, incluso sábado… Ni idea. ¿Por qué está abierta la puerta de la nevera? Y ¿qué hago aquí tirado en el suelo de la cocina? Ya sé: en el tiempo transcurrido no he logrado tomar una decisión y en algún momento me he desmayado de pura inanición. Tenía una reunión y la he cagado. Vaya si la he cagado. Soy el producto de mi propia deposición.</p>
<p>Estoy entumecido. Tirito. Me estoy muriendo. Sí, debe ser eso. Tal vez sea mejor así. Casi no me puedo mover. De todos modos, es un alivio que mi brazo derecho aún me responda.</p>
<p>El manual estaba allí mismo, al alcance de su mano, por los suelos con las alas desplegadas. Una paloma aplastada contra el asfalto, pero ¿quién de los dos era la paloma?</p>
<p>¿De qué iba el último capítulo? De la agonía no, desde luego. Nunca se le hubiera ocurrido que llegaría a este punto, al menos tan pronto, tan joven. Seguro que al final había puesto alguna coletilla, uno de esos corolarios que parecer querer decir muchas cosas y en el fondo no expresan una mierda. Le costaba pensar. Le costaba respirar. Fuera lo que fuera que había escrito, estaba allí para él, esperándolo al final del camino.</p>
<p>Soportando a duras penas los calambres en los dedos y en el hombro, logró pasar las hojas hasta llegar a la página final e incorporarse un poco para leer el último párrafo: «Conclusión. Los informes de seguimiento referidos en el apartado correspondiente se llevarán a cabo en el tiempo diario seleccionado para tal efecto. Su estudio detallado aportará las claves para mejorar tanto el propio sistema (carácter proteico), como las pautas de comportamiento del usuario.»</p>
<p>Su mano cayó exangüe sobre el espacio en blanco que completaba la página. Sus dedos parecían querer atrapar el tiempo del que ya no disponían.</p>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: Santas patatas</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Mar 2013 00:00:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
				<category><![CDATA[blog Tribuna visitante]]></category>
		<category><![CDATA[blogs]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires]]></category>

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		<description><![CDATA[Palermo Soho
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
14 de marzo de 2013
&#160;
Estimados no papables:
Ayer fue un día tranquilo, estuve todo el día trabajando en casa como cualquier otro día estático en el que no hay mucho que contar. La realidad es que una ligera resaca de la noche anterior producida por mi cambio inoportuno de cerveza tirada a Jack Daniels en las rocas “porque tenía frío”, le hizo corto circuito a mis huesos y a mis neuronas, claro está. La mañana la empecé tarde y, después de mi obligado café en tres ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Palermo Soho<br />
Ciudad Autónoma de Buenos Aires</p>
<p style="text-align: right;">14 de marzo de 2013</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Estimados no papables:</p>
<p>Ayer fue un día tranquilo, estuve todo el día trabajando en casa como cualquier otro día estático en el que no hay mucho que contar. La realidad es que una ligera resaca de la noche anterior producida por mi cambio inoportuno de cerveza tirada a Jack Daniels en las rocas “porque tenía frío”, le hizo corto circuito a mis huesos y a mis neuronas, claro está. La mañana la empecé tarde y, después de mi obligado café en tres tandas estuve trabajando lenta y procrastinadamente: comí un poco de fruta, me pasee por la casa, levanté un papelito del piso, se me volvió a caer y revisé mi celular… cien veces. Cuando finalmente terminé con esta rutina de obsesión cíclica, acabé los pendientes del día y proseguí con mi lectura intermitente de Twitter.</p>
<div id="attachment_8744" class="wp-caption alignleft" style="width: 410px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/Santas-Patatas-e1363599794326.png"><img class="size-full wp-image-8744" title="blog_TribunaVisitante5" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/Santas-Patatas-e1363599794326.png" alt="" width="400" height="227" /></a><p class="wp-caption-text">Imagen: (depor.pe)</p></div>
<p>Estaba patinando los dedos sobre el teléfono y conforme leía los catárticos caracteres con sendas fotitos de perfil a la izquierda, me reacomodé en el momento a través de un <em>Tweet</em> de una cuenta que empecé a seguir un par de días antes. El usuario @PapalSmokeStack (con únicamente 7,687 seguidores) puso el 13 de marzo a las 12:39 PM: <em>Getting close, probably inside twenty minutes to the big reveal. </em>La única razón por la que empecé a seguir esta cuenta fue la especificidad del nombre, y de la foto (una chimenea vaticana… o de carrito de camotes con humito y todo) y una descripción de usuario contundente que explica como único propósito de la cuenta informar al mundo sobre la elección del nuevo Papa.</p>
<p>Sin ninguna credencial periodística ni enlace al ciberespacio lleno de información parafraseada, esta cuenta logró el meta objetivo absoluto de la red social anónima: me repuso en contexto y me hizo prender la televisión para seguir el suceso que, claramente, leía inconscientemente al igual que cualquier otro mortal a través de los básicos noticiosos en Twitter, en mi caso mexicanos y argentinos. Cuando mi cerebro finalmente reaccionó frente a la noticia, recordé cómo unos días antes en la tele abierta hablaban con esa seguridad prepotente característica del medio sobre el candidato argentino a la bula papal y el cambio de domicilio de Buenos Aires a San Pedro, como cuando saben de antemano que la Selección Argentina va a ganar… y que terminan teniendo la razón.</p>
<p>La realidad es que en su momento me dio risa pensar la posibilidad de que el argentino llegara al reinado, pues viniendo de México, para mí ha sido muy sutil la presencia eclesiástica, al menos en Buenos Aires. Incontables veces he tomado la línea D del Subte hasta la última estación: Catedral. La reaparición desde el subsuelo te lleva a la intersección entre Diagonal Norte y Rivadavia que, como en cualquier otra zona centro del mundo, despista con sus cruces peatonales y gente que camina a kilómetros por hora arriba de los tuyos. No importa desde qué ángulo veas las cosas, la disposición y diseño de exteriores del espacio le da la primicia visual a la casa de gobierno y su vestimenta rosa, incluso cuando ésta se encuentra relativamente lejos de la esquina religiosa.</p>
<p>La Catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires es un edificio de fachada neoclásica que aunque recuerda más a una facultad académica en el exterior, mantiene en el interior una religiosidad silenciosa y el enorme mausoleo del General San Martín, con esculturas de mármol y la bandera nacional. Como mucha arquitectura de Buenos Aires, la Catedral es costosa en cada detalle: el piso, el mármol, las maderas y chapas de oro le reafirman a la mirada el objetivo de lograr un paisajismo exquisito en toda la ciudad. Para mí ha sido claro que en Buenos Aires las iglesias pasan desapercibidas y parecieran gozar el perfil bajo, contrario a México, donde la Catedral Metropolitana de la Asunción de María se le presenta al turista y nacional como una de las principales reafirmaciones del colonialismo a nivel mundial.</p>
<p>Volviendo al momento televisado, me acordé de Don Norbert, de la Catedral en el Zócalo y de la posibilidad de ambos latinoamericanos al trono de la iglesia católica. Y todo pasó en un segundo. Como lo pronosticaron los títulos de los noticiarios, la posibilidad del argentino finalmente se hizo una realidad y desde ese momento (y como era de esperarse) la televisión ha estado más insoportable que nunca. Las Santas Trinidades evocando la argentinidad del Todopoderoso recuerdan a Maradona, a Messi y ahora a Bergoglio, los diarios dedican todo el espacio de su portal a la vida y obra del nuevo pontífice. En cuanto a la postura mexicana, eran de esperarse los chistes de la resucitación de Cerati y los comentarios envidiosos recordándole a los argentinos su carácter de meseros e insoportables (cosa que también era de esperarse).</p>
<p>En cuanto a la ciudad, no sé realmente si haya cambiado, supongo que al igual que en México encontraré una playera o una taza con la impresión de la cara papal. En la televisión de eso se sigue hablando y se hablará, especialmente con la carga política que Don Francis tiene en lo relacionado con la dictadura. Los deslices continuarán, como los del propio Gael García Bernal y un <em>Tweet </em>descuidado de una foto de otro cardenal dándole la hostia al terrorífico Videla. La política se mantendrá complicada, con las cartas de una Cristi K seria pero con una agenda retocada que la llevará a la ceremonia de asunción en el Vaticano el próximo martes. En fin, todo parece seguir igual, al menos en casa, no sé qué tanto afectará la nueva religiosidad argentina, pero seguiremos informando.</p>
<p>Besos,</p>
<p style="text-align: right;">Denisse, la no papable.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Charla virtual con Joel Flores, autor del libro de relatos El amor nos dio cocodrilos</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Mar 2013 16:35:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>VOZED</dc:creator>
				<category><![CDATA[-VozEd editorial]]></category>
		<category><![CDATA[blog VozEd (de la redacción)]]></category>
		<category><![CDATA[colección Relato breve]]></category>
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		<description><![CDATA[Joel Flores (Zacatecas,1984) es licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Relatos suyos han sido publicados en las antologías Sensational Gourmets (Nostromo Editores), Antología de Letras, Dramaturgia y guión cinematográfico, Jóvenes Creadores 2006-2007, (CONACULTA FONCA), y Son de Marzo (Universidad Autónoma de Guanajuato). Y como reconocimiento a su labor literaria ha sido galardonado por las becas FONCA y FECAZ, en las emisiones 2006-2007, 2004-2005 y 2009-2010, en la categoría Jóvenes Creadores. También disfrutó de una residencia en España patrocinada por la Fundación Antonio Gala, donde escribió su segundo ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_8731" class="wp-caption alignleft" style="width: 360px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/charla-e1363020193238.jpg"><img class="size-full wp-image-8731" title="charlaVirtual_JoelFlores" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/charla-e1363020193238.jpg" alt="" width="350" height="350" /></a><p class="wp-caption-text">Joel Flores en charla virtual sobre su libro de relatos El amor nos dio cocodrilos</p></div>
<p>Joel Flores (Zacatecas,1984) es licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Relatos suyos han sido publicados en las antologías Sensational Gourmets (Nostromo Editores), Antología de Letras, Dramaturgia y guión cinematográfico, Jóvenes Creadores 2006-2007, (CONACULTA FONCA), y Son de Marzo (Universidad Autónoma de Guanajuato). Y como reconocimiento a su labor literaria ha sido galardonado por las becas FONCA y FECAZ, en las emisiones 2006-2007, 2004-2005 y 2009-2010, en la categoría Jóvenes Creadores. También disfrutó de una residencia en España patrocinada por la Fundación Antonio Gala, donde escribió su segundo libro de relatos. Actualmente vive en Tijuana, ciudad donde ha impartido clases de Literatura y Redacción dentro del Informe Policial Homologado a elementos municipales.</p>
<p><strong><em>Joel Flores: </em></strong>Hola. Gracias a todos por estar aquí y por leer lo que sucederá en este evento.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Humberto Bedolla</em></strong><strong><em>: Joel, ¿cual fue el origen de El amor nos dio cocodrilos?</em></strong></p>
<p>El origen de El amor nos dio cocodrilos tiene muchas historias, una de ellas es la beca que me concedió Conaculta FONCA con la que escribí el libro y otra es lo que yo buscaba hacer como escritor a mis 23 años, que era escribir un libro de cuentos con corte fantástico, que explorara los límites de la realidad pero desde la psique, es decir, desde cómo enfrentan los seres humanos una anomalía que trastoca su mundo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Celia Calzada García: ¿por qué le pusiste &#8216;El amor nos dio cocodrilos?</em></strong></p>
<p>Al principio el libro tenía otro nombre, pero con el paso de los años, que fueron 6 en los que me decidí sacar ese libro, me di cuenta que el relato &#8220;El amor nos dio cocodrilos&#8221; era el que mis lectores y amigos más conocían de mí. Comenzó a incluirse en varias antologías y en revistas de circulación nacional y extranjera. Eso me hizo darme cuenta que el título del relato también podía ser el título del libro. Y fue por eso que decidí ponerle así.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Adriana Briseño Hernandez: ¿Cuando dices &#8220;&#8230;desde la psique, es decir, desde cómo enfrentan los seres humanos una anomalía que trastoca su mundo&#8221; te refieres a las respuestas emocionales que pueden darse?</em></strong></p>
<p>La respuesta es sí. El libro desde un inicio intentó jugar con la capacidad de asombro de los personajes y el género fantástico, pero desde el objetivo de que todo suceda en la misma cabeza de los personajes y sus ilusiones. Por ejemplo, el relato de El amor nos dio cocodrilos, es la historia de una pareja que no puede tener hijos y adopta, en lugar de un bebé ajeno, a un cocodrilo. Y sobre ese hecho sobrenatural quise trabajar. Otro relato explora la idea de un niño que enfrenta la sorna de sus compañeros de escuela con su idea de tener súper poderes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Fernando Motilla Zarur: Excmo. Mtro. Flores, ¿de que manera influyo su experiencia en la residencia artística que tuvo en Andalucía para la creación de este libro y que parte del mismo escribió usted ahí?</em></strong></p>
<p>Luego de la historia ambientada en el FONCA y los viajes que hice a Guanajuato, San Luis Potosí y Distrito Federal mientras escribía ese libro con el apoyo de Conaculta, la Fundación Antonio Gala me becó para escribir mi segundo libro de relatos, que se llama Rojo semidesierto. Sin embargo, lo que pasó allí fue estupendo, pues en lugar de terminar del todo mi segundo libro finalicé el primero gracias a la lectura de amigos entrañables que me dieron consejo y amistad no sólo sobre la literatura, sino también sobre el arte. Recuerdo que en esa casa, que está en Córdoba España, vivimos cerca de 15 artistas que querían conquistar el mundo desde su forma de hacer arte. Allí, podría decirse, fue donde concluí este libro.</p>
<p>Joel Flores La edad fue muy determinante, pues supongo que a nuestros 24 o 25 años todos, al menos los que nos dedicamos al arte, nos creemos hermosos y perfectos y que estamos dotados de cualidades que nos ayudarán a lograr cambiarle la vida al otro gracias al arte. Esa candidez tiene mucho que ver con mi libro, sobre todo con el último relato, &#8220;Hiperbólico&#8221;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Fernando Motilla Zarur: ¿El amor nos dio cocodrilos &#8211; el cuento no el libro &#8211; parte de una experiencia vital en parte o todo es ficción?</em></strong></p>
<p>Esa pregunta suelen hacérmela seguido. Y siempre suelo decir que yo no soy el chico de los cocodrilos ni tampoco tengo problemas de infertilidad con mi pareja. Y sobre ello propongo ver al autor como un ente alejado de su obra, como alguien que muere, como diría Barthes, cuando la obra nace. Sin embargo, no es del todo cierta esa afirmación, por más que los escritores digan que no somos lo que escribimos. En &#8220;El amor nos dio cocodrilos&#8221;, el relato, creo que hay una manera muy personal de cómo veía yo el amor hace años. Y también una idea de paternidad muy influida por los escritores que llegué a leer por esos años, como Paul Auster o el mismo Roth. A esto hay que agregarle, también, la idea de cómo una pareja enfrenta el aborto y qué soluciones tiene para superarlo. A ello le quise dar el toque fantástico y jugar con el símbolo desunión, igual a cocodrilo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Karla Raquel: Joel Flores, en tu libro tocas el tema de que las personas sentimos de cierta forma pero actuamos de manera distinta. ¿Piensas esto es falta de asertividad? ¿Consideras que como sociedad premiamos a los que no sienten?</em></strong></p>
<p>Desde la aparición de un libro que marcó mucho a mi generación, al menos a los que comenzamos a crearnos con Internet, que se llama Hommo videns, creo que se se avecinaba una ola del ser humano entelerido y que iba en declive en cuanto a sus sentimiento por el otro, es decir, que ahora cada vez que vemos morir a alguien, sobre todo en México, en lugar de sentir una pena grande o afligirnos, lo vemos como algo normal, cotidiano. Y sobre esto recuerdo un cuentazo de mi amigo Juan Gómez Bárcena que se llama Resistencia. Se trata la historia de una familia que se queda sin luz por culpa de la madre, que acaba de electrocutarse luego de haber querido cambiar los fusibles del medidor. Los hijos, buena o malamente, se apuran más porque ya no podrán seguir chateando o jugando ps3 porque ya no hay luz, y la muerte de la madre les importa un pepino. Sobre esto quisiera precisar que las nuevas tecnologías de la comunicación no tienen la culpa, creo que la culpa está en cómo se están orientando y la manera en que las usamos. Supongo que en nosotros está unir las máximas de las humanidades, sobre todo a la literatura, con el progreso de Internet. Pues debemos recordar que hacer literatura es ponerse en el lugar del otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Edgar Omar Avilés: Hola, Joel. ¿Dónde se puede comprar tu libro en el DF?</em></strong></p>
<p>Que gusto leerte aquí, no esperaba más. El amor nos dio cocodrilos es un -ebook, y lo puedes comprar en Amazon y Smashwords.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Mauricio Orellana Suárez: Saludos, Joel. Aquí mis preguntas: ¿Cómo irrumpe la violencia en este libro de cuentos? ¿Se vuelve protagonista? y ¿es un tema recurrente en tus otros relatos?</em></strong></p>
<p>Mauricio Orellana Suárez, es un gusto tenerte aquí. Primero que nada, por aquellos años quería experimentar con la violencia y sus 4 manifestaciones, la estructural, la física, la acústica y psicológica, pero después de eso me di cuenta de que estaba cayendo en algo muy estático y hasta artificial. Y fue cuando decidí echarme mano del género fantástico para explorar hasta que punto podemos hacer daño al otro a través de nuestras emociones y obsesiones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Nestor Medina: Que tal Joel, me siento afortunado de haber conocido aquel relato que por su titulo lo recuerdo, mi pregunta es: ¿qué tan apegado es a ese primer cuento el libro como resultado final, se transformó en el desarrollo, o cual sería el tema principal en que convergen los relatos que lo componen? gracias</em></strong></p>
<p>Qué buena pregunta Nestor Medina. Te contesto. Este libro lo terminé, en escritura, en dos años. Sin embargo, quizá por muchas taras de mi parte, lo reescribí muchísimas veces. Alguna vez un músico me dijo que un compositor es lo que borra y no lo que escribe y creo que eso me pasó a mí en la creación de este libro. Al principio sólo eran 6 relatos y luego fueron 10. Luego fueron 9 y 8 y después de tanto trabajarlos me di cuenta que estaba destruyendo mi propia idea y que era mejor reestructurar el libro. Allí me di cuenta, en primer lugar, que yo estaba haciendo un libro que tiene un hilo conductor y ése es el género fantástico, después me di cuenta de que ese libro está anillado con otros cuentos por su temática. Eso me llevó a algo bueno en mi proceso de escritura, y eso bueno fue a retomar las tramas de todos los relatos y de manera muy sugerente engarzarlas con el último relato, que es &#8220;Hiperbólico&#8221; y trata sobre la historia de un hombre que está escribiendo un libro y no lo termina porque le falta algo real, algo verdadero, que es un asesinato que debe cometer él mismo. Sobre eso acomodé de nuevo los relatos, reestructuré el libro bajo esa idea y propuse un libro con relatos aparentemente seriados. Quizá por eso me tardé tanto en terminarlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Celia Calzada García: ¿Cuáles son los autores que tomaste de modelo para lograr el registro de estos relatos?</em></strong></p>
<p>La respuesta es muy variada. Por aquellos años traté de leer mucho a Poe, en un principio, luego a Cortázar, Bioy, Borges, Amparo Dávila, Roberto Bolaño, Álvaro Enrgue y hasta Enrique Serna. Pero no fue hasta que una antología de relato gringo me abrió los ojos y encaminó en muchos sentidos mis gustos literarios. Esa antología se llama Generación quemada y allí aparecen Foster Wallace, Dave Eggers, AM Homes, entre otros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Humberto Bedolla</em></strong><strong><em>: Joel, como escritor, ¿cómo es la relación con el lector cuando este va camino del libro electrónico? ¿Qué hacer para llegar a él?</em></strong></p>
<p>Desde hace años llevo un blog que se llama http://bunker84.blogspot.mx/, allí empecé a hacer mis primeros pininos literarios y hasta hacer y deshacer. Creo que eso ayudó a que mis textos llegaran a muchos lectores y a saber cómo está leyendo hoy en día la gente y también a qué está leyendo, y también a ganar amigos que están interesados en el libro electrónico. Quizá por eso, al final, decidí en publicar El amor nos dio cocodrilos en e-book. Pero existe también otra situación. Tengo amigos que han publicado en editoriales comerciales y no tan comerciales y es tan complicado conseguir su libro, que hasta parece que no publicaron jamás. Incluso la última vez que estuve en Distrito Federal, llegué a ver en una feria del libro en el Zócalo un puesto de viejo vendiendo una montaña de libros de la colección de Tierra Adentro que nadie había querido comprar o no se les dio la difusión necesaria. Y eso es algo triste, pues Tierra Adentro, que se jacta de ser una editorial que promociona a los jóvenes escritores, no deja de verse solamente así misma y a quedarse en las viejas políticas de promoción. Como esta historia, existen otras. Y creo que cada escritor joven que se lanza a publicar en una editorial comercial o no comercial debe tener la suya.</p>
<p>Yo aposté por el libro electrónico porque busco llegar a más lectores, que mis relatos se lean en todas partes y quiero aprovechar internet para que la promoción y distribución del libro no sea momentánea, sino que siga cada vez que alguien busca en Google &#8220;El amor nos dio cocodrilos&#8221;, de Joel Flores. Y así le sea fácil conseguir mi e-book.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Celia Calzada García: ¿Por qué una editorial digital e independiente?</em></strong></p>
<p>Celia, escogí una editorial independiente, como lo había escrito minutos antes, porque me interesa llegar a más lectores y que la promoción de mi libro no sea intermitente sino permanente, es decir, que los lectores, cada vez que quieran leer &#8220;El amor nos dio cocodrilos&#8221;, busquen en Google y no se les complique conseguirlo. Este argumento para muchos escritores que son renuentes a las TIC puede ser débil y hasta dañino para las editoriales, pero creo que el nuevo cambio de paradigma en cómo nos comunicamos está favoreciendo al libro electrónico y a la forma en que leemos. Quizá por eso, y otras razones, fue porque decidí publicar en digital.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Luis Panini: Hola Joel. </em></strong><strong><em>Felicidades nuevamente por este logro. Cuando comencé a leer el libro esperaba una serie de textos de corte absolutamente realista porque conozco algunos de tus gustos literarios, pero me ha dado mucho gusto descubrir ahora que estoy leyéndolo que favoreciste el género fantástico, un género un tanto &#8220;ninguneado&#8221; por más de un escritor en México, lo cual nunca he logrado comprender. En fin, lo estoy disfrutando mucho. Mi pregunta: ¿Cómo escribes un cuento, comienzas a elaborar una sinopsis antes de sentarte a escribir o fluye de manera más orgánica e improvisada mientras lo haces?</em></strong></p>
<p>Cuando escribí ese libro creo que aprendí que en realidad escribir relato es parir chayotes. Pues yo sólo quería ser escritor, había leído mucho y había escrito poco. Fue entonces cuando no sólo aprendí qué es el cuento en cuanto a su creación, sino también a descubrir cómo iniciarlo y saber cuándo está terminado. Verás, algunos relatos, como el de &#8220;El amor nos dio cocodrilos&#8221; o incluso &#8220;El visitante&#8221;, los escribí en una sentada, de 2 am a 5 am de la madrugada. Sin embargo, &#8220;Hiperbólico&#8221;, &#8220;Niño superhéroe&#8221; y &#8220;Luz óxida&#8221; me llevaron más tiempo, porque quería hacer algo mejor logrado. Me sentí aquellos años como una especie de orfebre que buscaba la perfección. Sobre esto, tengo incluso una historia que cuenta cómo se creó &#8220;Hiperbólico&#8221;. Era el 2008, las tres y tantos de la madrugada y no podía dormir. Recuerdo que por ese año lo único que quería era terminar el libro y comenzar otro, pues no siempre lo becan a uno por escribir. Fue entonces cuando me sucedió el &#8220;Eureka&#8221;, pues en aquella habitación de la Fundación Antonio Gala se me ocurrió, por fin, cómo acabar un relato que tenía 2 años sin terminar y de una u otra manera sabía era el que cerraría mi libro. Recuerdo también que bajé en pijama al baño de la biblioteca, pues suelo lavarme las manos antes de escribir, y en el acto, cuando quise hacerlo, se me cayó el celular a la taza del baño. En ese momento se me ocurrió, al ver el azulejo del baño, el lavamanos, la puerta, la calefacción, no sé por qué el final de &#8220;Hiperbólico&#8221; y cómo darle arranque a algo que creía estaba sin vida. En suma, creo que suelo escribir el cuento aún sin estarlo escribiendo y soy tardado para finalizarlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Édgar Adrián Mora: Joel, ¿de qué manera crees que influye en tu escritura el hecho de que seas un escritor viajero, migrante, en movimiento perpetuo?</em></strong></p>
<p>Mi variado cambio de ciudades, el haber vivido fuera de México un tiempo, e incluso el haberme encaprichado en no volver a Zacatecas creo que en cierta medida sí ha influido mucho en mi escritura. Sobre todo en mi imaginario, más que en mi estilo. Supongo que me ha hecho madurar para bien y ver más con otros ojos el mundo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Carlos Legi Aguilar: Gracias por compartir tus experiencias. Joel, ¿vas a tener alguna otra presentación de tu libro próximamente?</em></strong></p>
<p>El 25 de abril presentamos el libro en CECUT, a las 6 pm. Les doy las gracias a todos y gracias por sus preguntas. Me han hecho reflexionar cosas que tenía años no reflexionaba y a alinear nuevamente mis idea sobre la escritura. Que pasen buenas tardes los de México y Sudamérica y buenas noches los de España.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hemos llegado a poco más de una hora de charla y no queremos irnos sin regalar algunos libros. Para esto Joel hará una pregunta. Los primeros tres que contesten bien serán los ganadores&#8230;</p>
<p><strong><em>Joel Flores: Bueno, [dos preguntas]&#8230; para quiénes leen mi blog y me conocen un poco más: ¿Cuál es el nombre de mi esposa y relacionista pública?  </em></strong></p>
<p>Respuesta: Flor Cervantes</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Joel Flores: Y, ¿a qué escritora Zacatecana hago un homenaje en mi relato &#8220;El visitante&#8221;?</em></strong></p>
<p>Respuesta: Amparo Davila</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Les agradecemos su presencia en esta charla virtual con Joel Flores, y no olviden que pueden conseguir EL AMOR NOS DIO COCODRILOS en Smashwords y Amazon. Y la página del libro con la recopilación de las reseñas hasta ahora:</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/2012/12/el-amor-nos-dio-cocodrilos-de-joel-flores/">http://www.vozed.org/2012/12/el-amor-nos-dio-cocodrilos-de-joel-flores/</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: Santiago, el resacoso</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Mar 2013 00:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
				<category><![CDATA[blog Tribuna visitante]]></category>
		<category><![CDATA[blogs]]></category>
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		<description><![CDATA[Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez,
Santiago de Chile
4 de marzo de 2013
Estimados viajeros:
Despertaba por ahí de las diez de la noche del primer día de marzo, un viernes, cuando me enteré que en media hora Calandra pasaba a recogernos. Un hidalgo de Red Bull después y ya íbamos cuatro en el taxi rumbo a la previa en alguna calle del barrio de Palermo. Éramos siete mujeres y, tras unas cervezas, nos servimos vasos chicos cargados con una versión genérica de Jägermeister con energética para encender motores. Cuando tienes un vuelo ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez,<br />
Santiago de Chile</p>
<p style="text-align: right;">4 de marzo de 2013</p>
<p>Estimados viajeros:</p>
<p>Despertaba por ahí de las diez de la noche del primer día de marzo, un viernes, cuando me enteré que en media hora Calandra pasaba a recogernos. Un hidalgo de Red Bull después y ya íbamos cuatro en el taxi rumbo a la previa en alguna calle del barrio de Palermo. Éramos siete mujeres y, tras unas cervezas, nos servimos vasos chicos cargados con una versión genérica de Jägermeister con energética para encender motores. Cuando tienes un vuelo programado a las 7:30 de la mañana no hace falta dormirse el ritmo cardiaco con los diluyentes de las espirituosas. La fiesta era en Puerto Madero y antes de salir comenzó una lluvia de esas que sólo Buenos Aires entiende: un calor del carajo y viento costeño con un infinito de gotitas dispuestas a arruinar el glamour de la ropa de verano. Mandando el arreglo por un tubo, la llegada al puerto se sazonó con una carrera de kilómetros de pasto antes de llegar al lugar en cuestión. Después de este IronMan sin entrenamiento, la única parte del contrato imposible de renegociar era la hora de partida. Había que salir a más tardar a las cinco treinta de la mañana hacia el Aeroparque Jorge Newbery, tomar un vuelo de dos horas y ver a La Güera en Santiago de Chile.</p>
<p><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/Santiago-el-resacoso-e1362999522884.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-8719" title="blog_TribunaVisitante4" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/Santiago-el-resacoso-e1362999522884.jpg" alt="" width="350" height="350" /></a>El Departamento de Migraciones y el Infierno tienen el mismo sistema de turnos que tienden a convertirse en un desastre, especialmente cuando se junta la llegada de un vuelo de Sidney con uno de Francia con el aterrizaje de una mosca. Es asqueroso. En un breve destello de pertenencia, el rubio pelo de La Güera (de ahí el mote) se hizo aparente del otro lado del cristal y una hora y minutos después, con el sello de entrada en el pasaporte y esquivando a otros tantos viajeros, nos reencontramos las mexicanas. Con quince minutos de sueño cargados en las bolsas de los ojos y las maletas aventadas en el cuarto del Neruda Express en la zona de Las Condes, el saco estomacal hizo valer su queja con sendas patadas de hambruna resacosa en el estómago de cada una. La solución: el Sports Café (sic) en la esquina con gringosidades nos presentó una vianda compuesta de dieciocho taquitos de camarón y cervezas que decidimos cerrar con un par de Pisco Sours.</p>
<p>En una visita a Perú el pasado diciembre, algún personaje me había implantado subliminalmente la competencia internacional entre piscos. Hasta ese momento, mi incultura me había reducido las opciones territoriales del Pisco Sour únicamente al país peruano. Viviendo en Argentina, poco a poco me di cuenta que Chile, además del trago de limón con pisco, intenta salir a la luz constantemente frente a sus vecinos. Con una población aproximada de 17,067,369 habitantes, menor a la de Perú con alrededor de 29,399,817 personas, tiene mucho más sentido que en mi universo el Pisco Sour chileno no se hubiera hecho aparente. Es cuestión de números.</p>
<p>Haya sido por la altura, el conteo de gotas de Angostura, la gallina que puso el huevo o la licuadora, esos Pisco Sours cerraron el desayuno como hace mucho no me pasaba… ganándole a Perú. En Argentina, las opciones de desayunos resacosos están un tanto lejanas de la costumbre mexicana de llamar desayuno a cualquier platillo carbohidratoso que se pida con un jugo de naranja y una cerveza o Coca-Cola después. Luego del primer encuentro con el pisco chileno era obvio apagar el cerebro un par de horas y con el resto del fin de semana frente a nosotras, el descanso era reglamentario antes de volver a salir a la cancha.</p>
<p>La topografía de Santiago de Chile es muy parecida a Monterrey, en México: una ciudad avanzada con edificios altos que gradualmente cubren el panorama lleno de montañas. En un lugar muy lindo y muy limpio, sus habitantes se atienen a las reglas y, con la reciente incorporación de la Ley Antitabaco Nº 20.660 en los lugares públicos, se añadió un toque de sobriedad al panorama, mas no a la experiencia. Después de recuperar energías y con el contacto de una local y amiga de la Güera, Maca, nos fuimos las cuatro a la zona de Patio Bellavista a cenar. Una serie de mariscos rebosados y horneados, servidos con pan fueron un excelente chaser para las cervezas en michelada, daiquirís, Pisco Sour sabor mango y anexos que cerramos con un similar de carajillo hecho con Amaretto en lugar de Licor del 43. Para los puristas de la bebedera, cambiar la receta del bajativo de sobremesa de mi generación podrá ser extraño; no obstante, viviendo en Sudamérica y tan lejos de ciertas importaciones, uno aprende a arreglárselas con placebos.</p>
<p>La noche siguió en esta zona de Santiago y conforme pasaban las horas y las calles los habitantes parecían más relajados. Tal vez fue mi imaginación. A la mañana siguiente, con el desayuno en el Centro regresó esta sensación de sobriedad generalizada. Para un mexicano será tal vez extraño entender estas durezas en la idiosincrasia, pero para los países cuya historia reciente recuerda dictaduras, presos y asesinatos, la cosa es muy distinta. Ya era domingo y era día de futbol. Camino al Estadio Monumental para ver el partido Colo Colo contra Antofagasta, me entró finalmente la punzada de la resaca absoluta conforme el auto pasó frente al Estadio Nacional. En medio y silencioso, el estadio para 50 000 personas recuerda las estrofas del poema de Víctor Jara: somos cinco mil aquí, en esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil, del poema, Estadio Chile, en el que el autor vertió sus últimas letras antes de la tortura.</p>
<p>Hubo más futbol en el segundo tiempo y con un resultado de tres contra tres sumado a una cena italiana, empezó el cierre del viaje. Para el lunes en la mañana, la ciudad de Santiago había vuelto al ritmo de los días hábiles con el regreso a clases. Ya en el aeropuerto, el vuelo retrasado de Aerolíneas Argentinas hizo de las suyas regresándonos a la queja generalizada por los derechos de los viajeros y esas cosas. Un par de horas después, el taxi breve desde el Aeroparque a Palermo nos dejó en casa. Con el destapador en mano y una cerveza fría, era momento de volver a comenzar la semana.</p>
<p style="text-align: right;">Besos,<br />
La resacosa de Denisse</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>TRIBUNA VISITANTE: El español intraducible</title>
		<link>http://www.vozed.org/2013/03/el-espanol-intraducible/</link>
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		<pubDate>Mon, 04 Mar 2013 00:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Denisse Espejel</dc:creator>
				<category><![CDATA[blog Tribuna visitante]]></category>
		<category><![CDATA[blogs]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires]]></category>

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		<description><![CDATA[Palermo Soho
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
28 de febrero de 2013
Queridos intraducibles:
Desde que llegué a Buenos Aires, en más de una ocasión me han y me he preguntado sobre la particularidad del español argentino. Mi hermano, por ejemplo, me dijo alguna vez que el acento se le hacía de los más bonitos de América Latina. Cuando vino de visita Ana, mi compa-triota, me preguntó varias veces el porqué de los acentos fuera de lugar y las pronunciaciones casi tan exóticas como la papaya. Argentina no navega por el mundo de las ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Palermo Soho<br />
Ciudad Autónoma de Buenos Aires</p>
<p style="text-align: right;">28 de febrero de 2013</p>
<p>Queridos intraducibles:<br />
Desde que llegué a Buenos Aires, en más de una ocasión me han y me he preguntado sobre la particularidad del español argentino. Mi hermano, por ejemplo, me dijo alguna vez que el acento se le hacía de los más bonitos de América Latina. Cuando vino de visita Ana, mi compa-triota, me preguntó varias veces el porqué de los acentos fuera de lugar y las pronunciaciones casi tan exóticas como la papaya. Argentina no navega por el mundo de las lenguas con una gramática bajo el brazo y, aunque seguramente existen miles de tesis sobre los fenómenos lingüísticos en Argentina, la realidad es que es un misterio. En la calle, los anuncios de varias empresas internacionales llevan una acentuación española estándar; no obstante, la publicidad argentina que te tutea está cargada de imperativos en los que si no llamás o vivís de cierta manera, estás fuera de la jugada y urge que compres el producto en cuestión para que te hagas algo al respecto.</p>
<div id="attachment_8712" class="wp-caption alignleft" style="width: 276px"><a href="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/Los-intraducibles-e1362396558101.jpg"><img class="size-full wp-image-8712" title="logo_tribunaVisitante3" src="http://www.vozed.org/wp-content/uploads/2013/03/Los-intraducibles-e1362396558101.jpg" alt="" width="266" height="400" /></a><p class="wp-caption-text">Los intraducibles (Fotografía: Cortesía de Jenaro | visualcraft www.jenaro.org)</p></div>
<p>Así como en la publicidad impresa, en la televisión, además de poder leer estas acentuaciones de uso arbitrario, también se puede escuchar el world famoso /shó/ del que cualquier extranjero busca colgarse para imitarlos. En el campo de la lingüística, el yeísmo es la pronunciación tanto de la /ll/ como de la /y/ que, en el jardín de los intensos, separa fonéticamente las tierras altas de las tierras bajas de América Latina. Y no lo digo yo, todo es culpa de las flexibilidades de la Real Academia Española. El equivalente al seseo de España se cocinó en esta parte del mundo de una manera muy particular que comparten únicamente los uruguayos y argentinos. Y, por mucho que les moleste a los anteriores, este marcador en la dicción ha quitado la necesidad de sacar el pasaporte en las reuniones de hispanoparlantes, como también ha ayudado a delimitar la zona en lugares como la Colonia Condesa, en la Ciudad de México.</p>
<p>El 16 de febrero pasado, María me dijo con una cacofonía poética “Ché, sorprende la cantidad de palabras con /ch/ que tienen”, a medio concierto de Molotov en Luna Park. Será la internacionalidad gastronómica de la letra de “Changüich a la chichona”, que comienza el primer verso con un ‘al pastor me echo una gringa’, pasa por el ‘no quiero comer más Kentucky chota’ y cierra con un ‘están muy buenas sus garnachas’. O será el hambre por el doble sentido que cruza fronteras, pero la realidad es que cuando uno quiere hablar español, lo habla. Y traducir esa suerte de contenido visceral, es imposible. Desde el concierto en diciembre que Molotov dio en La Plata, al cual también tuve la oportunidad de ir, me di cuenta que no sólo en mi país lograba el cuarteto generar la pertenencia necesaria para cambiarle el acento a los argentinos por ese acento de Speedy González en metanfetamina con el que nos imitan. Como, los avances tecnológicos y mi poca capacidad para hacer uso de ellos no me permiten insertar un fragmento de audio experiencial, sólo puedo describir esta imitación como una mezcla entre el habladito de Monterrey, Gael García en drogas y las telenovelas de Thalía que todavía se pueden ver por el canal 9 de los “canales de aire”.</p>
<p>Para Molotov el público argentino es de los mejores por entregado y encendido. En un país en el que no se puede tomar alcohol ni en el estadio ni en los conciertos grandes, así como en muchos otros aspectos, el argentino no es sencillo como público. Con una personalidad generalizada que no goza de la comida picante y que le relocaliza la capital al país a “Plasha del Carmen” en un desinterés geográfico, las bandas como Molotov han logrado que la intraducibilidad haga mancuerna con la falta de sencillez. En general, es mucho más complejo transmitir la acepción gastronómica de palabras como papaya o concha, en Argentina y México respectivamente, que hacer fácil referencia al aspecto sexoso que tienen ambas palabras en los dos países.</p>
<p>Este triángulo de amor extraño es probablemente la piedra angular de la pertenencia latinoamericana que tanto explotan las mujeres con pareos y danzas exóticas al son de los bongós gigantes (o como se llamen) que tocan los tipos con tatuajes de brazalete tribal en la playa. Probablemente se trate de un discurso carnal que le revolvería las tripas a Túpac, el caudillo indígena Amaru, no el rapero Shakur, pero hay que aceptar que estos puntos de comunidad, además de imposibilitarle la existencia a los angloparlantes que quieren hacerse los latinoamericanos, hacen que el español cobre la fuerza del gigante número dos en total de hablantes, con 406 millones en treinta y un países, superiores a los 335 millones de hablantes en 101 países del inglés.</p>
<p style="text-align: right;">Besos,<br />
Denisse</p>
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